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miércoles, 21 de marzo de 2018

Cuatro textos sobre el lenguaje



Definición platónica de función


Heredé un viejo y apolillado ejemplar de “La República” de Platón, lo adquirí allá por los ochenta en una venta organizada por la Biblioteca de la Escuela de Estudios Hispano-americanos de la rue Saint Guillaume. Tuve mejor suerte con las Obras Completas de Nicolás Guillén y algunas novelas de Alejo Carpentier. Estas últimas las he conservado hasta ahora y las uso mucho. El ejemplar de “La República” quedó destartalado en mis primeros intentos de consulta. Irremediablemente fue sepultado en el tacho de la basura, con mucho dolor fetichista. Mi primera y parcial lectura de esta obra platónica fue en ruso y remonta a los años sesenta, en Moscú.


Una amiga con mucha imprudencia, en una conversación rimó el sintagma ‘República de Platón’ con ‘Macrón’, era una broma, pero me dejó muy pensativo y huérfano de todo comentario, pues me bastaron fragmentos de segundos para darme cuenta que de esa obra no tenía un recuerdo firme y circunstanciado, ni siquiera para aderezar la conversación agregando otra bromita. Como en estos días ando de lecturas platónicas, algunos diálogos como el Gorgias, el Protágoras, el Eutidemo y otros, además que encontré a buen precio la obrita poco citada de Aristóteles, “Etica a Eudemo”, me fui a desenterrar “La République” de Platon. Mis lecturas platónicas y aristotélicas son en francés. Lo que es normal viviendo en Francia, no obstante esto me trae un sinfín de contrariedades cuando quiero en mis artículos citar algunas de mis lecturas, pues no tengo a mano las versiones españolas. Busco entonces en la tela de araña cibernética alguna traducción a nuestra lengua. A veces hay en variantes en pdf y puedo descargarlas y utilizarlas con comodidad y hacer rápidas buscas.


Ya una vez conté las divergencias que encontré entre la versión francesa y portuguesa con la traducción española de una carta de Marx a un corresponsal alemán, Wilhelm Bracke, en realidad se trata de una frase adverbial, pero que ha dado pábulo hasta para crear un término “movimientismo” aplicado al Foro Social Mundial y a otros organizaciones sociales. En esta ocasión me he topado con un caso similar, llevaba ya unas cuantas decenas de páginas leídas y en un rinconcito de mis neuronas me pellizcaba una definición de Platón de función, que está en el Primer Libro de “La República” (352e-353d). La busqué de nuevo y me pareció que Platón señala un aspecto mayor de la función y que aunque no sea especialista en Platón, ni perito en las definiciones de ‘función’, no tengo memoria que se refieran a la defición en cuestión. La he buscado en léxicos de la filosofía de Platón y no la he encontrado, en artículos que se refieren a las funciones del Alma no aluden a la definición platónica de ‘función’ y Platón (Sócrates) mantiene todo ese debate con Trasímaco previamente a discurrir sobre las funciones del Alma, como un previo.


Quise hablar de ella porque se acomoda a lo que sostengo sobre la función fundamental del lenguaje, la comunicación. Busqué entonces una traducción al castellano, encontré una versión en pdf y busqué la palabra “función” y el buscador me dice en un dos por tres que esa palabra no se encuentra en todo en el texto. Viene en la amplia Introducción de Manuel Fernández-Galeano y en las notas de ésta. La palabra función que aparece sobre todo en las notas no se refiere al pasaje que quería comentar. Busqué el pasaje guiado por la numeración internacional de la obra y me doy cuenta que el traductor al castellano no concuerda con la traducción al francés, en vez de ‘función” me he topado con la palabra ‘operación’, como se darán cuenta una y otra palabra son distintas en su significación. Una función puede ejecutarse realizando determinadas operaciones, pero no las hace coincidir en su significado, ni en su papel práctico.


Me entraron dudas muy fuertes, será que la palabra griega tenga doble uso, eso puede suceder. Además por la influencia latina en los estudios platónicos y la de Santo Tomás es posible que la palabra ‘función’ aparece tanto en las traducciones en francés, como en italiano. En todo caso mis escrúpulos no me permitían variar la traducción que tenía en manos. Pero no me iba a dar por vencido y milagrosamente opté por lo más fácil y lo más honesto, busqué otra traducción y al llegar al pasaje en cuestión mi júbilo fue inmenso, en la nueva traducción el traductor usaba la palabra “función”.


La definición en cuestión es lapidaria, aunque no viene en la forma de “la función es…”. Sale del diálogo, envuelta primero en una pregunta socrática y luego de una serie de preguntas y respuestas llega a ella:


“—Ahora, yo pienso, comprenderías mejor lo que antes decía preguntando si no sería la función de cada cosa la que obra sola o mejor que las demás”.


En el texto platónico vienen los ejemplos de los ojos cuya función es ver, la vista, la de los oídos, oír, la audición. En estos casos la función es única y sólo esos órganos pueden ejecutarlas. Pero es que en la definición viene “sola o mejor”. Están estos ejemplos en que la función ni siquiera puede existir en otra parte que en los ojos y los oídos. Pero cuando se dice “mejor” presupone que existe variedad posible de ejecuciones y Platón da otro ejemplo:


“—¿Y qué?, ¿cortarías el sarmiento de una viña con un cuchillo, una lanceta y muchos otros [instrumentos]?


“—¿Por qué no?


“—Pero con ningún otro, creo, lo harías tan bien como con una podadera que fue hecha para eso.


Verdaderamente”.


Pero hay algo que ha quedado afuera del diálogo con Trasímaco, el cuchillo puede cortar el sarmiento, pero no es lo que mejor ejecuta, para cortar el sarmiento está la podadera. Tal vez alguna vez la podadera podrá remplazar al cuchillo, pero no se hará mejor que con el cuchillo.


Les dejo hasta aquí, sin otro comentario, ni su aplicación a la función comunicativa del lenguaje. Sobre esto pierdan cuidado voy a volver obligadamente. 

La función del lenguaje


Sigo con el tema de la función: un aspecto de todo este tema es distinguir perfectamente cuál es la conexión entre función y funcionamiento. La proximidad etimológica evita cuestionar este nexo. La función en realidad se puede entender como la misión que le adjudicamos a una cosa, su destinación, es decir para qué sirve. El funcionamiento es la puesta en marcha del mecanismo interno de la cosa para conseguir nuestro objetivo, para que la cosa cumpla con su función.


