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miércoles, 4 de octubre de 2017

Aglaia afuera de la novela

Ignoro las razones precisas por las que me puse anoche a leer uno de los primeros capítulos de la novela de León Tolstoi “Ana Karenina”, el episodio en que Stiva Volkonski se levanta, se viste, lee las cartas y toma el desayuno consultando los diarios. Tal vez buscaba las agudas reflexiones del narrador sobre los diarios liberales que leía Stiva y sus motivaciones de esa elección. Luego Stiva se va a enfrentar a su mujer y a suplicarle que lo perdone por su traición con la nodriza de sus hijos. Esto sucedió anoche, luego se me cerraban los ojos, pesados, llenos de escamas. En algún momento de la noche soñé y el sueño me angustió, sin que fuera realmente una pesadilla.

Tengo heroínas preferidas, una de ellas es Aglaia de “El Idiota” de Fedor Mijailovich Dostoievski. Soñé que Aglaia se había salido de las páginas de la novela, de mi novela, esa que tengo en mis estantes. Se salió y la vi caminar en estos tiempos por calles de una ciudad que tomé como San Petersburgo, pero cuya fisionomía era una sorprendente, extraña mezcla entre París y Moscú. La veía caminar como perdida, buscando el camino, no sé hacia dónde. Me entró un temor oceánico, no sé por qué mi temor era que se extraviara y nunca, nunca volviera a entrar en la novela. En el camino, yendo detrás de ella, a una distancia prudente, mi temor era también que me viera y se diera cuenta que andaba fuera de su destino, pues yo soy de este tiempo. No le busquen lógica al asunto.

De repente ella comienza a subir desde la plaza Noguiná (le cambiaron el nombre dos veces, plaza china y ahora plaza eslava) hacia el Kremlin, pero no como de seguro es ahora esa calle, ni siquiera como fue cambiando en los años sesenta, cuando yo mismo transité por ella noche tras noche para ver el cambio de guardia del Mausoleo de Lenin. En esa calle hubo una casa solariega que perteneció a la familia Romanov, la familia de los últimos monarcas rusos. En esa casa no sé desde cuándo hubo una biblioteca de libros en lenguas extranjeras. Bueno en mi sueño, no recapacité en ese detalle, entré para verificar en la novela si era cierto que mi Aglaia se había salido de las páginas. Abrí con extrema premura la novela y en ninguna surgía el nombre de mi heroína. Salí aún más angustiado de la biblioteca y no sé por qué iba seguro que la volvería a encontrar cruzando la Plaza Roja. La vi de lejos, a punto de doblar hacia la calle Nikolskaya. La plaza estaba muy concurrida, me abrí camino y temí perderla en esa calle. Hay pasaje que parte de esa calle y que lleva a otras plazas pasando al lado del Kazanski Sabor (un templo). Corrí y vi que caminaba por la acera de la derecha, me calmé, no iba a bajar hacia la Plaza Revolución, hacia el Bolshoi. Siguió hasta la plaza Lubianka. Pero ya en la plaza no reconocí el lugar, lo habían cambiado y poco a poco la ciudad se me fue transformando en un París eslavo. Traté de adelantarme, verla de frente, ver su rostro, comprobar que era como me la había imaginado.  Fue en ese momento, cuando ya iba a contemplarla de frente que me desperté.

Abrí mi ejemplar y mi Aglaia ha vuelto a entrar en las páginas de la novela.

viernes, 31 de marzo de 2017

Encrucijada

¿Lejana o distante?
El abismo es el mismo.

Es un ruido que se ha ido
en la quebrada,
retumbando,
con las sufridas piedras,
lágrimas calcinadas,
por este curso
que serpentea
para dilatar la pena.

Nada desemboca en la nada.
¿El mar?
Esa inmensidad no tiene tiempo
para abrir sus fauces
y tragarse la implacable ausencia.

Pude ver un instante,
¿imaginado?
Tal vez soñado,
corto, lo sé,
unas manos abiertas
como alegres mariposas
que deseaban secar
la sal de mis mejillas
y las sentí tiernas,
palpando la herida,
acallando el llanto.

La ilusión fue certera.
Fertil,
como son las serpientes
en las noches de plenisombra.
Ciega,
como toda ilusión,
no creyó que el presente,
tenaz,
viaja por los mismos
senderos
que llevan al pasado.

¿El recuerdo?
El recuerdo no sabe de caminos.

martes, 30 de agosto de 2016

Judeo-español: Un castellano del siglo XV que vive aún

Por Rifka Cook
 

El año 1492 es un año clave en la historia: Cristóbal Colón llega por primera vez al continente americano con ayuda de los reyes católicos. En ese mismo año se expulsa a los judíos y moros de la Península Ibérica. Los primeros habitaron en dicha región por espacio de diez siglos: el modo de vida, las costumbres, las pautas culturales y el idioma peninsular se había enraizado en ellos.

El contacto con España, que siguió manteniéndose aún varias generaciones después de la expulsión, imprimió un carácter hispánico a esa comunidad judía y enriqueció su cultura al consolidar una fusión hispano-judaica de la que nacería la lengua judeo-española.

