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miércoles, 4 de octubre de 2017

Aglaia afuera de la novela

Ignoro las razones precisas por las que me puse anoche a leer uno de los primeros capítulos de la novela de León Tolstoi “Ana Karenina”, el episodio en que Stiva Volkonski se levanta, se viste, lee las cartas y toma el desayuno consultando los diarios. Tal vez buscaba las agudas reflexiones del narrador sobre los diarios liberales que leía Stiva y sus motivaciones de esa elección. Luego Stiva se va a enfrentar a su mujer y a suplicarle que lo perdone por su traición con la nodriza de sus hijos. Esto sucedió anoche, luego se me cerraban los ojos, pesados, llenos de escamas. En algún momento de la noche soñé y el sueño me angustió, sin que fuera realmente una pesadilla.

Tengo heroínas preferidas, una de ellas es Aglaia de “El Idiota” de Fedor Mijailovich Dostoievski. Soñé que Aglaia se había salido de las páginas de la novela, de mi novela, esa que tengo en mis estantes. Se salió y la vi caminar en estos tiempos por calles de una ciudad que tomé como San Petersburgo, pero cuya fisionomía era una sorprendente, extraña mezcla entre París y Moscú. La veía caminar como perdida, buscando el camino, no sé hacia dónde. Me entró un temor oceánico, no sé por qué mi temor era que se extraviara y nunca, nunca volviera a entrar en la novela. En el camino, yendo detrás de ella, a una distancia prudente, mi temor era también que me viera y se diera cuenta que andaba fuera de su destino, pues yo soy de este tiempo. No le busquen lógica al asunto.

De repente ella comienza a subir desde la plaza Noguiná (le cambiaron el nombre dos veces, plaza china y ahora plaza eslava) hacia el Kremlin, pero no como de seguro es ahora esa calle, ni siquiera como fue cambiando en los años sesenta, cuando yo mismo transité por ella noche tras noche para ver el cambio de guardia del Mausoleo de Lenin. En esa calle hubo una casa solariega que perteneció a la familia Romanov, la familia de los últimos monarcas rusos. En esa casa no sé desde cuándo hubo una biblioteca de libros en lenguas extranjeras. Bueno en mi sueño, no recapacité en ese detalle, entré para verificar en la novela si era cierto que mi Aglaia se había salido de las páginas. Abrí con extrema premura la novela y en ninguna surgía el nombre de mi heroína. Salí aún más angustiado de la biblioteca y no sé por qué iba seguro que la volvería a encontrar cruzando la Plaza Roja. La vi de lejos, a punto de doblar hacia la calle Nikolskaya. La plaza estaba muy concurrida, me abrí camino y temí perderla en esa calle. Hay pasaje que parte de esa calle y que lleva a otras plazas pasando al lado del Kazanski Sabor (un templo). Corrí y vi que caminaba por la acera de la derecha, me calmé, no iba a bajar hacia la Plaza Revolución, hacia el Bolshoi. Siguió hasta la plaza Lubianka. Pero ya en la plaza no reconocí el lugar, lo habían cambiado y poco a poco la ciudad se me fue transformando en un París eslavo. Traté de adelantarme, verla de frente, ver su rostro, comprobar que era como me la había imaginado.  Fue en ese momento, cuando ya iba a contemplarla de frente que me desperté.

Abrí mi ejemplar y mi Aglaia ha vuelto a entrar en las páginas de la novela.

viernes, 31 de marzo de 2017

Encrucijada

¿Lejana o distante?
El abismo es el mismo.

Es un ruido que se ha ido
en la quebrada,
retumbando,
con las sufridas piedras,
lágrimas calcinadas,
por este curso
que serpentea
para dilatar la pena.

Nada desemboca en la nada.
¿El mar?
Esa inmensidad no tiene tiempo
para abrir sus fauces
y tragarse la implacable ausencia.

Pude ver un instante,
¿imaginado?
Tal vez soñado,
corto, lo sé,
unas manos abiertas
como alegres mariposas
que deseaban secar
la sal de mis mejillas
y las sentí tiernas,
palpando la herida,
acallando el llanto.

La ilusión fue certera.
Fertil,
como son las serpientes
en las noches de plenisombra.
Ciega,
como toda ilusión,
no creyó que el presente,
tenaz,
viaja por los mismos
senderos
que llevan al pasado.

¿El recuerdo?
El recuerdo no sabe de caminos.
 
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