Este mecanismo interno es lo que Platón hacia el final del primer libro de “La República” nombra “virtud” y que en nuestro lenguaje actual llamaríamos “cualidad o cualidades”. Aunque nuestros diccionarios modernos conservan el significado que usaban los antiguos y lo ponen como el primero, así lo hacen los académicos y también María Moliner, “Actividad o fuerza de las cosas para producir o causar sus efectos”, reza el DRAE. El célebre lingüista francés André Martinet nos dice en su libro “Fonction et dynamique des langues”, Armand Colin, 1989, París: “No obstante hay que entender bien que el funcionamiento lingüístico, como todo funcionamiento, es una sucesión de causas y efectos” (pp. 27, la trad. es mía). Las causas son la ejecución y los efectos son la consecución del objetivo, que en definitiva es la función de la cosa.

Desde el inicio de la humanidad, desde los primeros instrumentos de piedra surgió esta combinación estrecha entre lo que se proponían los hombres primitivos y la manera de conseguirlo. Partir una piedra con otra fue tal vez la primera función que se propusieron, fue su objetivo, su deseo, pero luego llegó la creación (el invento) del martillo que combinó el mazo con el mango. La eficacidad del golpe es proporcional a la fuerza del brazo y del peso de la piedra (con todos los riesgos para los dedos de la mano). El mango multiplica la fuerza y la efectividad. El golpe en los primeros tiempos fue totalmente vertical. El que inventó el martillo de piedra fue tal vez el primer sabio y un científico empírico. Su proyección para idearlo incorporó un conocimiento práctico, el movimiento del brazo y de la mano, al alargar la distancia entre la mano y el mazo aumentó la fuerza del instrumento. En esto que acabo de escribir, he descrito la formación de la cualidad, de la virtud del martillo. En la cualidad se encierra el funcionamiento, que es la sucesión de las causas y los efectos. La función también está en la virtud y está doblemente como rectora de la acción y como finalidad, como objetivo de la acción, estos dos momentos forman un todo.

El invento del martillo es tan genial que este instrumento sigue existiendo en su forma inicial y en nuevas formas, incluso incorporado en otros instrumentos.

Si ahora dejamos de lado el martillo y volvemos al lenguaje, si nos preguntamos cuál es la función que le hemos designado, veremos que lo que hemos dicho sobre el martillo lo podemos repetir. El lenguaje responde a un cometido, a una necesidad, responde a una función: comunicar, dar y pedir información y para obtenerlo debemos procurar darnos a entender, lo necesitamos. Que tanto los instrumentos, como la lengua nos sirven para conseguir los objetivos que nos hemos propuesto, ha dado por resultado que muchos han llamado a las lenguas (o al lenguaje en general) instrumento de la comunicación. Pero esta analogía deja de lado diferencias esenciales, una de ellas es que los instrumentos los inventamos, mientras que las lenguas las aprendemos. 

Es cierto que una vez ya inventado el instrumento necesitamos aprender a usarlo. Pero el aprendizaje de la lengua es una interiorización, su existencia es tanto interna como externa, pues su uso es producir sonidos que salen de nosotros para alcanzar los oídos de nuestros interlocutores. La existencia externa de la lengua no es permanente, los sonidos se desvanecen. Aristóteles en las primeras páginas de su Organon, en Categorías nos dice que en lo que concierne al discurso ninguna de sus partes puede tener posición, ya que nada subsiste. Este modo de ser del lenguaje, es decir su carácter efímero en el tiempo también lo ha señalado Ferdinand de Saussure en “Ecrits de linguistique générale” (pp. 32). Este es uno de los aspectos más peliagudos para abordarlo, pues la posición de la que Aristóteles nos dice que carece el discurso, plantea el problema de su modo de existencia. Sobre este problema volveremos en otra oportunidad y para tratar de resolverlo nos ayudaremos con los aportes y reflexiones del pensador francés Lucien Sève. Aclaro desde ya que este último problema entrará como un capítulo aparte de un estudio sobre el lenguaje que me propongo por fin escribir.

La función del sonido y nuestra naturaleza


Prosigo con el tema de la función, no obstante me veo obligado a dar un paso hacia atrás y reparar una infortunada expresión que usé en el artículo anterior. Me refiero a la pregunta ¿cuál es la función que le hemos designado al lenguaje? Es necesario corregir ese verbo pues encierra un error garrafal. Pues aunque ese plural es una especie de universal: la humanidad y podría disculparme. No obstante su significado implica una voluntad, una proyección y además una acción anterior a la existencia de alguna lengua. Y esto es imposible pues la capacidad lingüística es de alguna manera una condición de la humanidad, la lengua (el lenguaje) es consubstancial al hombre: sin lenguaje no hay hombres y sin hombres no hay lenguaje. Este punto nos puede conducir muy lejos, hasta el origen del lenguaje. Hay quien se deja ir por esta pendiente y sin darse cuenta toman caminos peregrinos en los que apenas encontramos una serie de elucubraciones sin que podamos probarlas y que no admiten refutación. Algunos pretenden justificar la excursión por estos sinuosos parajes suplantando el adjetivo 'peregrino' por 'razonable'. Entonces nos cuentan sus hipótesis y nos afirman que esto es lo que razonablemente se puede pensar que acaeció. Lo que llaman razonable tal vez lo sea en el sentido que sus silogismos son formalmente impecables, aunque sus mayores no pueden considerarse verdades establecidas y ni siquiera admitidas por todos, se trata de falsos lugares comunes, no hay nada que resulte patente.

La función comunicativa del lenguaje surgió en la práctica misma de las comunidades humanas. Es necesario decir que esta función no es la única que desempeña el lenguaje, aunque se haya vuelto y sea la fundamental y lo que mejor haga y además sea el medio que mejor lo hace.

Cuando afirmo en la práctica misma, me refiero a que los hombres con todas sus capacidades surgieron a través de un proceso milenario que paulatinamente fue transformando su animalidad en humanidad. Esto para mí significa que nuestra humanidad es otro tipo de animalidad con nuevas características que han ido apareciendo, pero es preciso decir algo importante, sumamente importante: es que el soma humano no ha cambiado, no se ha transformado desde el surgimiento del Homo sapiens. En lo que concierne nuestro cerebro su peso medio y volumen no ha cambiado. Es posible que las conexiones neuronales y sus estructuras funcionales hayan variado. En efecto, los estudios internacionales dirigidos por Stanislas Dehaene del Collège de France, han revelado con la ayuda de imágenes por resonancia magnética funcional (IRMf), que el aprendizaje de la lectura modifica considerablemente la organización de nuestro cerebro. En las personas alfabetizadas, las áreas de la vista y del lenguaje son más extensas y se activan más fuertemente cuando se les muestra una palabra escrita. Otro aspecto revelado por las investigaciones es el hecho sorprendente de que la zona que se encarga de la escritura, en los analfabetas se usa para la representación de los rostros (consultar aquí)

El proceso milenario que llevó hasta la aparición del vertebrado mamífero y primate que llamamos Homo sapiens ha recorrido millones de años, hay unos 500 millones de años que aparecieron los vertebrados, unos 200 millones de años que surgieron los mamíferos y unos 70 millones de años que emergieron los primates. Esta evolución nos muestra dos cosas distintas, una ramificación y una filiación, ambas muestran continuidad.