Casi dos siglos después de la expulsión, el movimiento emancipador que se inició con la Revolución Francesa dio oportunidad a los judíos de participar en la vida pública de los distintos países que garantizaban la igualdad de derechos para todos sus súbditos. Con el fin de facilitar el desenvolvimiento en los ámbitos civil y/o político los sefardíes se vieron obligados a adoptar los idiomas de los países donde vivieron. Como consecuencia de ello, el judeo-español, la lengua hablada por los sefardíes, se fue relegando mientras nacían formas nuevas de ésta; es decir, nace lo que se conoció más tarde como las variantes dialectales del judeo-español.

El éxodo de los sefardíes hacia las diferentes ciudades siguió dos caminos: hacia el occidente, donde el judeo-español sucumbió relativamente pronto y hacia el oriente(Salónica, Esmirna, Rodas, Constantinopla, Bosnia, El Cairo, Jerusalem) donde a pesar de las diferentes etnias (italianos, sicilianos, askenazíes, griegos, provenzales y germánicos) que encontraron sobre todo en Salónica la lengua de los sefardíes prevaleció sobre los otros dialectos. Como testimonio está la descripción que hace el historiador Nehama en su obra Historie des Israelites de Salonique:

..."Sobre todas las lenguas habladas en Salónica en aquella época predomina el castellano, que conoce la mayoría de estos hombres"
Al emplear el término "castellano", Nehama no se refiere al significado actual de este vocablo, sino al idioma hablado por los desterrados, en el que se conjuga el español y el hebreo.

B. LOS INVESTIGADORES Y EL CONCEPTO DE JUDEO-ESPAÑOL 
 

Ladino, judezmo, romance, españolit, español, judeo-español, lengua de los judíos son las diferentes denominaciones que se le da a la lengua utilizada por los judíos expulsados de España en 1492 y sus descendientes.

La Enciclopedia Judaica Castellana (1949), en un artículo sobre el Ladino comenta que después de la expulsión de los judíos de España "el ladino llegó a ser sinónimo del español, pero en la forma que lo hablaban los desterrados." Frente a esta posición está la del investigador Jacob Hasán(1980) quien afirma que el ladino no debe ser considerado como sinónimo de lengua hablada sino como lengua calco (de copia) que se utiliza para traducir textualmente al romance los textos litúrgicos hebreos. Es decir, el ladino es la lengua que se utiliza sólo para traducir los textos sagrados del hebreo al español de la Edad Media, manteniendo una "fidelidad ciega" al texto original. El profesor Haim Vidal Sephia (1981) comparte la opinión del profesor Hasán y lo expresa a través de un análisis comparativo que establece entre un versículo (Deuteronomio 18:16) de la Biblia de Constantinopla (1547) y del texto en hebreo:

Texto en Hebreo:Haesh haguedolá hazot

Texto en Ladino:la fuego la grande la esta".

Las palabras: la fuego, la grande, la esta se tradujeron textualmente, palabra por palabra del texto hebreo "haesh, haguedolá, hazot". La palabra fuego es femenino en hebreo, mas no en español, por lo tanto el artículo que acompaña al sustantivo está en femenino, se respeta la regla de concordancia entre artículo y sustantivo, otro aspecto relevante es la del artículo que acompaña al adjetivo (ha-guedola, ha-zot): se atiende pues a la sintaxis hebrea y no a la española.

Este concepto de ladino es compartido también por el investigador y autor de varios libros relacionados con la lengua y literatura judeo-españolas, Manuel Alvar (1969), quien agrega al concepto, la transcripción de la misma: "el ladino es la lengua de los textos litúrgicos con caracteres Rashi.

Por su parte, Moshé Shaúl(1979) define el judeo-español como la lengua hablada por los descendientes de los judíos expulsados de España en 1492; opinión compartida también por el profesor Vidal Sephia y por Pascual Recuero.

De lo anterior se infiere que existe una notable diferencia entre el término de Ladino y el de Judeo-español: la primera identifica a la lengua calco, se usa solo en la traducción de textos sagrados: la Biblia, los libros de oraciones y costumbres; mientras que la segunda alude a la lengua con que se expresa la comunidad sefardí, tanto desde el punto de vista oral en su comunicación a diario, como el escrito en sus novelas, poesías, ensayos, prensa o bien para traducir textos no-religiosos de otros idiomas.

C. FONÉTICA


Varios investigadores han tratado este aspecto de la lengua, a saber: Wagner, Ortega, Luria, Alvar y otros quienes han procurado dar normas generales sobre la pronunciación de esta lengua.

Toda comunidad sefardí está formada por grupos étnicos de diferentes orígenes, hecho que dio origen a una peculiar manera de pronunciar esta lengua. En unos, hay influencia marcadamente italiana, francesa en otros, en algunos turca o portuguesa y mezcla de todos ellos en la mayoría, aunque han conservado los principales rasgos fonéticos del español del siglo XV. Si se trata de textos escritos - como señala Recuero, (1964)-, cada comunidad tiende a la búsqueda de transcripciones lo más semejante posible a la lengua de la región.

A continuación se señalarán algunos criterios utilizados actualmente para transcribir, fonéticamente, el judeo-español:

1. El empleado por los redactores de la revista Aki Yerushalayim que se publica en Jerusalem, Israel a través de la emisora radial Kol Israel, cuyo responsable es el investigador Moshé Shaúl. 2. El empleado por Mihael Molho (1980), otro investigador de la lengua judeo-española.
3. El utilizado por los redactores de la Revista Sefarad que se publica en Madrid, España.

