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miércoles, 9 de septiembre de 2015

Un paseo para comenzar


Les propongo una excursión discursiva a través del íncipit de Ce "a vés a penas del incipit ien años de soledad del colombiano Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.

El paseo que les propongo, no tiene un itinerario predeterminado, irá por los vericuetos que se vayan presentando por el camino. En este inicio es normal que me refiera a esa palabrita poco usual  íncipit y que ni siquiera figuraba en los diccionarios de María Moliner y de Julio Casares. Es posible que ya haya entrado en las últimas ediciones, pero lo que nos interesa aquí es su significación y no su historia lexicográfica, se trata de la primera oración que abre una novela, un cuento, una narración y que es usada por los filólogos para designar lo mismo de los manuscritos antiguos.

Siempre tuve una pasión particular por estos comienzos. Incluso tuve un fichero en el que iba anotando los que más me gustaban. Este íncipit de García Márquez es uno de ellos. Me he imaginado al colombiano desechando con enfado aquellos inicios que no contenían lo que se proponía narrar. Una de las primeras cosas que me llamó la atención fue que la estructura de la oración impone una entonación narrativa, no se puede leer de otra manera, la sintaxis impone su melodía, pero no se trata de un simple tono, sino que de uno en particular y es el que debe tomarse cuando un patriarca se sienta rodeado de todos los miembros de la familia para narrar la epopeya que fundó su estirpe.

Esto que acabo de escribir puede resultar curioso, no obstante cuando hayamos llegado al final y nos propongamos el retorno, pienso, sonará entonces como una evidencia.

No hace mucho releyendo unas notas de Saussure se revivió en mí una vieja preocupación, un viejo tema de mis estudios: todo lo que rodea la instancia enunciativa. De tanto escudriñar el tema llegué al borde de cruciales problemas filosóficos, que dejaré aquí apenas sugeridos, me refiero al modo de ser del lenguaje. Reflexionando sobre el tema, allá por los primeros años de los setenta del siglo pasado, llegué a incluir en esta instancia enunciativa, cuando se trata de una ficción, la forma-libro. Esta forma es histórica, no siempre hubo libros, ahora las ficciones cobran formas materiales muy distintas, discos y procedimientos electrónicos. Esto implica que el enunciado, la novela en nuestro caso, ha sido emitido ya hace algunos cuantos años, no obstante su actualización necesita una actividad determinada del receptor, por ejemplo abrir el libro, meter el disco en un aparato, encender la tableta electrónica o la computadora. Es decir que el enunciado ha permanecido en estado latente, virtual todo el tiempo anterior a todos estos actos. La lectura viene a completar, a terminar la instancia enunciativa. Esa primera instancia se realiza cada vez entre el escritor y cada uno de los lectores. Pero esta instancia es la externa, la pasta del libro, lo escrito en las carátulas de los discos, los encabezados en las pantallas de las computadoras y tabletas nos indican quién se dirige a cada uno de los lectores. Sin embargo cuando se trata de una ficción existe un narrador que se dirige a un lector determinado y que como el narrador forma parte de la misma ficción.

Por lo general, la literatura crítica y universitaria le dedica una parte importante a detallar las características del narrador (aunque a veces lo confunde inapropiadamente con el autor), no obstante es rarísimo que los críticos se refieran al lector interno, al que se dirige el narrador. A veces hay un juego de imbricaciones narrativas, por ejemplo en Las mil y una noche. Todas estas imbricaciones encabalgadas son reactivadas en cada lectura. Este punto de la actualización de la instancia narrativa me hizo cuestionarme sobre la existencia misma, sobre el modo de ser de todas las ficciones, pero no se trata solo de las ficciones. Es cierto que podemos remitirnos a la tinta, a los pixeles y otros octetos ocupados en las memorias de computadoras como el sustento material que conservan latentes los enunciados. Sabemos que los enunciados no son esas materias, incluso algunos ni siquiera han adquirido el rango de “significante” saussureano.