Esto es imprescindible tenerlo en mente, pues en la historia de los estudios sobre el lenguaje y al considerar su origen, su carácter acústico y la arbitrariedad del signo hay grandes lingüistas que llegan al extremo de afirmar que los sonidos sirven de materia al lenguaje por mera casualidad, que los hombres pudieron optar por los gestos y darle al lenguaje un carácter visual, este es el caso de un gran lingüista estadounidense, William D. Whitney. Primero los hombres no optaron por nada, que fue el error de mi formulación corregida al inicio de este artículo, sino que como muy certeramente lo dice F. de Saussure al corregir al estadounidense: “además Whitney va demasiado lejos cuando dice que nuestra elección ha recaído por azar en los órganos vocales; en cierto modo, nos estaban impuestos por la naturaleza”1.

No podemos hacer caso omiso de nuestra animalidad y de que somos mamíferos, que emitimos sonidos naturalmente, el oído es un órgano que percibe a distancia y el sonido se transporta por el aire que nos acompaña siempre y no es como la vista que urge de la luz que no está siempre presente. Esto es una evidencia que entraña otra cosa, que el sonido es la materia adecuada para el lenguaje.

Sin embargo el ginebrino agrega de inmediato algo que trae consecuencias teóricas distorsionadoras. Cito la continuación saussureana: "Pero en el punto esencial el lingüista americano tienen razón a nuestro parecer: la lengua es una convención, y la naturaleza del signo en que se ha convenido es indiferente. La cuestión del aparato vocal es, por tanto, indiferente”. De Saussure declara la lengua una convención y vuelve al error de imputarles a los hombres la decisión de una elección y esto en la naturaleza acústica del signo, que él mismo nos acaba de afirmar que es nuestra naturaleza la que nos impone usar los órganos vocales.

Aquí han surgido una serie de problemas que necesitan un desarrollo mayor, que voy a ir tratando poco a poco. Dejo pues hasta aquí esta parte.

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F. de Saussure 1980 Curso de lingüítica general, Madrid, AKAL/UNIVERSITARIA  p. 36


Materialidad y linealidad del signo lingüístico

 

Una de las cosas que más me han sorprendido en la historia de la Lingüística es el papel que ha jugado durante décadas el rechazo, de parte de Saussure, de tomar en cuenta la materialidad del lenguaje y esto me sorprende pues muchas de las afirmaciones suyas sobre el signo provienen justamente de esta materialidad. Lo que Saussure llama “imagen acústica” no es otra cosa que la representación mental de las características pertinentes para el lenguaje que residen en los sonidos que pronunciamos para comunicarnos.

Lo que se distorsiona con la actitud de F. de Saussure consiste en que él traslada por completo la realidad del objeto lingüístico al interior del cerebro como entidades mentales. La materialidad del lenguaje ha quedado afuera, siendo parte genuina y un componente esencial de las lenguas. El ambiente intelectual de la época impidió que esta actitud ideológica fuera denunciada. Sobre todo que claramente esto perturbaba toda la estructura teórica del pensamiento saussureano. Una de las peores consecuencias fue que algunos llegaron a expulsar de los estudios estrictamente lingüísticos la fonética. Aunque esto se fue corrigiendo a partir de la difusión de los estudios y posiciones de la Escuela de Moscú y Kazán a través del Círculo de Praga. Aquí, en parte, me estoy refiriendo a Baudouin de Courtenay y al poco citado, incluso por R. Jacobson, L. V. Scherba. Esto se puede resaltar por el cambio ocurrido en la concepción de K. Bühler, aquí cita explícitamente a N. S. Trubetzkoy y al lado de la Fonología reaparece la Fonética: “De este modo se puede y se debe desdoblar el tratamiento científico de los fonemas exactamente como lo requiere la intelección lógica. Pueden considerarse, en primer lugar, como lo que son “por sí”, y en segundo lugar sub specie de su destino de funcionar como signos; la fonética hace una cosa y la fonología la otra” (Teoría del lenguaje, Alianza Editorial, Madrid, 1985, pág. 64).

Los sonidos (la materia adecuada del lenguaje como he dejado anotado anteriormente) para cumplir su función fonológica tienen obligatoriamente que tener características determinadas que resultan ser diacríticas. Es esto lo primero que retiene el lingüista para llegar a la descripción fonológica y además lo que es fundamental, los hablantes las toman en cuenta para conformar y distinguir los signos lingüísticos.

Los elementos diacríticos pertenecen en propio a los sonidos que emitimos, que nosotros reconocemos en ellos, es cierto que este reconocimiento es una actividad mental, no obstante esta actividad para poder realizarse depende de la existencia exterior de los sonidos, los sonidos no sólo preexisten a la actividad mental de reconocimiento de las características diacríticas, útiles para distinguir los signos, sino que sin ellos es imposible la comunicación. Por consecuencia es absurdo repetir en este sentido, que lo único que cuenta es la diferencia entre las unidades fónicas, cuando esto supone que ella, la diferencia, se origina sólo al exterior de cada unidad.

Incluso que fuera absolutamente “espiritual” la identidad de cada unidad es más que necesaria para distinguirla y oponerla al resto de unidades sonoras que constituyen el sistema fonológico. En el largo y difícil proceso de aprendizaje del uso de una lengua por los niños nos damos cuenta que la identificación del sonido y de la articulación que le corresponde es una etapa primordial y antes del uso oposicional lo primero que se asimila es que ese sonido es parte de una unidad diferente, de otro nivel, o sea que sirve para construir unidades con una significación, que según la terminología de André Martinet las llamaremos monemas.

Uno de los principios fundamentales del signo es la linealidad del significante y esta linealidad no proviene sólo por el tiempo, se trata de una realidad espacio-temporal. De Saussure insiste y persiste en su error e igualmente sorprende que nos hable de la “naturaleza auditiva”, ésta es la consecuencia de la naturaleza sonora del significante y la linealidad se da en el tiempo, cada sonido viene uno después del otro y además se desplaza en el espacio de igual manera. No se puede dejar de señalar estos detalles de palpable evidencia, pero obscurecidos por la negación de la materialidad del signo lingüístico. La emisión y audición son inseparables en los actos del habla, forman una unidad.