Con respecto al método de transcripción fonética empleados por Molho y la Revista Sefarad, remítase directamente a la fuente. En este capitulo se optará por trabajar con la empleada por la Revista Aky Yerushalayim.
Criterios de Transcripción Fonética


La Revista Aki Yerushalayim (1969) ha publicado una tabla de alfabeto judeo-español con la respectiva pronunciación de cada letra. La base de dicha tabla es la ortografía del judeo-español moderno, el escrito con letras latinas, pero con ciertas modificaciones en relación con el alfabeto español. La finalidad que se persigue con ésta es la unificación de criterios en cuanto al aspecto ortográfico del judeo-español, a fin de hacer más fácil la lectura de los textos redactados en la Revista.

Para transcribir en judeo-español, los autores sefardíes utilizan dieciocho (18) de la veintidós (22) letras que componen el alfabeto de la lengua hebrea, son eliminadas, pues: kaf,´ayin, tsádik y tav. Con el valor fonético de aquéllas se intenta representar todos los fonemas del castellano tal como se conciben en su pronunciación. Para lograrlo, suelen dotar a algunas letras de un signo subsidiario, técnica muy frecuente en el alfabeto Rashi, que consiste en colocar sobre estas letras una tilde con la cual amplían los fonemas a veintitrés sonidos. Si a éstos se le añade la yody la wau, que tienen valor triple: la primera puede actuar como vocal (i,e), como consonante (y) o como diptongo (ie, ei); y la segunda como vocal (o), como vocal (u) o como consonante (v), más los fonemas /ll/ y /ñ/(estos últimos conseguidos con la unión de dos fonemas) se obtendrá el esquema fonético de la lengua de los sefardíes.

La escritura del Judeo-español con letras Rashi


Los sefardíes acostumbraban a escribir el judeo-español con caracteres del tipo Rashi. Pero, hacia 1929, cuando en Turquía se proclama la prohibición de publicar cualquier libro o periódico en caracteres distinto del latino (árabe, hebreo u otros), la escritura Rashi fue casi abandonada. Con excepción de los libros de religión, los demás materiales impresos comenzaron a escribirse con caracteres del tipo latino. Y no sólo ocurrió este hecho ocurrió en Turquía, sino en todos aquellos lugares donde el Imperio Otomano gobernaba, salvo raras excepciones.

Ya hoy en día no hay quien escriba el judeo español con letras Rashi. Sin embargo, los investigadores de la cultura sefardí, a fin de conocer el origen y desarrollo de dicha cultura, necesitarían estudiar este alfabeto ya que la mayoría de los documentos, testigo de la vida de los sefardíes en España aparecen con caracteres Rashi. Un alfabeto creado por el mismo Rashi (Rabbi Shlomo Yitzchaki), muy parecido a las letras hebreas.

La ortografía judeo-española



Desde hace aproximadamente cincuenta años, el judeo-español se escribe con caracteres del tipo latino; hecho que trajo como consecuencia la utilización de varias ortografías debido a que los escritores adaptaban la escritura de la localidad donde vivían: unos adoptan la francesa, otros la turca o la española e inclusive hay quienes hacen una mezcla de todas. Por ejemplo Haim Vidal, en su obra Le Ladino al escribe gudios, Nejama escribe javer mientras que Moshé Shaúl en la Revista Aki Yerushalayim escribe djudios y haver, respectivamente.

Para evitar esto, los redactores de la revista antes mencionada, en su ejemplar Nº 1, año 1969, sintieron la necesidad de crear una ortografía basada en un alfabeto con letras latinas tomando en consideración dos aspectos importantes, a saber:

1. "Que la ortografía escogida responda a las necesidades del judeo-español o, en otras palabra, que tenga letras o combinaciones de letras que permitan leer lo escrito tal como se pronuncian, correctamente, los sonidos particulares de esa lengua, como la /j/ y la /dj/. 
 2. Que sea lo más simple posible, a fin de que se pueda leer lo que está escrito con dicha ortografía, sin tener que explicar con anterioridad una larga lista de reglas y excepciones".

Dicho alfabeto quedó estructurado de la siguiente forma:

A como en amigo
‘H como en ‘Herzl
S como en savio
B como en bueno
Y como en ijo SH como en shajen
CH como en chapeo J como en jurnal
T como en también
D como en dama K como en komer TS como en pitsa
DJ como en djente
L como en luvia U como en uva
E como en ermozo M como en mujer V como en vaka
F como en fuerte N como en novia X como en examen
G como en grande O como en okazión Y como en yerro
H como en haver P como en puerta
Note que no se incluyen en este alfabeto las letras c,q y w . La razón es porque los creadores del mismo recomiendan que dichas letras deben pronunciarse de acuerdo con las reglas de las lenguas de donde fueron extraídas.

D. MORFOLOGÍA 


Entre los aspectos morfológicos de la lengua en cuestión caben destacar los siguientes:
1. El género


1.1. Por la influencia de la lengua hebrea sobre el judeo-español, algunas palabras conservaron el género de aquélla. Así pues, las palabras tribu e imagen que en hebreo son de género masculino, en el judeo-español también: el tribu, el imagen.

1.2. Las palabras que comienzan con la letra a son de género femenino, identificando el mismo con el artículo la: la águila, la amor, la ave.

2. El pronombre indefinido naide que coexistía en el siglo XVI al lado de nadie , así como las construcciones con nos, con mí, más que mí, y los pronombres cualo, tala se encuentran con frecuencia en el judeo-español, aun cuando ya en la lengua española sean considerados como arcaísmos.

