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miércoles, 25 de mayo de 2016

La vida es una trampa que urdimos nosotros mismos



Carlos Abrego


En España acaba de salir a luz una novela que cuenta las aventuras y tribulaciones de una muchacha salvadoreña, una cipota soñadora e inquieta que se va a Europa esperando encontrar el maravilloso mundo de Alicia. La novela tiene un hermoso título, “El fiel reflejo de la nada” y su autora es Patricia C. Beltrán que nos entrega aquí su primera novela. La obra recoge la historia real de una compatriota, pero el relato no es la mera transcripción de una experiencia, ni una crónica periodística, se trata realmente de una novela.

Desde el encuentro en el Flor Blanca con un guitarrista de Alejandro Sanz su vida va a cambiar, la ponzoña aventurera se va a despertar en Valentina y su deseo de descubrir el viejo mundo europeo se va a apoderar de ella. Su vida de estudiante de derecho, su acobijada vida familiar se le vuelven estrechas, necesita desplegar sus alas, la semilla de trotamundos que muchos llevamos adentro germinó brotes que crecieron exuberantes en la inconsciente cabeza de Valentina. De un arranque y sirviéndose de su capacidad de doblegar la voluntad de su padre consigue viajar a Madrid. Claro que no va a la simple aventura, se ha inscrito en la universidad de Alcalá de Henares y desde entonces le van sucediendo insospechadas sorpresas. Pero las va salvando cada una con suerte, con cierta candidez. El mundo se le ha anchado y Valentina se siente capaz de apropiárselo todo. Su regla de conducta es dejarse ir, sin miedo, va al encuentro del primer llamado, no se cuestiona, no duda, no puede plantearse en ningún momento que en su enmarañado trajinar puede haber cierta vez alguna fatídica trampa. Se va a Barcelona rendida por un argumento certero:

“—Llevas más de un año en España y no te has movido de Madrid. ¿No querías conocer Europa?”

Se trata entonces apenas de un fin de semana, pero luego se cambia a vivir  a la capital catalana y hace todo lo posible por seguir allí sus estudios. En Madrid, Valentina había podido vivir y sobrevivir, había conseguido trabajos relativamente cómodos y adaptados a sus estudios y además los había obtenido con relativa facilidad, ayudada tal vez por su encanto y su belleza.

Una vez instalada en Barcelona el torbellino de su vida la arrastra fatídicamente a embrollarse y maniatarse hasta caer en la temida trampa. No voy a contar el fin de la novela, no es porque el desenlace sea detectivesco, sino que siempre es mejor descubrirlo con sus propios ojos, guiados en esto por el escritor.

Hay que celebrar la opción de Patricia C. Beltrán; pudo escoger folclorizar el lenguaje multiplicando o adoptando artificialmente el modo de hablar de los salvadoreños, pero eligió su versión, su propio lenguaje. Es cierto que por allí va salpicando con algunas palabras y giros salvadoreños como para recordarle al lector que su personaje es una muchacha salvadoreña. El relato es en primera persona, lo que no permite grandes acotaciones, sino al contrario ir siempre al grano, a veces de manera abrupta, remedando en esto el mismo carácter irreflexivo de la protagonista.

Se me acumulan ahora muchos adjetivos para definir el estilo de Patricia C. Beltrán, pero ninguno me da entera satisfacción, porque a veces es vertiginoso, imponiendo un ritmo a la acción, al mismo tiempo que se detiene igualmente en los detalles, busca a veces con cierta minucia el verbo, el adjetivo que mejor se acomode al momento de la historia. Podría también decir que su estilo es despejado, sencillo y sin adornos, lo que le da al todo una agilidad que se presta al natural amontonamiento de las aventuras de Valentina. Esta sencillez estilística es depurada, pues cuando es menester recurrir al adorno lo hace sin olvidar la parquedad. Logra con esto que el lector también caiga atrapado por la historia, uno queda subyugado, curioso, desea permanecer con Valentina hasta el final. La lectura se va deslizando sin estorbos, sin necesidad de volver atrás, ni mucho menos saltarse hacia adelante, cada momento de la narración está donde debe estar y aunque a veces uno desea entrar y decirle a Valentina, por favor, niña, recapacita, dale tiempo a tus atribuladas aventuras. Esto es prueba de que uno ha caído también en la “trampa”, uno se siente parte, uno no puede dejar sola a Valentina. Uno se da cuenta también que el mundo tal cual está hecho, está malhecho para ingenuas muchachas que quieren conocerlo sin presentimientos, sin angustias, con la candidez de la primera mirada.

Espero que esta novela española se vuelva a través de sus futuros lectores en salvadoreña, espero pues que les haya dado ganas de conocer a Valentina.