Seguiré con el tema en un próximo artículo.

 

 


 

 

viernes, 9 de febrero de 2018

Sueño antes de Navidad

En vísperas de Navidad, durante mi estadía en casa de mi hija, tuve un sueño muy extraño. Estaba en un recinto amplio y bien iluminado, en una tarima situada en un extremo del lugar, había una mujer bastante elegante, de unos cuarenta años, estaba poniendo orden en una serie de revistas dedicadas a mujeres de todo el mundo, muchas escritoras y poetas. Daba la impresión que ella tenía que ver con la selección de los artículos y del personaje principal de la revista. Le propuse que le dedicara un númer a Claribel Alegria, una poeta salvadoreña. Siempre la he considerado una paisana, incluso en los sueños. La mujer que ordenaba las revistas, se mostró interesada, pero en algo adiviné que lo hacía por simple amabilidad, que no sabía quién era Claribel, le resumí lo que sabía y sacó una libretita y anotó algo.

En ese momento entró al recinto una excolega de la Biblioteca Municipal de Sarcelles, que solía atribuirse funciones que no tenía, aunque era una de las más antiguas en el lugar. En todo caso, en el sueño atravesó parte de la gran sala (que no coincidía con nuestra biblioteca local), se me acercó y con un tono bastante autoritario y culpabilizador me dijo:

¡Carlos! ¡Se le ha olvidado que tenemos reunión!

Me le quedé viendo sorprendido y le respondí:

Voy a ir más tarde.

Ella siguió de largo y desapareció. En ese momento me veo frente a frente con un actor francés, famosísimo en la primera mitad del siglo XX y muy recordado hasta ahora, Louis Jouvet. Trae en sus manos cuatro libretas de apuntes que reconozco, son mías. Jouvet levantó la mano blandiendo las libretas y se exclamó:

¿Qué es esto? Es una vergüenza, un puro desorden. Esto merece presentarlo al Consejo Constitucional...

Al oír semejante imprecación me espanté y me desperté.

No suelo buscar significados a los sueños, no obstante anoto al despertar aquellos que me impresionan por la extravagancia de las escenas. Este es uno de ellos. Retrospectivamente me doy cuenta que este sueño lo tuve unas semanas antes del fallecimiento de nuestra poeta. Por mera casualidad veo su nombre casi todos los días, al levantarme y salir del dormitorio. En uno de los estantes tengo entre otros su libro “Cenizas de Izalco”.

La excolega y Louis Jouvet no sé que vinieron a hacer en mis sueños, ni por qué.Por otro lado no veo que puedan tener que ver mis libretas con esa institución francesa.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Aglaia afuera de la novela

Ignoro las razones precisas por las que me puse anoche a leer uno de los primeros capítulos de la novela de León Tolstoi “Ana Karenina”, el episodio en que Stiva Volkonski se levanta, se viste, lee las cartas y toma el desayuno consultando los diarios. Tal vez buscaba las agudas reflexiones del narrador sobre los diarios liberales que leía Stiva y sus motivaciones de esa elección. Luego Stiva se va a enfrentar a su mujer y a suplicarle que lo perdone por su traición con la nodriza de sus hijos. Esto sucedió anoche, luego se me cerraban los ojos, pesados, llenos de escamas. En algún momento de la noche soñé y el sueño me angustió, sin que fuera realmente una pesadilla.

Tengo heroínas preferidas, una de ellas es Aglaia de “El Idiota” de Fedor Mijailovich Dostoievski. Soñé que Aglaia se había salido de las páginas de la novela, de mi novela, esa que tengo en mis estantes. Se salió y la vi caminar en estos tiempos por calles de una ciudad que tomé como San Petersburgo, pero cuya fisionomía era una sorprendente, extraña mezcla entre París y Moscú. La veía caminar como perdida, buscando el camino, no sé hacia dónde. Me entró un temor oceánico, no sé por qué mi temor era que se extraviara y nunca, nunca volviera a entrar en la novela. En el camino, yendo detrás de ella, a una distancia prudente, mi temor era también que me viera y se diera cuenta que andaba fuera de su destino, pues yo soy de este tiempo. No le busquen lógica al asunto.

De repente ella comienza a subir desde la plaza Noguiná (le cambiaron el nombre dos veces, plaza china y ahora plaza eslava) hacia el Kremlin, pero no como de seguro es ahora esa calle, ni siquiera como fue cambiando en los años sesenta, cuando yo mismo transité por ella noche tras noche para ver el cambio de guardia del Mausoleo de Lenin. En esa calle hubo una casa solariega que perteneció a la familia Romanov, la familia de los últimos monarcas rusos. En esa casa no sé desde cuándo hubo una biblioteca de libros en lenguas extranjeras. Bueno en mi sueño, no recapacité en ese detalle, entré para verificar en la novela si era cierto que mi Aglaia se había salido de las páginas. Abrí con extrema premura la novela y en ninguna surgía el nombre de mi heroína. Salí aún más angustiado de la biblioteca y no sé por qué iba seguro que la volvería a encontrar cruzando la Plaza Roja. La vi de lejos, a punto de doblar hacia la calle Nikolskaya. La plaza estaba muy concurrida, me abrí camino y temí perderla en esa calle. Hay pasaje que parte de esa calle y que lleva a otras plazas pasando al lado del Kazanski Sabor (un templo). Corrí y vi que caminaba por la acera de la derecha, me calmé, no iba a bajar hacia la Plaza Revolución, hacia el Bolshoi. Siguió hasta la plaza Lubianka. Pero ya en la plaza no reconocí el lugar, lo habían cambiado y poco a poco la ciudad se me fue transformando en un París eslavo. Traté de adelantarme, verla de frente, ver su rostro, comprobar que era como me la había imaginado.  Fue en ese momento, cuando ya iba a contemplarla de frente que me desperté.

Abrí mi ejemplar y mi Aglaia ha vuelto a entrar en las páginas de la novela.

viernes, 31 de marzo de 2017

Encrucijada

¿Lejana o distante?
El abismo es el mismo.

Es un ruido que se ha ido
en la quebrada,
retumbando,
con las sufridas piedras,
lágrimas calcinadas,
por este curso
que serpentea
para dilatar la pena.

Nada desemboca en la nada.
¿El mar?
Esa inmensidad no tiene tiempo
para abrir sus fauces
y tragarse la implacable ausencia.

Pude ver un instante,
¿imaginado?
Tal vez soñado,
corto, lo sé,
unas manos abiertas
como alegres mariposas
que deseaban secar
la sal de mis mejillas
y las sentí tiernas,
palpando la herida,
acallando el llanto.