Creo que me he alejado lo suficiente como para dar paso hacia atrás y volver al texto mismo, sin dejar aquí la promesa de explayarme alguna vez sobre esos temas. Al volver al texto, confieso, que siempre he deseado tener justamente la misma supuesta capacidad que tiene el lector interno de una novela.

Cada lector tiene su propia sensibilidad, su propio pasado de lector de ficciones y por supuesto tiene algo particular que ofrecerle al emisor en tanto que receptor de su mensaje. El texto es anunciador de un recuerdo y de una muerte. Y el recuerdo va a acaecer ineluctablemente y es lo que también se nos sugiere de la muerte, pues estar frente a un pelotón de fusilamiento no deja mucha esperanza. De entrada se nos ofrece una narrativa de acontecimientos fatídicos. La forma verbal “había de” es el núcleo de toda la oración. La forma era poco habitual, muchos la descubrieron entonces, aunque se entiende fácilmente, en verdad no es tanto la forma, sino el significado que resalta García Márquez en este íncipit. Afirma lo ineluctable. Todos sabemos que uno de los temas recurrentes de la novela es precisamente el papel que juega el destino, la predestinación, el sino. Este tema abre la novela misma y nos anticipa la noticia de una muerte. Esta muerte, en este momento inicial, nos aparece con la misma fuerza de realizarse que el recuerdo de aquella tarde remota. Todos hemos oído hablar de esos momentos que preceden la muerte y en los que se hace un recuento de la vida. El coronel Aureliano Buendía hace lo que se acostumbra en esos momentos y remonta a su niñez y la escena que le reaparece en toda su completa realidad es la figura de su padre llevándolo a conocer el hielo, hecho que lo marcara tan durablemente. Aquel descubrimiento del hielo se nos presenta como un hecho de magia ante los ojos alucinados del niño. La magia, lo fantástico, lo maravilloso es otro tema y, como los dos anteriores, la fatalidad y la muerte, irrumpe desde la primera frase.

Félix Fernández de Castro, en su libro Las perífrasis verbales en el español actual (Gredos, Madrid, 1999, págs. 71-72) nos recuerda que la forma había de  “figuró regularmente en las gramáticas como parte de la conjugación” y en la nota al pie de página nos cita varias gramáticas desde la de Nebrija hasta la de Bello-Cuervo, pasando por la de la Academia de 1777 y otras más. Todas esas gramáticas, como otras modernas, escritas ahora en nuestra época, señalan la significación gramatical de la perífrasis: la obligación.  Emilio Alarcos Llorach (Gramática de la Lengua Española, Madrid 2000, Espasa, pág. 327),  interpreta que esta “obligación” resulta del auxiliar “haber” y nos dice: “un ejemplo consolidado es la construcción haber + de + infinitivo, donde el auxiliar impone el sentido de “obligación” en lugar de “existencia” que evoca en sus usos autónomos: Este libro ha de dejar de lado los adornos literarios (66.11), el viaje ha de tomar la pequeña carretera secundaria (66.12)”. Un uso autónomo con significado de existencia es “hay frutas en la canasta”.

A este respecto Samuel Gili y Gaya afirma algo que me ha sorprendido, ahora que lo he vuelto a leer, nos dice: “No creemos conveniente prodigar en la enseñanza gramatical la lista de estas perífrasis verbales, porque, aparte de las amplias zonas de incertidumbre que habrán de presentarse en la interpretación de los matices, hay que tener en cuenta que el empleo de los verbos auxiliares proviene de las acepciones figuradas de estos verbos, los cuales tienen en su mayoría pleno uso moderno fuera de las construcciones perifrásticas de que ahora tratamos” (Curso Superior de Sintaxis Española, Madrid, 1989, pág. 106). Mucho se ha avanzado en la interpretación de los matices semánticos de estos conjuntos verbales. Por otro lado este es un terreno muy amplio de la expresión en nuestro idioma y además una tendencia muy fértil.

S. Gili y Gaya también restringe la significación de la perífrasis del íncipit de Cien Años de Soledad como “obligación”. En el parágrafo 96 nos explica que la “expresión obligativa figura desde antiguo en las gramáticas españolas. Con el nombre de conjugación perifrástica o de obligación, se incluyó en la gramática académica la frase verbal haber de + infinitivo”.