“El fiel reflejo de la nada” de Patricia C. Beltrán, Ediciones Cardeñoso, Vigo 2016.

martes, 17 de mayo de 2016

"Lo que se quiere decir"



“Lo que se quiere decir” es un concepto particular de la Lingüística, pues se hace siempre referencia sin determinar claramente su estatuto entre el resto de ellos. “Lo que se quiere decir” precede al habla y por consiguiente podemos considerar su modo de existir como una virtualidad y además amorfo desde el punto de vista lingüístico. Se trata pues de una potencialidad, de una intensión, de un estado de consciencia, pero todas estas características lo ponen afuera del lenguaje y no obstante sin su existencia previa es imposible poner en movimiento todo el sistema lingüístico: “lo que se quiere decir” cobra forma y sentido una vez que el locutor ha escogido dentro de las virtualidades lingüísticas lo que mejor se acomoda a su deseo. 

Este proceso de puesta en correlación de “lo que se quiere decir” y las formas lingüísticas puede tener momentos  reflexivos y momentos inconscientes, automáticos. En ambos momentos, reflexivos y automáticos,  tienen lugar en los diferentes niveles del sistema lingüístico: el fonológico, morfológico, sintáctico y semántico. Es evidente que el momento más automático e inconsciente es el que funciona (por decirlo así) en el nivel fonológico y el más reflexivo en el nivel semántico. La capacidad lingüística permite que los niveles morfológico y sintáctico sean más o menos (mayor o menormente) automáticos.

El enunciado se debe considerar como el producto de la puesta en forma de “lo que se quiere decir”. De alguna manera el contenido del enunciado es justamente “lo que quiere decir” el emisor y lo que busca precisamente entender el receptor. Además hay que considerar que este concepto justifica "el punto de vista” a partir del cual se considera el lenguaje, como un instrumento de comunicación o por lo menos su función primordial. Y esto también nos indica que “el punto de vista” no es una actitud subjetiva, arbitraria, antojadiza, sino que se desprende del uso que se le da al lenguaje como medio para hacer efectiva la voluntad del hablante, la de comunicar “lo que quiere decir”. El punto de vista a partir del cual se analiza y se estudia el lenguaje es su función propia, interna, la que le corresponde en propio. 

Como acabamos de decirlo “lo que se quiere decir” tiene un modo de existir particular, es decir antes de existir como enunciado es potencial y amorfo, es una simple intención, un estado de consciencia. Sólo al entrar en el ámbito del lenguaje, su existencia real, su devenir le confiere además de una forma determinada y un contenido también determinado, y al ser enunciado entra en el habla y aquí recibe una existencia concreta, aunque efímera. Este concepto central es el que sostiene la función del lenguaje. Todo el funcionamiento del lenguaje está destinado a darle forma y contenido precisamente a “lo que se quieren decir” los hablantes de una lengua dada. Esto significa recurrir a la gramática y por supuesto a la semántica. Al considerar el lenguaje tomando en cuenta su función comunicativa, que consiste en la puesta en forma y darle contenido al enunciado, podemos concluir los aspectos unitarios de la lengua y el habla. Las formas generales cobran concreción en el enunciado.  

martes, 22 de marzo de 2016

Fonema, signo, comentarios



Toda determinación es negación (Benito Espinoza)



Voy a considerar al signo en tanto que la unidad básica, como la unidad indivisible que conserva lo esencial de las propiedades del objeto global, el lenguaje. No es necesario insistir que adhiero a la “bipartición” saussureana del signo lingüístico.
[Comentario: cuando escribí esto, ya hace muchos años, tenía en mente iniciar este escrito no por una proposición sobre el signo lingüístico, sino que por el fonema, que sí es la unidad más pequeña del lenguaje y que contiene en sí todo el desarrollo del estudio del lenguaje. Creo que hubiera sido mejor mantener la idea inicial. En realidad el párrafo que sigue me explica ahora las razones: deseaba insistir la inseparabilidad del significante y el significado, que desde los años cincuenta se empezaron a separar en la literatura en general y en artículos de los semióticos e incluso de algunos lingüistas.]
Dicho de otro modo, que al signo lo configuran dos entidades distintas: el significante y el significado. No obstante ninguna de estas dos entidades puede considerarse como independiente y autónoma, tampoco tomadas por separado pueden brindarnos ayuda para aclarar la verdadera función del signo, ni elucidar cuál es el verdadero funcionamiento del lenguaje. Respecto a esto es necesario ir aún más lejos: incluso mi formulación de que el signo “está compuesto de dos entidades distintas” me parece errónea, el término mismo “bipartición” es necesario reemplazarlo —como ya lo han hecho muchos— por bifacial. En realidad el signo lingüístico es un todo integral, el significante y el significado no resultan de su posible o virtual existencia afuera del signo, sino del ángulo del cual se les observa. Esto último no significa que el significante y el significado sean simples abstracciones, sin existencia real, meros productos de la investigación.
[Comentario: la corrección que señalo en este párrafo es incompleta, aunque no errónea. Lo que sucede con el signo, ocurre antes con el fonema. Es decir que tanto el fonema como el signo son unidades de dos momentos distintos, uno físico y el otro mental. Más adelante indico con mayor detalle lo que sucede en el fonema. Además en la parte final del párrafo anterior dejo suponer que lo preponderante es el “punto de vista” o “ángulo”, en realidad el punto de vista de toda investigación lingüística tiene que coincidir con su objeto y con la función que éste cumple en la sociedad.] 
Creo estar al unísono con muchos si afirmo que el signo es una relación humana, aunque en realidad sea un paquete de relaciones. El signo se sitúa en el centro de la instancia enunciativa. Esta comprende a los hablantes, al contenido de lo que se dice y el medio de comunicación utilizado.