La ilusión fue certera.
Fertil,
como son las serpientes
en las noches de plenisombra.
Ciega,
como toda ilusión,
no creyó que el presente,
tenaz,
viaja por los mismos
senderos
que llevan al pasado.

¿El recuerdo?
El recuerdo no sabe de caminos.

martes, 30 de agosto de 2016

Judeo-español: Un castellano del siglo XV que vive aún

Por Rifka Cook
 

El año 1492 es un año clave en la historia: Cristóbal Colón llega por primera vez al continente americano con ayuda de los reyes católicos. En ese mismo año se expulsa a los judíos y moros de la Península Ibérica. Los primeros habitaron en dicha región por espacio de diez siglos: el modo de vida, las costumbres, las pautas culturales y el idioma peninsular se había enraizado en ellos.

El contacto con España, que siguió manteniéndose aún varias generaciones después de la expulsión, imprimió un carácter hispánico a esa comunidad judía y enriqueció su cultura al consolidar una fusión hispano-judaica de la que nacería la lengua judeo-española.

Casi dos siglos después de la expulsión, el movimiento emancipador que se inició con la Revolución Francesa dio oportunidad a los judíos de participar en la vida pública de los distintos países que garantizaban la igualdad de derechos para todos sus súbditos. Con el fin de facilitar el desenvolvimiento en los ámbitos civil y/o político los sefardíes se vieron obligados a adoptar los idiomas de los países donde vivieron. Como consecuencia de ello, el judeo-español, la lengua hablada por los sefardíes, se fue relegando mientras nacían formas nuevas de ésta; es decir, nace lo que se conoció más tarde como las variantes dialectales del judeo-español.

El éxodo de los sefardíes hacia las diferentes ciudades siguió dos caminos: hacia el occidente, donde el judeo-español sucumbió relativamente pronto y hacia el oriente(Salónica, Esmirna, Rodas, Constantinopla, Bosnia, El Cairo, Jerusalem) donde a pesar de las diferentes etnias (italianos, sicilianos, askenazíes, griegos, provenzales y germánicos) que encontraron sobre todo en Salónica la lengua de los sefardíes prevaleció sobre los otros dialectos. Como testimonio está la descripción que hace el historiador Nehama en su obra Historie des Israelites de Salonique:

..."Sobre todas las lenguas habladas en Salónica en aquella época predomina el castellano, que conoce la mayoría de estos hombres"
Al emplear el término "castellano", Nehama no se refiere al significado actual de este vocablo, sino al idioma hablado por los desterrados, en el que se conjuga el español y el hebreo.

B. LOS INVESTIGADORES Y EL CONCEPTO DE JUDEO-ESPAÑOL 
 

Ladino, judezmo, romance, españolit, español, judeo-español, lengua de los judíos son las diferentes denominaciones que se le da a la lengua utilizada por los judíos expulsados de España en 1492 y sus descendientes.

La Enciclopedia Judaica Castellana (1949), en un artículo sobre el Ladino comenta que después de la expulsión de los judíos de España "el ladino llegó a ser sinónimo del español, pero en la forma que lo hablaban los desterrados." Frente a esta posición está la del investigador Jacob Hasán(1980) quien afirma que el ladino no debe ser considerado como sinónimo de lengua hablada sino como lengua calco (de copia) que se utiliza para traducir textualmente al romance los textos litúrgicos hebreos. Es decir, el ladino es la lengua que se utiliza sólo para traducir los textos sagrados del hebreo al español de la Edad Media, manteniendo una "fidelidad ciega" al texto original. El profesor Haim Vidal Sephia (1981) comparte la opinión del profesor Hasán y lo expresa a través de un análisis comparativo que establece entre un versículo (Deuteronomio 18:16) de la Biblia de Constantinopla (1547) y del texto en hebreo:

Texto en Hebreo:Haesh haguedolá hazot

Texto en Ladino:la fuego la grande la esta".

Las palabras: la fuego, la grande, la esta se tradujeron textualmente, palabra por palabra del texto hebreo "haesh, haguedolá, hazot". La palabra fuego es femenino en hebreo, mas no en español, por lo tanto el artículo que acompaña al sustantivo está en femenino, se respeta la regla de concordancia entre artículo y sustantivo, otro aspecto relevante es la del artículo que acompaña al adjetivo (ha-guedola, ha-zot): se atiende pues a la sintaxis hebrea y no a la española.

Este concepto de ladino es compartido también por el investigador y autor de varios libros relacionados con la lengua y literatura judeo-españolas, Manuel Alvar (1969), quien agrega al concepto, la transcripción de la misma: "el ladino es la lengua de los textos litúrgicos con caracteres Rashi.

Por su parte, Moshé Shaúl(1979) define el judeo-español como la lengua hablada por los descendientes de los judíos expulsados de España en 1492; opinión compartida también por el profesor Vidal Sephia y por Pascual Recuero.

De lo anterior se infiere que existe una notable diferencia entre el término de Ladino y el de Judeo-español: la primera identifica a la lengua calco, se usa solo en la traducción de textos sagrados: la Biblia, los libros de oraciones y costumbres; mientras que la segunda alude a la lengua con que se expresa la comunidad sefardí, tanto desde el punto de vista oral en su comunicación a diario, como el escrito en sus novelas, poesías, ensayos, prensa o bien para traducir textos no-religiosos de otros idiomas.

C. FONÉTICA


Varios investigadores han tratado este aspecto de la lengua, a saber: Wagner, Ortega, Luria, Alvar y otros quienes han procurado dar normas generales sobre la pronunciación de esta lengua.

Toda comunidad sefardí está formada por grupos étnicos de diferentes orígenes, hecho que dio origen a una peculiar manera de pronunciar esta lengua. En unos, hay influencia marcadamente italiana, francesa en otros, en algunos turca o portuguesa y mezcla de todos ellos en la mayoría, aunque han conservado los principales rasgos fonéticos del español del siglo XV. Si se trata de textos escritos - como señala Recuero, (1964)-, cada comunidad tiende a la búsqueda de transcripciones lo más semejante posible a la lengua de la región.

A continuación se señalarán algunos criterios utilizados actualmente para transcribir, fonéticamente, el judeo-español:

1. El empleado por los redactores de la revista Aki Yerushalayim que se publica en Jerusalem, Israel a través de la emisora radial Kol Israel, cuyo responsable es el investigador Moshé Shaúl. 2. El empleado por Mihael Molho (1980), otro investigador de la lengua judeo-española.
3. El utilizado por los redactores de la Revista Sefarad que se publica en Madrid, España.