3. En el judeo-español suelen aparecer casi todas las formas verbales que se usan en el español actual, pero casi no se emplean los tiempos compuestos ni la voz pasiva; sin embargo, se usan con mayor frecuencia los auxiliares, tales como: tener en lugar de haber, tengo ido. La forma imperativa del verbo se realiza con la adición de la vocal -y: dai, salí, facei. En el pretérito, la desinencia de la segunda persona tanto del singular como del plural se realiza igual en la forma escrita; mas al pronunciarla, en el plural se palatiza la consonante -s final /s/: (singular: -tis, plural: -tis).


E. SINTAXIS


En un principio la traducción de textos originales, especialmente los religiosos, tanto orales como escritos, del hebreo al español del siglo XV se realizaba respetando las reglas de la primera.
Dentro del habla coloquial caben destacar los siguientes fenómenos sintácticos:

c.1. Falta del artículo tras la preposición "a": /a bwenoz maridos/ en lugar de /a los bwenoz maridos/ c.2. La adición del pronombre mi al vocativo: /no me dejéis mi madre/.

F. LÉXICO


Para el estudio de este aspecto de la lengua conviene establecer tres grupos , a saber: arcaísmos, hebraísmos y otras lenguas.


e.1. Arcaísmos:

el judeo-español contiene un gran numero de vocablos utilizados en España hacia el siglo XV, que aun cuando han desaparecido del léxico español, perduran en la lengua de los sefardíes. Rafael Lapesa (1968) historiador de la lengua española afirma: "El interés que ofrece el judeo-español consiste en su extraordinario arcaísmo; no participa en las transformaciones que el español ha experimentado desde la época de su expulsión". Prueba de este arcaísmo es mencionado por Estrugo en su obra "Los Sefardíes": aldikera por bolsillo, muchiguar por multiplicar, bavajadas por patrañas, chapeo por sombrero, agora por ahora. O expresiones como: a lo menos, de aki endelantre, este pan del Dío y otros.

e.2. Hebraísmos:

Palabras como lamdar que deriva del vocablo hebreo L`M`D`(ל'מ'ד') y dio origen a: Meldar (rezar), meldador (el que reza); malsin (que miente) y januposo (vanidoso)del hebreo lashón (lengua), janupá (vanidad); respectivamente. Otras se usan igual que en el original, tales como: séjel (inteligencia), berajá (bendición), kehilá (comunidad), bejor (primogénito), mazal (suerte), y otros más

En este aparte, de los hebraísmo, cabe señalar como dato curioso, la adición del sufijo hebreo a palabras españolas, por ejemplo: ladronim (ladrón, en español; + -im, sufijo en hebreo para formar el masculino plural), haraganut (haragán vocablo español + ut sufijo sustantival femenino), etc.

e.3. Otras lenguas:

El judeo-español por su dispersión y contacto con diversos pueblos fue influenciado por otras lenguas como el turco, de donde extrajo palabras como: colay (fácil), adchí (restaurante), duña (belleza), maramón (servilleta), jazné tesorería), mirak (pesadumbre). De origen italiano se pueden citar los siguientes casos: achitar (aceptar), adeso (ahora), fachile (fácil), lavoru (trabajo), rizicu (riesgo). Del griego, toi (sótano), dispot (obispo), joró (baile), maná (abuela); del eslavo: barbanche (tambor para pregonar asuntos públicos), bik (toro), pitulitze (pastel), misirke (pavo); del portugués, el género masculino de la palabra sal, los participios terminados en -endu o -indu, palabras como aínda, etc. Del catalán entraron palabras como: calé (hay que), assaventar(aprender), del gallego, agora (ahora), ayinda(todavía), buraco(agujero), alfinete (alfiler). También el árabe dejó sentir su influencia en la formación del judeo-español, así pues se tienen las palabras como: amán (por favor), bacal (tienda de abarrotes), maramán (servilleta), cané (café), kebab (carne asada), yulaf (avena), y otras.

No se puede terminar este aspecto de la lengua sin antes mencionar el dialecto denominado Haketía. ¿Cómo se originó el vocablo?, ¿en qué consiste este dialecto?

Sobre su origen hay dos versiones: la primera, afirma que proviene de Hakito, que a su vez viene de Isakito, diminutivo del nombre Ishak, nombre común empleado entre los judíos marroquíes; así el Haketía alude a la lengua que hablaban los judíos de Marruecos, y que posteriormente, por las emigraciones, se propagó hacia Ceuta, Melilla, Orán, Gibraltar, Casablanca y América; la segunda versión expresa que este vocablo proviene del verbo Hak`a, en árabe, que significa hablar, decir, contar. Parece ser que esta es la más aceptable.

Este dialecto nace por la conveniencia de sus hablantes quienes temían ser comprendidos por los circundantes extraños (moros y cristianos) y crean su propio dialecto: El Haketía. 

Después de la expulsión, gran cantidad de vocablos castellanos fueron reemplazados por otros de la lengua árabe o hebrea, de forma que el haketía abarca todos los sonidos que entran en los idiomas castellano, hebreo y árabe. El tipo fónico más emparentado con este dialecto es el andaluz.