En el centro, jugando un papel fundamental, se encuentra la manifestación material de la actividad articulatoria. No es para complicar la nota que nombro de esta manera a los sonidos (vibraciones sonoras). Más adelante se verá el papel que juegan las actividades articulatoria y auditiva.

Los diferentes sonidos de los hombres en tanto que tales son el producto de la actividad articulatoria de individuos diferentes, son el resultado de articulaciones diferenciadas por su carácter individual: la voz es una de las características más personales de los hombres. En las características de la voz interfieren el grosor muscular de las cuerdas bucales, de la garganta, el grandor de las diferentes cavidades de resonancia, etc.

La voz en tanto que sonido, mientras no ha recibido una determinación formal, es completamente indiferente (ajena) al lenguaje.

Román Jacobson nos dice en “Lenguaje infantil y afasia” (pág. 31-32) que: “Un niño es capaz de articular en su balbuceo una suma de sonidos que nunca se encuentran reunidos a la vez en una sola lengua: consonantes con puntos de articulación variadísimos, palatales, redondeadas, silbantes africadas, clics, vocales complejas, diptongos, etc. Según observadores con formación fonética, y como lo resume perfectamente Gregoire (...), el niño es, en la cumbre de su período de balbuceo, “capaz de producir todos los sonidos imaginables”. Pero todos son indiferentes, ajenos al lenguaje, pues aún no están dotados de una determinación formal.

Esta determinación es una relación particular entre los participantes del acto comunicativo que se manifiesta en los fonemas. Y lo que va a contar para los hablantes, como para la lingüística, ya no es el sonido en tanto que fenómeno físico natural, sino en tanto que determinación formal.

El sonido entra en el ámbito lingüístico cuando ha recibido una determinación formal, constituyendo entonces la base material a través de la cual se manifiesta de manera inmediata una relación lingüística determinada: el fonema (más ampliamente el significante). Esta determinación es la capacidad que tienen los fonemas para cada miembro de una comunidad lingüística, de darle consistencia sonora a las formas lingüísticas y de diferenciarlas entre sí.

[Comentario: Arriba he dicho que en “el centro, jugando un papel fundamental, se encuentra la manifestación material de la actividad articulatoria”. Pero igualmente central es la actividad mental que reconoce ciertos rasgos particulares del sonido en cuestión, del producto de la actividad articularia. Sin este reconocimiento el sonido no llega a ser fonema. Ambas actividades, la articularia y la mental, se determinan mutuamente, son los dos momentos que constituyen la unidad, el fonema. El reconocer es una actividad imprescindible, es ella la que vuelve al sonido, uniéndose a él, en fonema. La forma está en el sonido, pero adquiere sentido a través del reconocimiento que operan los hablantes, este reconocimiento se efectúa en la emisión, como en la audición del sonido. El reconocimiento es el que determina, como perteneciente al lenguaje,  al sonido y lo vuelve forma lingüística. Advierto que los fonemas, en el nivel fonológico aún no son significante, se vuelven significante en el nivel superior, cuando entran en actividad, a cumplir con su función de darle configuración sonora y a distinguirlas a las unidades del nivel superior. En el nivel fonológico son apenas eso, fonemas con rasgos particulares que son reconocidos como tales por la actividad mental de los hablantes.] 

Los fonemas son las unidades indivisibles de la lengua que sirven para formar signos y para distinguir sus aspectos sonoros. Tomemos el caso de la palabra ‘paso’ que está compuesta por cuatro fonemas /p/, /a/, /s/ y /o/, diferenciándose de ‘pasito’ (que tiene dos fonemas más). Cada uno de los fonemas cumple una función distintiva en la lengua, cada fonema se opone a las otras unidades sonoras de la lengua presentes en otros signos. Los aspectos sonoros de las formas verbales se distinguirán mutuamente en que en uno encontraremos una unidad sonora (fonema) y en el otro, otra, opuesta a la primera: ‘paso’ /p/ /aso/, ‘vaso’ /b/ /aso/, ‘caso’ /k/ /aso/, etc. Al efectuar esta operación, de intercambiar los sonidos y al constatar que existe un cambio de sentido, podemos afirmar que estamos ante un fonema.