Con respecto al método de transcripción fonética empleados por Molho y la Revista Sefarad, remítase directamente a la fuente. En este capitulo se optará por trabajar con la empleada por la Revista Aky Yerushalayim.
Criterios de Transcripción Fonética


La Revista Aki Yerushalayim (1969) ha publicado una tabla de alfabeto judeo-español con la respectiva pronunciación de cada letra. La base de dicha tabla es la ortografía del judeo-español moderno, el escrito con letras latinas, pero con ciertas modificaciones en relación con el alfabeto español. La finalidad que se persigue con ésta es la unificación de criterios en cuanto al aspecto ortográfico del judeo-español, a fin de hacer más fácil la lectura de los textos redactados en la Revista.

Para transcribir en judeo-español, los autores sefardíes utilizan dieciocho (18) de la veintidós (22) letras que componen el alfabeto de la lengua hebrea, son eliminadas, pues: kaf,´ayin, tsádik y tav. Con el valor fonético de aquéllas se intenta representar todos los fonemas del castellano tal como se conciben en su pronunciación. Para lograrlo, suelen dotar a algunas letras de un signo subsidiario, técnica muy frecuente en el alfabeto Rashi, que consiste en colocar sobre estas letras una tilde con la cual amplían los fonemas a veintitrés sonidos. Si a éstos se le añade la yody la wau, que tienen valor triple: la primera puede actuar como vocal (i,e), como consonante (y) o como diptongo (ie, ei); y la segunda como vocal (o), como vocal (u) o como consonante (v), más los fonemas /ll/ y /ñ/(estos últimos conseguidos con la unión de dos fonemas) se obtendrá el esquema fonético de la lengua de los sefardíes.

La escritura del Judeo-español con letras Rashi


Los sefardíes acostumbraban a escribir el judeo-español con caracteres del tipo Rashi. Pero, hacia 1929, cuando en Turquía se proclama la prohibición de publicar cualquier libro o periódico en caracteres distinto del latino (árabe, hebreo u otros), la escritura Rashi fue casi abandonada. Con excepción de los libros de religión, los demás materiales impresos comenzaron a escribirse con caracteres del tipo latino. Y no sólo ocurrió este hecho ocurrió en Turquía, sino en todos aquellos lugares donde el Imperio Otomano gobernaba, salvo raras excepciones.

Ya hoy en día no hay quien escriba el judeo español con letras Rashi. Sin embargo, los investigadores de la cultura sefardí, a fin de conocer el origen y desarrollo de dicha cultura, necesitarían estudiar este alfabeto ya que la mayoría de los documentos, testigo de la vida de los sefardíes en España aparecen con caracteres Rashi. Un alfabeto creado por el mismo Rashi (Rabbi Shlomo Yitzchaki), muy parecido a las letras hebreas.

La ortografía judeo-española



Desde hace aproximadamente cincuenta años, el judeo-español se escribe con caracteres del tipo latino; hecho que trajo como consecuencia la utilización de varias ortografías debido a que los escritores adaptaban la escritura de la localidad donde vivían: unos adoptan la francesa, otros la turca o la española e inclusive hay quienes hacen una mezcla de todas. Por ejemplo Haim Vidal, en su obra Le Ladino al escribe gudios, Nejama escribe javer mientras que Moshé Shaúl en la Revista Aki Yerushalayim escribe djudios y haver, respectivamente.

Para evitar esto, los redactores de la revista antes mencionada, en su ejemplar Nº 1, año 1969, sintieron la necesidad de crear una ortografía basada en un alfabeto con letras latinas tomando en consideración dos aspectos importantes, a saber:

1. "Que la ortografía escogida responda a las necesidades del judeo-español o, en otras palabra, que tenga letras o combinaciones de letras que permitan leer lo escrito tal como se pronuncian, correctamente, los sonidos particulares de esa lengua, como la /j/ y la /dj/. 
 2. Que sea lo más simple posible, a fin de que se pueda leer lo que está escrito con dicha ortografía, sin tener que explicar con anterioridad una larga lista de reglas y excepciones".

Dicho alfabeto quedó estructurado de la siguiente forma:

A como en amigo
‘H como en ‘Herzl
S como en savio
B como en bueno
Y como en ijo SH como en shajen
CH como en chapeo J como en jurnal
T como en también
D como en dama K como en komer TS como en pitsa
DJ como en djente
L como en luvia U como en uva
E como en ermozo M como en mujer V como en vaka
F como en fuerte N como en novia X como en examen
G como en grande O como en okazión Y como en yerro
H como en haver P como en puerta
Note que no se incluyen en este alfabeto las letras c,q y w . La razón es porque los creadores del mismo recomiendan que dichas letras deben pronunciarse de acuerdo con las reglas de las lenguas de donde fueron extraídas.

D. MORFOLOGÍA 


Entre los aspectos morfológicos de la lengua en cuestión caben destacar los siguientes:
1. El género


1.1. Por la influencia de la lengua hebrea sobre el judeo-español, algunas palabras conservaron el género de aquélla. Así pues, las palabras tribu e imagen que en hebreo son de género masculino, en el judeo-español también: el tribu, el imagen.

1.2. Las palabras que comienzan con la letra a son de género femenino, identificando el mismo con el artículo la: la águila, la amor, la ave.

2. El pronombre indefinido naide que coexistía en el siglo XVI al lado de nadie , así como las construcciones con nos, con mí, más que mí, y los pronombres cualo, tala se encuentran con frecuencia en el judeo-español, aun cuando ya en la lengua española sean considerados como arcaísmos.

3. En el judeo-español suelen aparecer casi todas las formas verbales que se usan en el español actual, pero casi no se emplean los tiempos compuestos ni la voz pasiva; sin embargo, se usan con mayor frecuencia los auxiliares, tales como: tener en lugar de haber, tengo ido. La forma imperativa del verbo se realiza con la adición de la vocal -y: dai, salí, facei. En el pretérito, la desinencia de la segunda persona tanto del singular como del plural se realiza igual en la forma escrita; mas al pronunciarla, en el plural se palatiza la consonante -s final /s/: (singular: -tis, plural: -tis).


E. SINTAXIS


En un principio la traducción de textos originales, especialmente los religiosos, tanto orales como escritos, del hebreo al español del siglo XV se realizaba respetando las reglas de la primera.
Dentro del habla coloquial caben destacar los siguientes fenómenos sintácticos:

c.1. Falta del artículo tras la preposición "a": /a bwenoz maridos/ en lugar de /a los bwenoz maridos/ c.2. La adición del pronombre mi al vocativo: /no me dejéis mi madre/.