Una característica del haketía, según lo expresa Hayde, P.(1968), es la tendencia a la especificación; es decir al uso de distintos términos según el grupo religioso al que hace referencia, por ejemplo:

Vocablos referidos al:
Cristianismo Judaísmo Islamismo
Maestro Rabí Jquí
Misa Tefilá Elá
Lectura Meldar Qraiá
Juez Dayán Q'adi

Son varios los investigadores que establecen las diferencias notables entre el judeo-español y el haketía, entre ellos: Benarroch (1970), Rapaport (1970), Sephia (1981). El primero afirma que la gran diferencia radica en la conciencia lingüística y la gran expresividad mostrada por los hablantes; Rapaport, este dialecto no recibe influencia de tantas y diferentes lenguas, la mayoría de las palabras provienen del árabe. Sephia trabaja con los diferentes campos de la lengua, en el morfológico comenta la elisión de la última consonante en los verbos, tales como: eso, vo, do, so en lugar de estoy, voy, doy y soy, respectivamente; en el sintáctico, el uso del artículo al lado de un adjetivo: la mi casa, en lugar de mi casa, y en el léxico la palabra merkar en lugar de comprar. Como es natural, existen muchos otros ejemplos lo cuales pueden consultarse directamente de la fuente.

Sobre la autora:
Rifka Cook es estadounidense, escritora y profesora universitaria de Español y Literatura Española en la Northwestern University, de Chicago. Ha publicado obras de ficción como asimismo libros y trabajos sobre análisis de texto y sobre historia y peculiaridades del judeo-español.

Fuente: http://lrc.salemstate.edu/aske/courses/readings/Judeo-espanol_Un_castellano_del_siglo_XV_que_vive_aun.htm

miércoles, 25 de mayo de 2016

La vida es una trampa que urdimos nosotros mismos



Carlos Abrego


En España acaba de salir a luz una novela que cuenta las aventuras y tribulaciones de una muchacha salvadoreña, una cipota soñadora e inquieta que se va a Europa esperando encontrar el maravilloso mundo de Alicia. La novela tiene un hermoso título, “El fiel reflejo de la nada” y su autora es Patricia C. Beltrán que nos entrega aquí su primera novela. La obra recoge la historia real de una compatriota, pero el relato no es la mera transcripción de una experiencia, ni una crónica periodística, se trata realmente de una novela.

Desde el encuentro en el Flor Blanca con un guitarrista de Alejandro Sanz su vida va a cambiar, la ponzoña aventurera se va a despertar en Valentina y su deseo de descubrir el viejo mundo europeo se va a apoderar de ella. Su vida de estudiante de derecho, su acobijada vida familiar se le vuelven estrechas, necesita desplegar sus alas, la semilla de trotamundos que muchos llevamos adentro germinó brotes que crecieron exuberantes en la inconsciente cabeza de Valentina. De un arranque y sirviéndose de su capacidad de doblegar la voluntad de su padre consigue viajar a Madrid. Claro que no va a la simple aventura, se ha inscrito en la universidad de Alcalá de Henares y desde entonces le van sucediendo insospechadas sorpresas. Pero las va salvando cada una con suerte, con cierta candidez. El mundo se le ha anchado y Valentina se siente capaz de apropiárselo todo. Su regla de conducta es dejarse ir, sin miedo, va al encuentro del primer llamado, no se cuestiona, no duda, no puede plantearse en ningún momento que en su enmarañado trajinar puede haber cierta vez alguna fatídica trampa. Se va a Barcelona rendida por un argumento certero:

“—Llevas más de un año en España y no te has movido de Madrid. ¿No querías conocer Europa?”

Se trata entonces apenas de un fin de semana, pero luego se cambia a vivir  a la capital catalana y hace todo lo posible por seguir allí sus estudios. En Madrid, Valentina había podido vivir y sobrevivir, había conseguido trabajos relativamente cómodos y adaptados a sus estudios y además los había obtenido con relativa facilidad, ayudada tal vez por su encanto y su belleza.

Una vez instalada en Barcelona el torbellino de su vida la arrastra fatídicamente a embrollarse y maniatarse hasta caer en la temida trampa. No voy a contar el fin de la novela, no es porque el desenlace sea detectivesco, sino que siempre es mejor descubrirlo con sus propios ojos, guiados en esto por el escritor.

Hay que celebrar la opción de Patricia C. Beltrán; pudo escoger folclorizar el lenguaje multiplicando o adoptando artificialmente el modo de hablar de los salvadoreños, pero eligió su versión, su propio lenguaje. Es cierto que por allí va salpicando con algunas palabras y giros salvadoreños como para recordarle al lector que su personaje es una muchacha salvadoreña. El relato es en primera persona, lo que no permite grandes acotaciones, sino al contrario ir siempre al grano, a veces de manera abrupta, remedando en esto el mismo carácter irreflexivo de la protagonista.

Se me acumulan ahora muchos adjetivos para definir el estilo de Patricia C. Beltrán, pero ninguno me da entera satisfacción, porque a veces es vertiginoso, imponiendo un ritmo a la acción, al mismo tiempo que se detiene igualmente en los detalles, busca a veces con cierta minucia el verbo, el adjetivo que mejor se acomode al momento de la historia. Podría también decir que su estilo es despejado, sencillo y sin adornos, lo que le da al todo una agilidad que se presta al natural amontonamiento de las aventuras de Valentina. Esta sencillez estilística es depurada, pues cuando es menester recurrir al adorno lo hace sin olvidar la parquedad. Logra con esto que el lector también caiga atrapado por la historia, uno queda subyugado, curioso, desea permanecer con Valentina hasta el final. La lectura se va deslizando sin estorbos, sin necesidad de volver atrás, ni mucho menos saltarse hacia adelante, cada momento de la narración está donde debe estar y aunque a veces uno desea entrar y decirle a Valentina, por favor, niña, recapacita, dale tiempo a tus atribuladas aventuras. Esto es prueba de que uno ha caído también en la “trampa”, uno se siente parte, uno no puede dejar sola a Valentina. Uno se da cuenta también que el mundo tal cual está hecho, está malhecho para ingenuas muchachas que quieren conocerlo sin presentimientos, sin angustias, con la candidez de la primera mirada.