El significante es el sonido ya no en su totalidad, en su modo de existencia inmediata, particular y natural, individualizada, sino el sonido vuelto forma, el sonido que se ha vuelto la materia propia del lenguaje.

En tanto que fonemas, los sonidos son el producto de una fonación indiferenciada, es decir una articulación en la que desaparecen todas las características individuales de los hablantes. La articulación que emite fonemas es una articulación general (abstracta). Aquí de algún modo nos referimos a una afirmación de F. De Saussure en su “Curso” (pág. 26): “La cuestión del aparato bucal es pues secundario en el problema del lenguaje”. Observemos, de pasada, que secundario no significa sin importancia.

Me refiero, además de la infinita multiplicidad de aparatos bucales diferentes entre sí y por ende a la misma multiplicidad de articulaciones concretas, también a la posibilidad (actual) de producir y reproducir fonemas afuera de la fisionomía humana: todo tipo artificial de reproducción e imitación de la voz humana (discos de toda clase, bandas magnéticas, vibraciones sonoras obtenidas eléctricamente, etc.).

La determinación formal que constituye el fonema vuelve iguales a todas las voces, in-diferenciándolas, confiriéndoles un carácter social. Me refiero al hecho de que poco importa si es una mujer o un hombre quien habla, o un niño, un anciano o un joven, un barítono, un tenor, una soprano, un hombre rico o pobre, sabio o ignorante, hable en voz alta o en susurros, etc. Lo que importa son los rasgos diacríticos de los fonemas. Es la presencia de estos rasgos, reconocidos como tales por los hablantes, que vuelve al producto de la fonación en un fonema.

[Comentario: estos rasgos deben ser reconocidos como propios de un fonema por los hablantes. Es decir que no basta pues emitir un sonido, sino que tiene que ser reconocido por el oyente como teniendo cierta calidad, cierta identidad. Esto significa que el fonema tiene también una disposición, un límite que de suyo lo opone a otros.]

En lo que concierne a los participantes del acto de comunicación, de manera personal, todas las características arriba enumeradas pueden tener suma importancia e interferir fuertemente en todos los aspectos concretos del acto de comunicación.

La fonación que emite fonemas debe de cumplir con otro requisito. La fonación tiene que ser parte de un acto de comunicación en una lengua determinada. En efecto no basta con que un sonido tenga tal o cual configuración, tales o cuales rasgos, además tiene que pertenecer a un sistema determinado. F. de Saussure expresa esto de manera un tanto paradójica: “Chaque idiome compose ses mots sur la base d’un système d’éléments sonores dont chacun forme une unité nettement délimitée et dont le nombre est parfaitement déterminé. Or ce qui les caractérise, ce n’est pas, comme on pourrait le croire, leur qualité propre et positive, mais simplement le fait qu’ils ne se confondent pas entre eux. Le phonèmes sont avant tout des entités oppositives, relatives et négatives» (CGL, p. 164). (« Cada idioma compone sus palabras sobre la base de un sistema de elementos sonoros, cada uno de los cuales forma una unidad netamente delimitada, y cuyo número está perfectamente determinado. Ahora bien, lo que les caracteriza no es, como podría pensarse, su cualidad propia y positiva, sino simplemente el hecho de que no se confunden entre sí. Los fonemas son, ante todo, entidades opositivas, relativas y negativas”, CGL, Akal Editor, Madrid, 1980, traducción de Mauro Armiño).

[Comentario: La forma paradójica de Saussure reside en que se va por la unilateralidad, pues para que exista y funcionen las diferencias y exista la posibilidad de las oposiciones no se puede dejar de lado la identidad propia de cada fonema. Es en sí que cada fonema contiene al otro, en su determinidad.]

Para poder cumplir con su función de darle a cada forma verbal su propia configuración y diferenciarla de las otras, los fonemas deben tener su propia configuración, sus propiedades y a partir de ello ser distintos, diferenciarse entre sí. La función distintiva de los fonemas reposa en su carácter determinado. Cada fonema se determina oponiéndose a todos y cada uno del resto de fonemas de una lengua dada. Sin embargo al mismo tiempo para que el sistema funcione necesariamente las oposiciones tienen que ser constantes y esta constancia (permanencia) reposa en las propiedades intrínsecas de cada fonema, en su propia identidad.

Al incluir obligatoriamente la fonación en el acto de comunicación, además de señalar su diferencia entre sí, deseo indicar también que la audición oye fonemas, que los percibe en la infinita diversidad de las voces humanas. El fonema es una fonación determinada que produce un sonido con rasgos distintivos propios que se opone a otros y que es percibido (reconocido) como tal por la audición. Se trata de un saber complejo, dual, un saber de emisión y audición.