F. LÉXICO


Para el estudio de este aspecto de la lengua conviene establecer tres grupos , a saber: arcaísmos, hebraísmos y otras lenguas.


e.1. Arcaísmos:

el judeo-español contiene un gran numero de vocablos utilizados en España hacia el siglo XV, que aun cuando han desaparecido del léxico español, perduran en la lengua de los sefardíes. Rafael Lapesa (1968) historiador de la lengua española afirma: "El interés que ofrece el judeo-español consiste en su extraordinario arcaísmo; no participa en las transformaciones que el español ha experimentado desde la época de su expulsión". Prueba de este arcaísmo es mencionado por Estrugo en su obra "Los Sefardíes": aldikera por bolsillo, muchiguar por multiplicar, bavajadas por patrañas, chapeo por sombrero, agora por ahora. O expresiones como: a lo menos, de aki endelantre, este pan del Dío y otros.

e.2. Hebraísmos:

Palabras como lamdar que deriva del vocablo hebreo L`M`D`(ל'מ'ד') y dio origen a: Meldar (rezar), meldador (el que reza); malsin (que miente) y januposo (vanidoso)del hebreo lashón (lengua), janupá (vanidad); respectivamente. Otras se usan igual que en el original, tales como: séjel (inteligencia), berajá (bendición), kehilá (comunidad), bejor (primogénito), mazal (suerte), y otros más

En este aparte, de los hebraísmo, cabe señalar como dato curioso, la adición del sufijo hebreo a palabras españolas, por ejemplo: ladronim (ladrón, en español; + -im, sufijo en hebreo para formar el masculino plural), haraganut (haragán vocablo español + ut sufijo sustantival femenino), etc.

e.3. Otras lenguas:

El judeo-español por su dispersión y contacto con diversos pueblos fue influenciado por otras lenguas como el turco, de donde extrajo palabras como: colay (fácil), adchí (restaurante), duña (belleza), maramón (servilleta), jazné tesorería), mirak (pesadumbre). De origen italiano se pueden citar los siguientes casos: achitar (aceptar), adeso (ahora), fachile (fácil), lavoru (trabajo), rizicu (riesgo). Del griego, toi (sótano), dispot (obispo), joró (baile), maná (abuela); del eslavo: barbanche (tambor para pregonar asuntos públicos), bik (toro), pitulitze (pastel), misirke (pavo); del portugués, el género masculino de la palabra sal, los participios terminados en -endu o -indu, palabras como aínda, etc. Del catalán entraron palabras como: calé (hay que), assaventar(aprender), del gallego, agora (ahora), ayinda(todavía), buraco(agujero), alfinete (alfiler). También el árabe dejó sentir su influencia en la formación del judeo-español, así pues se tienen las palabras como: amán (por favor), bacal (tienda de abarrotes), maramán (servilleta), cané (café), kebab (carne asada), yulaf (avena), y otras.

No se puede terminar este aspecto de la lengua sin antes mencionar el dialecto denominado Haketía. ¿Cómo se originó el vocablo?, ¿en qué consiste este dialecto?

Sobre su origen hay dos versiones: la primera, afirma que proviene de Hakito, que a su vez viene de Isakito, diminutivo del nombre Ishak, nombre común empleado entre los judíos marroquíes; así el Haketía alude a la lengua que hablaban los judíos de Marruecos, y que posteriormente, por las emigraciones, se propagó hacia Ceuta, Melilla, Orán, Gibraltar, Casablanca y América; la segunda versión expresa que este vocablo proviene del verbo Hak`a, en árabe, que significa hablar, decir, contar. Parece ser que esta es la más aceptable.

Este dialecto nace por la conveniencia de sus hablantes quienes temían ser comprendidos por los circundantes extraños (moros y cristianos) y crean su propio dialecto: El Haketía. 

Después de la expulsión, gran cantidad de vocablos castellanos fueron reemplazados por otros de la lengua árabe o hebrea, de forma que el haketía abarca todos los sonidos que entran en los idiomas castellano, hebreo y árabe. El tipo fónico más emparentado con este dialecto es el andaluz.

Una característica del haketía, según lo expresa Hayde, P.(1968), es la tendencia a la especificación; es decir al uso de distintos términos según el grupo religioso al que hace referencia, por ejemplo:

Vocablos referidos al:
Cristianismo Judaísmo Islamismo
Maestro Rabí Jquí
Misa Tefilá Elá
Lectura Meldar Qraiá
Juez Dayán Q'adi

Son varios los investigadores que establecen las diferencias notables entre el judeo-español y el haketía, entre ellos: Benarroch (1970), Rapaport (1970), Sephia (1981). El primero afirma que la gran diferencia radica en la conciencia lingüística y la gran expresividad mostrada por los hablantes; Rapaport, este dialecto no recibe influencia de tantas y diferentes lenguas, la mayoría de las palabras provienen del árabe. Sephia trabaja con los diferentes campos de la lengua, en el morfológico comenta la elisión de la última consonante en los verbos, tales como: eso, vo, do, so en lugar de estoy, voy, doy y soy, respectivamente; en el sintáctico, el uso del artículo al lado de un adjetivo: la mi casa, en lugar de mi casa, y en el léxico la palabra merkar en lugar de comprar. Como es natural, existen muchos otros ejemplos lo cuales pueden consultarse directamente de la fuente.

Sobre la autora:
Rifka Cook es estadounidense, escritora y profesora universitaria de Español y Literatura Española en la Northwestern University, de Chicago. Ha publicado obras de ficción como asimismo libros y trabajos sobre análisis de texto y sobre historia y peculiaridades del judeo-español.

Fuente: http://lrc.salemstate.edu/aske/courses/readings/Judeo-espanol_Un_castellano_del_siglo_XV_que_vive_aun.htm

miércoles, 25 de mayo de 2016

La vida es una trampa que urdimos nosotros mismos



Carlos Abrego


En España acaba de salir a luz una novela que cuenta las aventuras y tribulaciones de una muchacha salvadoreña, una cipota soñadora e inquieta que se va a Europa esperando encontrar el maravilloso mundo de Alicia. La novela tiene un hermoso título, “El fiel reflejo de la nada” y su autora es Patricia C. Beltrán que nos entrega aquí su primera novela. La obra recoge la historia real de una compatriota, pero el relato no es la mera transcripción de una experiencia, ni una crónica periodística, se trata realmente de una novela.