Ahora volvamos al texto y leámoslo detenidamente y nos daremos cuenta que el hecho de recordar “aquella tarde remota” no tiene nada de una obligación, sino que de un hecho inevitable, de algo que va a ocurrir porque sí, porque es algo que no se puede evitar. Precisamente esta ineluctabilidad del recuerdo de alguna manera se expande al otro hecho sugerido, el de la muerte del coronel Aureliano Buendía.

La Nueva gramática de la lengua española es mucho más matizada en la interpretación del significado de todas las perífrasis verbales y en particular de la que nos estamos ocupando. Las caracteriza “por su relativa complejidad de su estructura formal y también por la heterogeneidad, y a veces sutileza, de los significados que expresan” (pág. 897). Incluye la Academia el tradicional significado de “obligación”, pero lo restringe en los usos que ella llama “radicales” (cuando “se le atribuye a la entidad designada por el sujeto cierta capacidad, obligación, voluntad o disposición en relación con algo”). No obstante los académicos afirman que a veces estos usos pueden desembocar “a menudo en una interpretación puramente prospectiva, cercana a la de “ir a + infinitivo”. Este uso, muy frecuente en la lengua clásica, hoy es característico del español americano, en el que las perífrasis temporales y de obligación van desplazando al futuro […]. Me permito señalar que esta tendencia es ya añeja y Rafael Lapesa en su Historia de la lengua española la señala y de manera lacónica afirma “Las perífrasis se extienden a costa del futuro” (Madrid, 1968, Escelicer, pág. 359). Por supuesto se refiere al español americano.

Jorge Negrete, el “charro de México” cantaba una ranchera cuyo título trae esta perífrasis y su significado difiere de la significación obligativa o prospectiva y de la de ineluctabilidad que hemos anotado respecto al íncipit de García Márquez, me refiero a “Me he de comer esa tuna”. En la canción se completa con un “aunque me espine la mano”.  Resalta aquí otro significado y es la rotunda decisión de comerse la tuna, que se refuerza con esa conjunción concesiva aunque. La resolución de comerse la tuna es tal que no la impiden los pinchazos de las espinas.

Vuelvo de nuevo al texto directamente: hasta llegar al sujeto de la oración, el narrador nos entrega las circunstancias temporales y espaciales del acontecimiento, estas circunstancias componen tres sextetos rítmicos y son los que evidentemente dan el tono. Este ritmo se interrumpe y abre otro periodo rítmico con pausas intuitivas delante de los complementos directos de ambos verbos: recordar y llevar. Se puede no observar las pausas y el efecto no cambia realmente mucho. Pero el inicio con tres sextetos ha dejado ya su impronta rítmica y se tiende a seguir interrumpiendo más o menos el flujo monótono de la lectura, aunque esta sea silenciosa. Por lo general, ahora ya nadie lee en voz alta, sin embargo esta novela que se inicia con estos sextetos tiene una musicalidad que invita a abandonar la lectura silenciosa y si no lo hacemos, porque la lectura ahora es privada e individual, ya no es pública, como se acostumbraba a escuchar las leyendas y los mitos.

Muchos han mencionado a la Odisea y otras epopeyas al referirse a Cien años de soledad, es cierto que lo narrado, trata de hechos grandiosos en los que interviene lo sobrenatural y lo maravilloso. La musicalidad del texto se acopla perfectamente al contenido y esto desde la primera frase.

Ahora fijémonos en un detalle estilístico, los muchos años después son reforzados en su lejanía por el adjetivo que califica al sustantivo “mañana”, remota. La distancia que separa al fatídico estar frente al pelotón de fusilamiento y la presentación por su padre del hielo está ya dicha por los “muchos años”, pero el narrador no se conforma con esta sola indicación, aquella y remota intensifican la distancia.