Por consiguiente el significante es materia lingüísticamente configurada, es materia y forma o forma y materia. Algunos insisten en que el fonema no es materia (substancia), en que es forma pura o mera forma. Como se puede concluir por lo que he expuesto, para mí (no solamente para mí, hay eminentes lingüistas que no excluyen la materia de la lengua) el fonema es materia configurada, es materia que se ha vuelto forma. Dicho de otra manera: el fonema es sonido (materia) que tiene una forma determinada. Lo he dicho arriba y en esto sigo a la doctrina actual del signo lingüístico, para los hablantes lo que cuenta no es la totalidad del sonido, sino aquellos rasgos que lo vuelven una relación lingüística, rasgos relevantes no desde el punto de vista fonético, sino desde su capacidad para diferenciar los signos entre sí y como partes constitutivas y constituyentes del signo.


miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un paseo para comenzar


Les propongo una excursión discursiva a través del íncipit de Ce "a vés a penas del incipit ien años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El paseo que les propongo, no tiene un itinerario predeterminado, irá por los vericuetos que se vayan presentando por el camino. En este inicio es normal que me refiera a esa palabrita poco usual  íncipit y que ni siquiera figuraba en los diccionarios de María Moliner y de Julio Casares. Es posible que ya haya entrado en las últimas ediciones, pero lo que nos interesa aquí es su significación y no su historia lexicográfica, se trata de la primera oración que abre una novela, un cuento, una narración y que es usada por los filólogos para designar lo mismo de los manuscritos antiguos.

Siempre tuve una pasión particular por estos comienzos. Incluso tuve un fichero en el que iba anotando los que más me gustaban. Este íncipit de García Márquez es uno de ellos. Me he imaginado al colombiano desechando con enfado aquellos inicios que no contenían lo que se proponía narrar. Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue que la estructura de la oración impone una entonación narrativa, no se puede leer de otra manera, la sintaxis impone su melodía, pero no se trata de un simple tono, sino que de uno en particular y es el que debe tomarse cuando un patriarca se sienta rodeado de todos los miembros de la familia para narrar la epopeya que fundó su estirpe.

Esto que acabo de escribir puede resultar curioso, no obstante cuando hayamos llegado al final y nos propongamos el retorno, pienso, sonará entonces como una evidencia.

No hace mucho releyendo unas notas de Saussure se revivió en mí una vieja preocupación, un viejo tema de mis estudios: todo lo que rodea la instancia enunciativa. De tanto escudriñar el tema llegué al borde de cruciales problemas filosóficos, que dejaré aquí apenas sugeridos, me refiero al modo de ser del lenguaje. Reflexionando sobre el tema, allá por los primeros años de los setenta del siglo pasado, llegué a incluir en esta instancia enunciativa, cuando se trata de una ficción, la forma-libro. Esta forma es histórica, no siempre hubo libros, ahora las ficciones cobran formas materiales muy distintas, discos y procedimientos electrónicos. Esto implica que el enunciado, la novela en nuestro caso, ha sido emitido ya hace algunos cuantos años, no obstante su actualización necesita una actividad determinada del receptor, por ejemplo abrir el libro, meter el disco en un aparato, encender la tableta electrónica o la computadora. Es decir que el enunciado ha permanecido en estado latente, virtual todo el tiempo anterior a todos estos actos. La lectura viene a completar, a terminar la instancia enunciativa. Esa primera instancia se realiza cada vez entre el escritor y cada uno de los lectores. Pero esta instancia es la externa, la pasta del libro, lo escrito en las carátulas de los discos, los encabezados en las pantallas de las computadoras y tabletas nos indican quién se dirige a cada uno de los lectores. Sin embargo cuando se trata de una ficción existe un narrador que se dirige a un lector determinado y que como el narrador forma parte de la misma ficción.

Por lo general, la literatura crítica y universitaria le dedica una parte importante a detallar las características del narrador (aunque a veces lo confunde inapropiadamente con el autor), no obstante es rarísimo que los críticos se refieran al lector interno, al que se dirige el narrador. A veces hay un juego de imbricaciones narrativas, por ejemplo en Las mil y una noche. Todas estas imbricaciones encabalgadas son reactivadas en cada lectura. Este punto de la actualización de la instancia narrativa me hizo cuestionarme sobre la existencia misma, sobre el modo de ser de todas las ficciones, pero no se trata solo de las ficciones. Es cierto que podemos remitirnos a la tinta, a los pixeles y otros octetos ocupados en las memorias de computadoras como el sustento material que conservan latentes los enunciados. Sabemos que los enunciados no son esas materias, incluso algunos ni siquiera han adquirido el rango de “significante” saussureano.

Creo que me he alejado lo suficiente como para dar paso hacia atrás y volver al texto mismo, sin dejar aquí la promesa de explayarme alguna vez sobre esos temas. Al volver al texto, confieso, que siempre he deseado tener justamente la misma supuesta capacidad que tiene el lector interno de una novela.