Espero que esta novela española se vuelva a través de sus futuros lectores en salvadoreña, espero pues que les haya dado ganas de conocer a Valentina.

“El fiel reflejo de la nada” de Patricia C. Beltrán, Ediciones Cardeñoso, Vigo 2016.

martes, 17 de mayo de 2016

"Lo que se quiere decir"



“Lo que se quiere decir” es un concepto particular de la Lingüística, pues se hace siempre referencia sin determinar claramente su estatuto entre el resto de ellos. “Lo que se quiere decir” precede al habla y por consiguiente podemos considerar su modo de existir como una virtualidad y además amorfo desde el punto de vista lingüístico. Se trata pues de una potencialidad, de una intensión, de un estado de consciencia, pero todas estas características lo ponen afuera del lenguaje y no obstante sin su existencia previa es imposible poner en movimiento todo el sistema lingüístico: “lo que se quiere decir” cobra forma y sentido una vez que el locutor ha escogido dentro de las virtualidades lingüísticas lo que mejor se acomoda a su deseo. 

Este proceso de puesta en correlación de “lo que se quiere decir” y las formas lingüísticas puede tener momentos  reflexivos y momentos inconscientes, automáticos. En ambos momentos, reflexivos y automáticos,  tienen lugar en los diferentes niveles del sistema lingüístico: el fonológico, morfológico, sintáctico y semántico. Es evidente que el momento más automático e inconsciente es el que funciona (por decirlo así) en el nivel fonológico y el más reflexivo en el nivel semántico. La capacidad lingüística permite que los niveles morfológico y sintáctico sean más o menos (mayor o menormente) automáticos.

El enunciado se debe considerar como el producto de la puesta en forma de “lo que se quiere decir”. De alguna manera el contenido del enunciado es justamente “lo que quiere decir” el emisor y lo que busca precisamente entender el receptor. Además hay que considerar que este concepto justifica "el punto de vista” a partir del cual se considera el lenguaje, como un instrumento de comunicación o por lo menos su función primordial. Y esto también nos indica que “el punto de vista” no es una actitud subjetiva, arbitraria, antojadiza, sino que se desprende del uso que se le da al lenguaje como medio para hacer efectiva la voluntad del hablante, la de comunicar “lo que quiere decir”. El punto de vista a partir del cual se analiza y se estudia el lenguaje es su función propia, interna, la que le corresponde en propio. 

Como acabamos de decirlo “lo que se quiere decir” tiene un modo de existir particular, es decir antes de existir como enunciado es potencial y amorfo, es una simple intención, un estado de consciencia. Sólo al entrar en el ámbito del lenguaje, su existencia real, su devenir le confiere además de una forma determinada y un contenido también determinado, y al ser enunciado entra en el habla y aquí recibe una existencia concreta, aunque efímera. Este concepto central es el que sostiene la función del lenguaje. Todo el funcionamiento del lenguaje está destinado a darle forma y contenido precisamente a “lo que se quieren decir” los hablantes de una lengua dada. Esto significa recurrir a la gramática y por supuesto a la semántica. Al considerar el lenguaje tomando en cuenta su función comunicativa, que consiste en la puesta en forma y darle contenido al enunciado, podemos concluir los aspectos unitarios de la lengua y el habla. Las formas generales cobran concreción en el enunciado.  

martes, 22 de marzo de 2016

Fonema, signo, comentarios



Toda determinación es negación (Benito Espinoza)



Voy a considerar al signo en tanto que la unidad básica, como la unidad indivisible que conserva lo esencial de las propiedades del objeto global, el lenguaje. No es necesario insistir que adhiero a la “bipartición” saussureana del signo lingüístico.
[Comentario: cuando escribí esto, ya hace muchos años, tenía en mente iniciar este escrito no por una proposición sobre el signo lingüístico, sino que por el fonema, que sí es la unidad más pequeña del lenguaje y que contiene en sí todo el desarrollo del estudio del lenguaje. Creo que hubiera sido mejor mantener la idea inicial. En realidad el párrafo que sigue me explica ahora las razones: deseaba insistir la inseparabilidad del significante y el significado, que desde los años cincuenta se empezaron a separar en la literatura en general y en artículos de los semióticos e incluso de algunos lingüistas.]
Dicho de otro modo, que al signo lo configuran dos entidades distintas: el significante y el significado. No obstante ninguna de estas dos entidades puede considerarse como independiente y autónoma, tampoco tomadas por separado pueden brindarnos ayuda para aclarar la verdadera función del signo, ni elucidar cuál es el verdadero funcionamiento del lenguaje. Respecto a esto es necesario ir aún más lejos: incluso mi formulación de que el signo “está compuesto de dos entidades distintas” me parece errónea, el término mismo “bipartición” es necesario reemplazarlo —como ya lo han hecho muchos— por bifacial. En realidad el signo lingüístico es un todo integral, el significante y el significado no resultan de su posible o virtual existencia afuera del signo, sino del ángulo del cual se les observa. Esto último no significa que el significante y el significado sean simples abstracciones, sin existencia real, meros productos de la investigación.
[Comentario: la corrección que señalo en este párrafo es incompleta, aunque no errónea. Lo que sucede con el signo, ocurre antes con el fonema. Es decir que tanto el fonema como el signo son unidades de dos momentos distintos, uno físico y el otro mental. Más adelante indico con mayor detalle lo que sucede en el fonema. Además en la parte final del párrafo anterior dejo suponer que lo preponderante es el “punto de vista” o “ángulo”, en realidad el punto de vista de toda investigación lingüística tiene que coincidir con su objeto y con la función que éste cumple en la sociedad.] 
Creo estar al unísono con muchos si afirmo que el signo es una relación humana, aunque en realidad sea un paquete de relaciones. El signo se sitúa en el centro de la instancia enunciativa. Esta comprende a los hablantes, al contenido de lo que se dice y el medio de comunicación utilizado.