El tono épico, casi homérico del íncipit, el fatalismo, lo maravilloso y lo real conjugados los encontramos en esta oración. El estilo peculiar de García Márquez se ha concentrado aquí. Al mismo tiempo toda la ironía narrativa está presente también. Hay igualmente un falso empezar in medias res, la novela realmente no se inicia en el hecho indicado en primer lugar, el estar frente al pelotón de fusilamiento, sino que en la época en que el padre de Aureliano Buendía, lo llevó de la mano a conocer el hielo, incluso antes, en un pasado legendario y primigenio, en el que todo empieza.

martes, 28 de julio de 2015

Algo no muy prolijo


Lo que voy a referir tuvo lugar hace ya algunas décadas, el hecho se gravó en mi memoria por razones casi profesionales. Siempre tuve desde mis años universitarios un interés particular por los problemas semánticos que no podía desligar con el resto de aspectos del lenguaje, comenzando por los problemas generales que plantea determinar el signo lingüístico. Tuve desde temprano afición también por la fonología en tanto que parte de la lingüística que trata de un momento del lenguaje que se despega justamente de la semántica, pues sus unidades tienen eso de particular de pertenecer al lenguaje únicamente como sostén material de todo el edificio lingüístico.

Pero voy a tratar de ir al grano sin perderme en los vericuetos de todos los problemas que se asoman siempre al abordar cada uno de los aspectos del lenguaje. Resulta que cada uno de nosotros tiene su propio diccionario personal que no coincide para nada con el diccionario que editan los lexicógrafos, ellos por un lado tratan de abarcar mucho más que de lo que un individuo puede retener en su memoria y sobre todo que ellos hacen figurar en sus entradas los significados, es decir la parte abstracta de las palabras. Se trata de lo general, desean alcanzar la totalidad. Nuestros diccionarios personales por el contrario no pueden nunca alcanzar la totalidad, ni siquiera acercarnos, pero tienen una ventaja, nuestras “entradas” siempre son concretas, se trata de significaciones, es decir siempre aparecen dentro de un acto de habla concreto.

En mi diccionario personal de los años setenta la palabra “prolijo” no abarcaba todo lo que aparece en los diccionarios, tal vez por razones de pertenencia a un área determinada, en todo caso en mi uso predominaba una sola significación, que es la primera entrada en los diccionarios. Anoto de pasada que esta palabra no era muy activa en mi vocabulario, aunque si la pronunciaba y la escribía de vez en cuando. Conocí en esos años a dos personas en cuyo vocabulario esta palabra era mucho más frecuente, una de ellas era una profesora chilena de Santiago y el otro era un poeta y escritor uruguayo de Montevideo, pero en su uso la significación era prioritariamente la segunda entrada de los diccionarios.

Lo curioso es que cuando los oía pronunciar esta palabra con esa significación entendía perfectamente sus enunciados. Es necesario señalar que la polisemia existe siempre fuera de los enunciados, pertenece al ámbito de los diccionarios, pero no de los actos del habla, en ellos las palabras se acomodan perfectamente a la significación que cada hablante les imprime acorde con lo que quiere decir. El contexto me ayudaba siempre a comprender. No obstante no dejaba de sorprenderme ese uso, siempre me dejaba en mi “sentimiento” lingüístico cierto malestar. Una vez que conversaba con la profesora chilena en el Campus de la Universidad Hebrea de Jerusalén le referí esto mismo. Ella también quedó presa de la sorpresa, me dijo que para ella “prolijo” tenía sólo una significación: “algo realizado con esmero, con mucho cuidado”. Me dijo que iba a consultar el diccionario.