Cada lector tiene su propia sensibilidad, su propio pasado de lector de ficciones y por supuesto tiene algo particular que ofrecerle al emisor en tanto que receptor de su mensaje. El texto es anunciador de un recuerdo y de una muerte. Y el recuerdo va a acaecer ineluctablemente y es lo que también se nos sugiere de la muerte, pues estar frente a un pelotón de fusilamiento no deja mucha esperanza. De entrada se nos ofrece una narrativa de acontecimientos fatídicos. La forma verbal “había de” es el núcleo de toda la oración. La forma era poco habitual, muchos la descubrieron entonces, aunque se entiende fácilmente, en verdad no es tanto la forma, sino el significado que resalta García Márquez en este íncipit. Afirma lo ineluctable. Todos sabemos que uno de los temas recurrentes de la novela es precisamente el papel que juega el destino, la predestinación, el sino. Este tema abre la novela misma y nos anticipa la noticia de una muerte. Esta muerte, en este momento inicial, nos aparece con la misma fuerza de realizarse que el recuerdo de aquella tarde remota. Todos hemos oído hablar de esos momentos que preceden la muerte y en los que se hace un recuento de la vida. El coronel Aureliano Buendía hace lo que se acostumbra en esos momentos y remonta a su niñez y la escena que le reaparece en toda su completa realidad es la figura de su padre llevándolo a conocer el hielo, hecho que lo marcara tan durablemente. Aquel descubrimiento del hielo se nos presenta como un hecho de magia ante los ojos alucinados del niño. La magia, lo fantástico, lo maravilloso es otro tema y, como los dos anteriores, la fatalidad y la muerte, irrumpe desde la primera frase.

Félix Fernández de Castro, en su libro Las perífrasis verbales en el español actual (Gredos, Madrid, 1999, págs. 71-72) nos recuerda que la forma había de  “figuró regularmente en las gramáticas como parte de la conjugación” y en la nota al pie de página nos cita varias gramáticas desde la de Nebrija hasta la de Bello-Cuervo, pasando por la de la Academia de 1777 y otras más. Todas esas gramáticas, como otras modernas, escritas ahora en nuestra época, señalan la significación gramatical de la perífrasis: la obligación.  Emilio Alarcos Llorach (Gramática de la Lengua Española, Madrid 2000, Espasa, pág. 327),  interpreta que esta “obligación” resulta del auxiliar “haber” y nos dice: “un ejemplo consolidado es la construcción haber + de + infinitivo, donde el auxiliar impone el sentido de “obligación” en lugar de “existencia” que evoca en sus usos autónomos: Este libro ha de dejar de lado los adornos literarios (66.11), el viaje ha de tomar la pequeña carretera secundaria (66.12)”. Un uso autónomo con significado de existencia es “hay frutas en la canasta”.

A este respecto Samuel Gili y Gaya afirma algo que me ha sorprendido, ahora que lo he vuelto a leer, nos dice: “No creemos conveniente prodigar en la enseñanza gramatical la lista de estas perífrasis verbales, porque, aparte de las amplias zonas de incertidumbre que habrán de presentarse en la interpretación de los matices, hay que tener en cuenta que el empleo de los verbos auxiliares proviene de las acepciones figuradas de estos verbos, los cuales tienen en su mayoría pleno uso moderno fuera de las construcciones perifrásticas de que ahora tratamos” (Curso Superior de Sintaxis Española, Madrid, 1989, pág. 106). Mucho se ha avanzado en la interpretación de los matices semánticos de estos conjuntos verbales. Por otro lado este es un terreno muy amplio de la expresión en nuestro idioma y además una tendencia muy fértil.

S. Gili y Gaya también restringe la significación de la perífrasis del íncipit de Cien Años de Soledad como “obligación”. En el parágrafo 96 nos explica que la “expresión obligativa figura desde antiguo en las gramáticas españolas. Con el nombre de conjugación perifrástica o de obligación, se incluyó en la gramática académica la frase verbal haber de + infinitivo”.

Ahora volvamos al texto y leámoslo detenidamente y nos daremos cuenta que el hecho de recordar “aquella tarde remota” no tiene nada de una obligación, sino que de un hecho inevitable, de algo que va a ocurrir porque sí, porque es algo que no se puede evitar. Precisamente esta ineluctabilidad del recuerdo de alguna manera se expande al otro hecho sugerido, el de la muerte del coronel Aureliano Buendía.