En el centro, jugando un papel fundamental, se encuentra la manifestación material de la actividad articulatoria. No es para complicar la nota que nombro de esta manera a los sonidos (vibraciones sonoras). Más adelante se verá el papel que juegan las actividades articulatoria y auditiva.

Los diferentes sonidos de los hombres en tanto que tales son el producto de la actividad articulatoria de individuos diferentes, son el resultado de articulaciones diferenciadas por su carácter individual: la voz es una de las características más personales de los hombres. En las características de la voz interfieren el grosor muscular de las cuerdas bucales, de la garganta, el grandor de las diferentes cavidades de resonancia, etc.

La voz en tanto que sonido, mientras no ha recibido una determinación formal, es completamente indiferente (ajena) al lenguaje.

Román Jacobson nos dice en “Lenguaje infantil y afasia” (pág. 31-32) que: “Un niño es capaz de articular en su balbuceo una suma de sonidos que nunca se encuentran reunidos a la vez en una sola lengua: consonantes con puntos de articulación variadísimos, palatales, redondeadas, silbantes africadas, clics, vocales complejas, diptongos, etc. Según observadores con formación fonética, y como lo resume perfectamente Gregoire (...), el niño es, en la cumbre de su período de balbuceo, “capaz de producir todos los sonidos imaginables”. Pero todos son indiferentes, ajenos al lenguaje, pues aún no están dotados de una determinación formal.

Esta determinación es una relación particular entre los participantes del acto comunicativo que se manifiesta en los fonemas. Y lo que va a contar para los hablantes, como para la lingüística, ya no es el sonido en tanto que fenómeno físico natural, sino en tanto que determinación formal.

El sonido entra en el ámbito lingüístico cuando ha recibido una determinación formal, constituyendo entonces la base material a través de la cual se manifiesta de manera inmediata una relación lingüística determinada: el fonema (más ampliamente el significante). Esta determinación es la capacidad que tienen los fonemas para cada miembro de una comunidad lingüística, de darle consistencia sonora a las formas lingüísticas y de diferenciarlas entre sí.

[Comentario: Arriba he dicho que en “el centro, jugando un papel fundamental, se encuentra la manifestación material de la actividad articulatoria”. Pero igualmente central es la actividad mental que reconoce ciertos rasgos particulares del sonido en cuestión, del producto de la actividad articularia. Sin este reconocimiento el sonido no llega a ser fonema. Ambas actividades, la articularia y la mental, se determinan mutuamente, son los dos momentos que constituyen la unidad, el fonema. El reconocer es una actividad imprescindible, es ella la que vuelve al sonido, uniéndose a él, en fonema. La forma está en el sonido, pero adquiere sentido a través del reconocimiento que operan los hablantes, este reconocimiento se efectúa en la emisión, como en la audición del sonido. El reconocimiento es el que determina, como perteneciente al lenguaje,  al sonido y lo vuelve forma lingüística. Advierto que los fonemas, en el nivel fonológico aún no son significante, se vuelven significante en el nivel superior, cuando entran en actividad, a cumplir con su función de darle configuración sonora y a distinguirlas a las unidades del nivel superior. En el nivel fonológico son apenas eso, fonemas con rasgos particulares que son reconocidos como tales por la actividad mental de los hablantes.] 

Los fonemas son las unidades indivisibles de la lengua que sirven para formar signos y para distinguir sus aspectos sonoros. Tomemos el caso de la palabra ‘paso’ que está compuesta por cuatro fonemas /p/, /a/, /s/ y /o/, diferenciándose de ‘pasito’ (que tiene dos fonemas más). Cada uno de los fonemas cumple una función distintiva en la lengua, cada fonema se opone a las otras unidades sonoras de la lengua presentes en otros signos. Los aspectos sonoros de las formas verbales se distinguirán mutuamente en que en uno encontraremos una unidad sonora (fonema) y en el otro, otra, opuesta a la primera: ‘paso’ /p/ /aso/, ‘vaso’ /b/ /aso/, ‘caso’ /k/ /aso/, etc. Al efectuar esta operación, de intercambiar los sonidos y al constatar que existe un cambio de sentido, podemos afirmar que estamos ante un fonema.

El significante es el sonido ya no en su totalidad, en su modo de existencia inmediata, particular y natural, individualizada, sino el sonido vuelto forma, el sonido que se ha vuelto la materia propia del lenguaje.