Al día siguiente me buscó para decirme que yo tenía razón, que el primer significado que daba el diccionario académico era el que yo usaba: “Largo, dilatado con exceso”. En realidad no se trataba de tener razón, simplemente que existen dos palabras distintas, una se usa en contextos determinados y la otra en otros. Existe en los diccionarios otro significado que ni ella, ni yo usábamos, ni usamos, “impertinente, pesado, molesto”.  Lo que es cierto es que ni ella, ni el uruguayo, ni yo cambiamos nuestros usos. Nunca hasta ahora he usado “prolijo” para referirme a algo que está hecho con cuidado y esmero. Hay algo que me ha llamado la atención, el académico Julio Casares en su diccionario “Ideológico” anota en la primera y en la segunda significación un detalle, un matiz que ni en mi uso, ni en el uso de los sudamericanos nunca sentí, para el primero Casares dice “largo, extenso y dilatado con exceso” y en el segundo agrega “demasiadamente cuidadoso o esmerado”. Esa demasía o ese exceso no aparecen en mi diccionario personal. Este matiz existe realmente entre los clásicos al referirse ya sea a sus propios relatos o al camino recorrido, aunque no siempre sea obligatorio interpretar de esa manera.

María Moliner también anota en sus definiciones “demasiado extenso / demasiado detallado” y “demasiado cuidadoso o esmerado”. María Moliner introduce en su diccionario como segunda entrada “pesado (aplicado a cualquier trabajo)". En los otros diccionarios significados próximos a éste aparecen en el tercer lugar.

Entre 1400 a 1550 en buena parte de los ejemplos que nos ofrece la base de datos ACORDE de la Academia, los autores dejan de contar, de enumerar para no ser muy prolijos o simplemente prolijos. Les cito un pasaje bastante particular y divertido con un dejo muy moderno: “No he puesto aquí sus desemejadas y feas facciones, sus monstruosos cuerpos y diferencias de vestidos por no ser prolijo. Cada uno podrá pensar, según los nombres, qué tales podían tener los gestos, los vestidos y los hechos”. Figura este pasaje en “Peregrinación de la vida del hombre” de Pedro Hernández de Villaumbrales. Era pues un tópico, como en este pasaje el autor no ha puesto algo para no ser prolijo. En esos años y en particular en nuestro autor el antónimo es breve: “Magnífica Muerte, porque me parece que tienes ya el pie en el estribo y que ya quieres volver la rienda a tu venenosa sierpe, seré breve en mi decir, puesto que muy prolijo quisiera ser, pues había razón y causa por ello”.


Pero en este último pasaje el tópico se ha invertido y el narrador afirma su frustrado deseo de ser prolijo.  Voy a anotar por último un detalle, el amigo uruguayo tenía la costumbre de usar la palabra en su forma diminutiva: “prolijito”. He pensado que en la significación de mi área es imposible hacerlo, algo extenso, dilatado se deja muy difícilmente disminuir, pero algo que se ha hecho con esmero si se puede tratar con cierto afecto, por ejemplo unas “notas muy prolijitas” que pueden servir para más tarde con toda comodidad. Para no ser demasiado extenso, termino aquí no sin dejar la promesa de volver sobre el tema. 

martes, 24 de junio de 2014

domingo, 6 de abril de 2014

Piñata y cuentos etimológicos

Lo que les voy a contar aquí no sirve para nada, es superfluo y uno puede perfectamente vivir sin conocerlo. Se trata de una de esas cosas que forman parte de la erudición: conocimientos curiosos de los que uno puede alardear en alguna conversación de sobremesa. La palabra piñata se ha difundido por el mundo a partir de una lengua que no es la suya y a partir de una costumbre latinoamericana, pero sobre todo, conocida como mexicana. Se trata de ese juego infantil que ameniza los cumpleaños. Corrientemente ahora no se nos ocurre que esta palabra tan familiar, tan nuestra, pueda tener origen extranjero. No obstante ese es el caso. Y en tiempos clásicos, los del autor de la historia de don Quijote, aún no se ha adoptado del todo, se percibe su origen toscano y el Caballero de la Triste Figura nos lo prueba:

“— Yo —dijo don Quijote— sé algún tanto del toscano y me precio de cantar algunas estancias del Ariosto. Pero dígame vuesa merced, señor mío, y no digo esto porque quiero examinar el ingenio de vuestra merced, sino por curiosidad no más: ¿ha hallado en su escritura alguna vez nombrar piñata?

— Sí, muchas veces —respondió el autor.

— ¿Y cómo la traduce vuestra merced en castellano? —preguntó don Quijote.