La Nueva gramática de la lengua española es mucho más matizada en la interpretación del significado de todas las perífrasis verbales y en particular de la que nos estamos ocupando. Las caracteriza “por su relativa complejidad de su estructura formal y también por la heterogeneidad, y a veces sutileza, de los significados que expresan” (pág. 897). Incluye la Academia el tradicional significado de “obligación”, pero lo restringe en los usos que ella llama “radicales” (cuando “se le atribuye a la entidad designada por el sujeto cierta capacidad, obligación, voluntad o disposición en relación con algo”). No obstante los académicos afirman que a veces estos usos pueden desembocar “a menudo en una interpretación puramente prospectiva, cercana a la de “ir a + infinitivo”. Este uso, muy frecuente en la lengua clásica, hoy es característico del español americano, en el que las perífrasis temporales y de obligación van desplazando al futuro […]. Me permito señalar que esta tendencia es ya añeja y Rafael Lapesa en su Historia de la lengua española la señala y de manera lacónica afirma “Las perífrasis se extienden a costa del futuro” (Madrid, 1968, Escelicer, pág. 359). Por supuesto se refiere al español americano.

Jorge Negrete, el “charro de México” cantaba una ranchera cuyo título trae esta perífrasis y su significado difiere de la significación obligativa o prospectiva y de la de ineluctabilidad que hemos anotado respecto al íncipit de García Márquez, me refiero a “Me he de comer esa tuna”. En la canción se completa con un “aunque me espine la mano”.  Resalta aquí otro significado y es la rotunda decisión de comerse la tuna, que se refuerza con esa conjunción concesiva aunque. La resolución de comerse la tuna es tal que no la impiden los pinchazos de las espinas.

Vuelvo de nuevo al texto directamente: hasta llegar al sujeto de la oración, el narrador nos entrega las circunstancias temporales y espaciales del acontecimiento, estas circunstancias componen tres sextetos rítmicos y son los que evidentemente dan el tono. Este ritmo se interrumpe y abre otro periodo rítmico con pausas intuitivas delante de los complementos directos de ambos verbos: recordar y llevar. Se puede no observar las pausas y el efecto no cambia realmente mucho. Pero el inicio con tres sextetos ha dejado ya su impronta rítmica y se tiende a seguir interrumpiendo más o menos el flujo monótono de la lectura, aunque esta sea silenciosa. Por lo general, ahora ya nadie lee en voz alta, sin embargo esta novela que se inicia con estos sextetos tiene una musicalidad que invita a abandonar la lectura silenciosa y si no lo hacemos, porque la lectura ahora es privada e individual, ya no es pública, como se acostumbraba a escuchar las leyendas y los mitos.

Muchos han mencionado a la Odisea y otras epopeyas al referirse a Cien años de soledad, es cierto que lo narrado, trata de hechos grandiosos en los que interviene lo sobrenatural y lo maravilloso. La musicalidad del texto se acopla perfectamente al contenido y esto desde la primera frase.

Ahora fijémonos en un detalle estilístico, los muchos años después son reforzados en su lejanía por el adjetivo que califica al sustantivo “mañana”, remota. La distancia que separa al fatídico estar frente al pelotón de fusilamiento y la presentación por su padre del hielo está ya dicha por los “muchos años”, pero el narrador no se conforma con esta sola indicación, aquella y remota intensifican la distancia.

El tono épico, casi homérico del íncipit, el fatalismo, lo maravilloso y lo real conjugados los encontramos en esta oración. El estilo peculiar de García Márquez se ha concentrado aquí. Al mismo tiempo toda la ironía narrativa está presente también. Hay igualmente un falso empezar in medias res, la novela realmente no se inicia en el hecho indicado en primer lugar, el estar frente al pelotón de fusilamiento, sino que en la época en que el padre de Aureliano Buendía, lo llevó de la mano a conocer el hielo, incluso antes, en un pasado legendario y primigenio, en el que todo empieza.

martes, 28 de julio de 2015

Algo no muy prolijo


Lo que voy a referir tuvo lugar hace ya algunas décadas, el hecho se gravó en mi memoria por razones casi profesionales. Siempre tuve desde mis años universitarios un interés particular por los problemas semánticos que no podía desligar con el resto de aspectos del lenguaje, comenzando por los problemas generales que plantea determinar el signo lingüístico. Tuve desde temprano afición también por la fonología en tanto que parte de la lingüística que trata de un momento del lenguaje que se despega justamente de la semántica, pues sus unidades tienen eso de particular de pertenecer al lenguaje únicamente como sostén material de todo el edificio lingüístico.

Pero voy a tratar de ir al grano sin perderme en los vericuetos de todos los problemas que se asoman siempre al abordar cada uno de los aspectos del lenguaje. Resulta que cada uno de nosotros tiene su propio diccionario personal que no coincide para nada con el diccionario que editan los lexicógrafos, ellos por un lado tratan de abarcar mucho más que de lo que un individuo puede retener en su memoria y sobre todo que ellos hacen figurar en sus entradas los significados, es decir la parte abstracta de las palabras. Se trata de lo general, desean alcanzar la totalidad. Nuestros diccionarios personales por el contrario no pueden nunca alcanzar la totalidad, ni siquiera acercarnos, pero tienen una ventaja, nuestras “entradas” siempre son concretas, se trata de significaciones, es decir siempre aparecen dentro de un acto de habla concreto.