Desde el encuentro en el Flor Blanca con un guitarrista de Alejandro Sanz su vida va a cambiar, la ponzoña aventurera se va a despertar en Valentina y su deseo de descubrir el viejo mundo europeo se va a apoderar de ella. Su vida de estudiante de derecho, su acobijada vida familiar se le vuelven estrechas, necesita desplegar sus alas, la semilla de trotamundos que muchos llevamos adentro germinó brotes que crecieron exuberantes en la inconsciente cabeza de Valentina. De un arranque y sirviéndose de su capacidad de doblegar la voluntad de su padre consigue viajar a Madrid. Claro que no va a la simple aventura, se ha inscrito en la universidad de Alcalá de Henares y desde entonces le van sucediendo insospechadas sorpresas. Pero las va salvando cada una con suerte, con cierta candidez. El mundo se le ha anchado y Valentina se siente capaz de apropiárselo todo. Su regla de conducta es dejarse ir, sin miedo, va al encuentro del primer llamado, no se cuestiona, no duda, no puede plantearse en ningún momento que en su enmarañado trajinar puede haber cierta vez alguna fatídica trampa. Se va a Barcelona rendida por un argumento certero:

“—Llevas más de un año en España y no te has movido de Madrid. ¿No querías conocer Europa?”

Se trata entonces apenas de un fin de semana, pero luego se cambia a vivir  a la capital catalana y hace todo lo posible por seguir allí sus estudios. En Madrid, Valentina había podido vivir y sobrevivir, había conseguido trabajos relativamente cómodos y adaptados a sus estudios y además los había obtenido con relativa facilidad, ayudada tal vez por su encanto y su belleza.

Una vez instalada en Barcelona el torbellino de su vida la arrastra fatídicamente a embrollarse y maniatarse hasta caer en la temida trampa. No voy a contar el fin de la novela, no es porque el desenlace sea detectivesco, sino que siempre es mejor descubrirlo con sus propios ojos, guiados en esto por el escritor.

Hay que celebrar la opción de Patricia C. Beltrán; pudo escoger folclorizar el lenguaje multiplicando o adoptando artificialmente el modo de hablar de los salvadoreños, pero eligió su versión, su propio lenguaje. Es cierto que por allí va salpicando con algunas palabras y giros salvadoreños como para recordarle al lector que su personaje es una muchacha salvadoreña. El relato es en primera persona, lo que no permite grandes acotaciones, sino al contrario ir siempre al grano, a veces de manera abrupta, remedando en esto el mismo carácter irreflexivo de la protagonista.

Se me acumulan ahora muchos adjetivos para definir el estilo de Patricia C. Beltrán, pero ninguno me da entera satisfacción, porque a veces es vertiginoso, imponiendo un ritmo a la acción, al mismo tiempo que se detiene igualmente en los detalles, busca a veces con cierta minucia el verbo, el adjetivo que mejor se acomode al momento de la historia. Podría también decir que su estilo es despejado, sencillo y sin adornos, lo que le da al todo una agilidad que se presta al natural amontonamiento de las aventuras de Valentina. Esta sencillez estilística es depurada, pues cuando es menester recurrir al adorno lo hace sin olvidar la parquedad. Logra con esto que el lector también caiga atrapado por la historia, uno queda subyugado, curioso, desea permanecer con Valentina hasta el final. La lectura se va deslizando sin estorbos, sin necesidad de volver atrás, ni mucho menos saltarse hacia adelante, cada momento de la narración está donde debe estar y aunque a veces uno desea entrar y decirle a Valentina, por favor, niña, recapacita, dale tiempo a tus atribuladas aventuras. Esto es prueba de que uno ha caído también en la “trampa”, uno se siente parte, uno no puede dejar sola a Valentina. Uno se da cuenta también que el mundo tal cual está hecho, está malhecho para ingenuas muchachas que quieren conocerlo sin presentimientos, sin angustias, con la candidez de la primera mirada.

Espero que esta novela española se vuelva a través de sus futuros lectores en salvadoreña, espero pues que les haya dado ganas de conocer a Valentina.

“El fiel reflejo de la nada” de Patricia C. Beltrán, Ediciones Cardeñoso, Vigo 2016.

martes, 17 de mayo de 2016

"Lo que se quiere decir"



“Lo que se quiere decir” es un concepto particular de la Lingüística, pues se hace siempre referencia sin determinar claramente su estatuto entre el resto de ellos. “Lo que se quiere decir” precede al habla y por consiguiente podemos considerar su modo de existir como una virtualidad y además amorfo desde el punto de vista lingüístico. Se trata pues de una potencialidad, de una intensión, de un estado de consciencia, pero todas estas características lo ponen afuera del lenguaje y no obstante sin su existencia previa es imposible poner en movimiento todo el sistema lingüístico: “lo que se quiere decir” cobra forma y sentido una vez que el locutor ha escogido dentro de las virtualidades lingüísticas lo que mejor se acomoda a su deseo. 

Este proceso de puesta en correlación de “lo que se quiere decir” y las formas lingüísticas puede tener momentos  reflexivos y momentos inconscientes, automáticos. En ambos momentos, reflexivos y automáticos,  tienen lugar en los diferentes niveles del sistema lingüístico: el fonológico, morfológico, sintáctico y semántico. Es evidente que el momento más automático e inconsciente es el que funciona (por decirlo así) en el nivel fonológico y el más reflexivo en el nivel semántico. La capacidad lingüística permite que los niveles morfológico y sintáctico sean más o menos (mayor o menormente) automáticos.

El enunciado se debe considerar como el producto de la puesta en forma de “lo que se quiere decir”. De alguna manera el contenido del enunciado es justamente “lo que quiere decir” el emisor y lo que busca precisamente entender el receptor. Además hay que considerar que este concepto justifica "el punto de vista” a partir del cual se considera el lenguaje, como un instrumento de comunicación o por lo menos su función primordial. Y esto también nos indica que “el punto de vista” no es una actitud subjetiva, arbitraria, antojadiza, sino que se desprende del uso que se le da al lenguaje como medio para hacer efectiva la voluntad del hablante, la de comunicar “lo que quiere decir”. El punto de vista a partir del cual se analiza y se estudia el lenguaje es su función propia, interna, la que le corresponde en propio. 

Como acabamos de decirlo “lo que se quiere decir” tiene un modo de existir particular, es decir antes de existir como enunciado es potencial y amorfo, es una simple intención, un estado de consciencia. Sólo al entrar en el ámbito del lenguaje, su existencia real, su devenir le confiere además de una forma determinada y un contenido también determinado, y al ser enunciado entra en el habla y aquí recibe una existencia concreta, aunque efímera. Este concepto central es el que sostiene la función del lenguaje. Todo el funcionamiento del lenguaje está destinado a darle forma y contenido precisamente a “lo que se quieren decir” los hablantes de una lengua dada. Esto significa recurrir a la gramática y por supuesto a la semántica. Al considerar el lenguaje tomando en cuenta su función comunicativa, que consiste en la puesta en forma y darle contenido al enunciado, podemos concluir los aspectos unitarios de la lengua y el habla. Las formas generales cobran concreción en el enunciado.  
 
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