— ¿Cómo la había de traducir —replicó el autor— sino diciendo 'olla'?”.

Para todo aquel que nunca fue al diccionario a buscar la significación de esta palabra se entera ahora que en la entrada del diccionario académico el principal significado es este:

1  1.  f. Especie de olla panzuda.

Pero la entrada en nuestra lengua de piñata, lo confirma Culebro, un personaje de la Comedia de El curioso impertinente de Guillén de Castro, esto pocos años antes que aparezca en boca de don Quijote:

—Culebro: De español no tengo más 

que las plumas y la espada.

Sé que es piñata la olla,

y tiano la cazuela,

y que es la sartén padela.

Una vez un señor encorbatado y con la elegancia y seguridad de los que saben mucho, le respondió a un cipote curioso, que piñata procedía de piña, pues las primeras piñatas que se colgaban en las fiestas, tenían esa forma. El cipote se quedó contento con la respuesta y el encorbatado aún más. Los lingüistas le llama a este proceder engañoso “etimología popular”, poco importa quién sea el que lance tales burradas. Ahora bien, ¿qué le cambia al amable lector saber ahora que piñata no viene de piña por la forma de las primeras piñatas? Este dato histórico ha de ser tan falso como la etimología. No creo que para entender y usar la palabra necesite saber que su origen es toscano y que primitivamente su significado era olla panzuda.

Pero esto de la piñata pasa con todas las palabras, algunas personas hinchan su pecho y alzan la frente enjundiosas, cuando afirman el significado primero de esta palabra es… y por allí se van hasta el griego o el latín, de seguro piensan que con ello han llegado al meollo del significado. Poco importa para esta gente que la significación sea ahora otra y que es esta la que importa y es la única que cuenta cuando la usamos. Ignoran que la etimología también es una convención temporal, pues escritos antiguos no hay muchos que se hayan conservado, lo que nos obliga a detenernos en el tiempo, al tercer, cuarto o quinto siglo antes de nuestra era. Hay una creencia ingenua que el significado etimológico es el genuino, como si en aquel lejano tiempo, los sonidos hubiesen capturado el primigenio significado de la cosa y que el resto ha sido una simple degradación, un lamentable desgaste.

Pero lo que Saussure llamó el arbitrario del signo es un concepto universal, abarca todas las lenguas y todo tiempo. Esto significa que aunque pudiéramos remontarnos a las primeras palabras, los sonidos no reflejan, no han aprisionado la quintaesencia substancial y sustantiva de la cosa nombrada.

Pero si al inicio dije que se trata de una costumbre latinoamericana, pues tampoco es cierto, no es sólo de América y es hasta muy probable que nos llegara de la Península, les anoto el segundo significado que nos dan los académicos:

2. f. Vasija de barro, llena de dulces, que en el baile de máscaras del primer domingo de Cuaresma suele colgarse del techo para que algunos de los concurrentes, con los ojos vendados, procuren romperla de un palo o bastonazo, y, por ext., la que se pone en una fiesta familiar, de cumpleaños o infantil.


jueves, 19 de septiembre de 2013

Réplica a Lara Martínez

Tengo enfrente una entrevista que ha dado Rafael Lara Martínez a Carlos Chávez y publicada en La Prensa Gráfica el 15 de septiembre de 2013, para consultarla hagan clic aquí. Al entrevistado lo conocí en París, hablé con él dos o tres veces, una de nuestras conversaciones fue larga, en la que pude constatar, que aunque se me presentó como lingüista, sus conocimientos eran rudimentarios o nulos. Traté, cuestionándolo, de enterarme a qué corriente pertenecía, pero no supo dar pie con bola. Insistí quien sabe por qué y terminó enfadado diciéndome que yo era teórico y que él era práctico. Lo que no dejó de provocarme risa franca y a carcajadas. No fuimos amigos, pero tampoco enemigos. Tuvimos luego otra conversación que terminó casi igual, pues le pregunté a él y a otro amigo su opinión sobre la frase que se le atribuye a Engels de que “el trabajo hizo al hombre”. Ambos me respondieron que era cierta y exacta. Traté de decirles que esa frase no era exacta y no era verdadera y que además no era de Engels. Pero no pude, pues después de que Rafael me dijo, “a vos te gusta complicar siempre las cosas”, decidí muy diplomáticamente cambiar de tema. Cuento esto sólo para que no haya malentendidos. No soy ni amigo, ni enemigo de Rafael Lara Martínez.