En mi diccionario personal de los años setenta la palabra “prolijo” no abarcaba todo lo que aparece en los diccionarios, tal vez por razones de pertenencia a un área determinada, en todo caso en mi uso predominaba una sola significación, que es la primera entrada en los diccionarios. Anoto de pasada que esta palabra no era muy activa en mi vocabulario, aunque si la pronunciaba y la escribía de vez en cuando. Conocí en esos años a dos personas en cuyo vocabulario esta palabra era mucho más frecuente, una de ellas era una profesora chilena de Santiago y el otro era un poeta y escritor uruguayo de Montevideo, pero en su uso la significación era prioritariamente la segunda entrada de los diccionarios.

Lo curioso es que cuando los oía pronunciar esta palabra con esa significación entendía perfectamente sus enunciados. Es necesario señalar que la polisemia existe siempre fuera de los enunciados, pertenece al ámbito de los diccionarios, pero no de los actos del habla, en ellos las palabras se acomodan perfectamente a la significación que cada hablante les imprime acorde con lo que quiere decir. El contexto me ayudaba siempre a comprender. No obstante no dejaba de sorprenderme ese uso, siempre me dejaba en mi “sentimiento” lingüístico cierto malestar. Una vez que conversaba con la profesora chilena en el Campus de la Universidad Hebrea de Jerusalén le referí esto mismo. Ella también quedó presa de la sorpresa, me dijo que para ella “prolijo” tenía sólo una significación: “algo realizado con esmero, con mucho cuidado”. Me dijo que iba a consultar el diccionario.

Al día siguiente me buscó para decirme que yo tenía razón, que el primer significado que daba el diccionario académico era el que yo usaba: “Largo, dilatado con exceso”. En realidad no se trataba de tener razón, simplemente que existen dos palabras distintas, una se usa en contextos determinados y la otra en otros. Existe en los diccionarios otro significado que ni ella, ni yo usábamos, ni usamos, “impertinente, pesado, molesto”.  Lo que es cierto es que ni ella, ni el uruguayo, ni yo cambiamos nuestros usos. Nunca hasta ahora he usado “prolijo” para referirme a algo que está hecho con cuidado y esmero. Hay algo que me ha llamado la atención, el académico Julio Casares en su diccionario “Ideológico” anota en la primera y en la segunda significación un detalle, un matiz que ni en mi uso, ni en el uso de los sudamericanos nunca sentí, para el primero Casares dice “largo, extenso y dilatado con exceso” y en el segundo agrega “demasiadamente cuidadoso o esmerado”. Esa demasía o ese exceso no aparecen en mi diccionario personal. Este matiz existe realmente entre los clásicos al referirse ya sea a sus propios relatos o al camino recorrido, aunque no siempre sea obligatorio interpretar de esa manera.

María Moliner también anota en sus definiciones “demasiado extenso / demasiado detallado” y “demasiado cuidadoso o esmerado”. María Moliner introduce en su diccionario como segunda entrada “pesado (aplicado a cualquier trabajo)". En los otros diccionarios significados próximos a éste aparecen en el tercer lugar.

Entre 1400 a 1550 en buena parte de los ejemplos que nos ofrece la base de datos ACORDE de la Academia, los autores dejan de contar, de enumerar para no ser muy prolijos o simplemente prolijos. Les cito un pasaje bastante particular y divertido con un dejo muy moderno: “No he puesto aquí sus desemejadas y feas facciones, sus monstruosos cuerpos y diferencias de vestidos por no ser prolijo. Cada uno podrá pensar, según los nombres, qué tales podían tener los gestos, los vestidos y los hechos”. Figura este pasaje en “Peregrinación de la vida del hombre” de Pedro Hernández de Villaumbrales. Era pues un tópico, como en este pasaje el autor no ha puesto algo para no ser prolijo. En esos años y en particular en nuestro autor el antónimo es breve: “Magnífica Muerte, porque me parece que tienes ya el pie en el estribo y que ya quieres volver la rienda a tu venenosa sierpe, seré breve en mi decir, puesto que muy prolijo quisiera ser, pues había razón y causa por ello”.


Pero en este último pasaje el tópico se ha invertido y el narrador afirma su frustrado deseo de ser prolijo.  Voy a anotar por último un detalle, el amigo uruguayo tenía la costumbre de usar la palabra en su forma diminutiva: “prolijito”. He pensado que en la significación de mi área es imposible hacerlo, algo extenso, dilatado se deja muy difícilmente disminuir, pero algo que se ha hecho con esmero si se puede tratar con cierto afecto, por ejemplo unas “notas muy prolijitas” que pueden servir para más tarde con toda comodidad. Para no ser demasiado extenso, termino aquí no sin dejar la promesa de volver sobre el tema. 
 
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