En tanto que fonemas, los sonidos son el producto de una fonación indiferenciada, es decir una articulación en la que desaparecen todas las características individuales de los hablantes. La articulación que emite fonemas es una articulación general (abstracta). Aquí de algún modo nos referimos a una afirmación de F. De Saussure en su “Curso” (pág. 26): “La cuestión del aparato bucal es pues secundario en el problema del lenguaje”. Observemos, de pasada, que secundario no significa sin importancia.

Me refiero, además de la infinita multiplicidad de aparatos bucales diferentes entre sí y por ende a la misma multiplicidad de articulaciones concretas, también a la posibilidad (actual) de producir y reproducir fonemas afuera de la fisionomía humana: todo tipo artificial de reproducción e imitación de la voz humana (discos de toda clase, bandas magnéticas, vibraciones sonoras obtenidas eléctricamente, etc.).

La determinación formal que constituye el fonema vuelve iguales a todas las voces, in-diferenciándolas, confiriéndoles un carácter social. Me refiero al hecho de que poco importa si es una mujer o un hombre quien habla, o un niño, un anciano o un joven, un barítono, un tenor, una soprano, un hombre rico o pobre, sabio o ignorante, hable en voz alta o en susurros, etc. Lo que importa son los rasgos diacríticos de los fonemas. Es la presencia de estos rasgos, reconocidos como tales por los hablantes, que vuelve al producto de la fonación en un fonema.

[Comentario: estos rasgos deben ser reconocidos como propios de un fonema por los hablantes. Es decir que no basta pues emitir un sonido, sino que tiene que ser reconocido por el oyente como teniendo cierta calidad, cierta identidad. Esto significa que el fonema tiene también una disposición, un límite que de suyo lo opone a otros.]

En lo que concierne a los participantes del acto de comunicación, de manera personal, todas las características arriba enumeradas pueden tener suma importancia e interferir fuertemente en todos los aspectos concretos del acto de comunicación.

La fonación que emite fonemas debe de cumplir con otro requisito. La fonación tiene que ser parte de un acto de comunicación en una lengua determinada. En efecto no basta con que un sonido tenga tal o cual configuración, tales o cuales rasgos, además tiene que pertenecer a un sistema determinado. F. de Saussure expresa esto de manera un tanto paradójica: “Chaque idiome compose ses mots sur la base d’un système d’éléments sonores dont chacun forme une unité nettement délimitée et dont le nombre est parfaitement déterminé. Or ce qui les caractérise, ce n’est pas, comme on pourrait le croire, leur qualité propre et positive, mais simplement le fait qu’ils ne se confondent pas entre eux. Le phonèmes sont avant tout des entités oppositives, relatives et négatives» (CGL, p. 164). (« Cada idioma compone sus palabras sobre la base de un sistema de elementos sonoros, cada uno de los cuales forma una unidad netamente delimitada, y cuyo número está perfectamente determinado. Ahora bien, lo que les caracteriza no es, como podría pensarse, su cualidad propia y positiva, sino simplemente el hecho de que no se confunden entre sí. Los fonemas son, ante todo, entidades opositivas, relativas y negativas”, CGL, Akal Editor, Madrid, 1980, traducción de Mauro Armiño).

[Comentario: La forma paradójica de Saussure reside en que se va por la unilateralidad, pues para que exista y funcionen las diferencias y exista la posibilidad de las oposiciones no se puede dejar de lado la identidad propia de cada fonema. Es en sí que cada fonema contiene al otro, en su determinidad.]

Para poder cumplir con su función de darle a cada forma verbal su propia configuración y diferenciarla de las otras, los fonemas deben tener su propia configuración, sus propiedades y a partir de ello ser distintos, diferenciarse entre sí. La función distintiva de los fonemas reposa en su carácter determinado. Cada fonema se determina oponiéndose a todos y cada uno del resto de fonemas de una lengua dada. Sin embargo al mismo tiempo para que el sistema funcione necesariamente las oposiciones tienen que ser constantes y esta constancia (permanencia) reposa en las propiedades intrínsecas de cada fonema, en su propia identidad.

Al incluir obligatoriamente la fonación en el acto de comunicación, además de señalar su diferencia entre sí, deseo indicar también que la audición oye fonemas, que los percibe en la infinita diversidad de las voces humanas. El fonema es una fonación determinada que produce un sonido con rasgos distintivos propios que se opone a otros y que es percibido (reconocido) como tal por la audición. Se trata de un saber complejo, dual, un saber de emisión y audición.

Por consiguiente el significante es materia lingüísticamente configurada, es materia y forma o forma y materia. Algunos insisten en que el fonema no es materia (substancia), en que es forma pura o mera forma. Como se puede concluir por lo que he expuesto, para mí (no solamente para mí, hay eminentes lingüistas que no excluyen la materia de la lengua) el fonema es materia configurada, es materia que se ha vuelto forma. Dicho de otra manera: el fonema es sonido (materia) que tiene una forma determinada. Lo he dicho arriba y en esto sigo a la doctrina actual del signo lingüístico, para los hablantes lo que cuenta no es la totalidad del sonido, sino aquellos rasgos que lo vuelven una relación lingüística, rasgos relevantes no desde el punto de vista fonético, sino desde su capacidad para diferenciar los signos entre sí y como partes constitutivas y constituyentes del signo.


 
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