Paso a la entretenidísima entrevista, empieza mal, con un error de gramática elemental. No sé si le es atribuible a Lara Martínez o si el entrevistador fue el de la pifia. Aunque Carlos Chávez advierte que la entrevista se hizo por correo electrónico. Las respuestas fueron escritas, el error pertenece con mucha probabilidad al entrevistado. Rafael Lara Martínez dice: “Yo no hago lingüística, aunque lo estudié”.  Me salta a la vista, ese inverosímil “lo”, pronombre masculino para un substantivo femenino. Espero solo que esta riña con el género sea explicable por lo que tenía en mente. El final de la respuesta es de otro calibre, no se trata de un error, sino que de una estupenda tontería, ¿cómo una persona se atreve a afirmar que “muy poca gente conoce esa palabra”? Se refiere a hermenéutica. Me resulta muy pedantona esa afirmación, un tantito insultante también para nuestra inteligencia.

Pero antes de llegar al tema de su hermenéutica, de su lectura de textos, voy a referirme a algo que por absurdo habla de la poca seriedad de Rafael Lara Martínez, de la poca consistencia de lo que afirma. Cito de nuevo: “Fíjese, ¿quién es el poderoso? ¡Es el soberano! Eso viene del latín: el soberano, sober-ano: el que está sobre el ano. ¿Quién es el sometido entonces? El culero”. En la Sorbona no le enseñaron a producir semejantes bestialidades. A esto los lingüistas le llaman “etimología popular o vulgar”. El adjetivo “soperanus” es del bajo medioevo, que viene a suplantar a “superus ” y cuya significación primera nada tiene que ver con el dominio de nadie, sino que significa “lo que es alto, extremado y singular”. El Diccionario de Autoridades de 1739 nos da este ejemplo: “Mira la nobleza, y antigüedad de su casa… la altitud, y inefable gracia, la soberana hermosura” (Calisto y Melibea). Pues “ano” en soberano es simplemente un sufijo y nada tiene que ver con el orificio anal. Es el mismo sufijo que encontramos en palabras como lejano, zutano, artesano, etc. Para alguien que se asume como soberano maestro, que nos explica el significado de hermenéutica que pocos conocen, venirnos con semejantes tonterías que liga a la concepción de poder en la antigua Roma y a la potestad que tenían los amos sobre sus esclavos es cometer anacronismos infantiles.

Es apenas en el siglo XVI que las palabras soberano y soberanía comienzan a conceptualizarse y poco a poco el significado actual se va a ir convirtiendo en el principal. Esta significación pasa a ser la primera apenas en el Diccionario académico de 1884, los diccionarios tardan en acoger los nuevos significados, pero podemos suponer que ya era corriente en el siglo XVII. Pero de allí edificar sobre la base de una falsa etimología toda una teoría antropológica y construir hipótesis sobre la mentalidad del salvadoreño me resulta torpe, abusivo y muestra de mucha ignorancia de la ciencia de la que se declara practicante.

La “lectura” que hace Rafael Lara Martínez de las frases de Ambrogi y de Lindo son sintomáticas y lo que afirma de las pinturas de José Mejía Vides es un proceso de intención. Lara Martínez  en su anhelo denunciatorio de la violencia machista de los salvadoreños se va por una senda muy estrecha. En esto afirma cosas justas, como que las mentalidades evolucionan lentamente, que la dominación masculina sobre la sociedad pesa en las relaciones entre las personas. Todo eso es cierto. No obstante querer darle como centro a esa violencia el carácter sexuado de los seres humanos es una aberración, pues este carácter sexuado es permanente, podríamos decir que se trata de una invariable universal. Sin embargo las relaciones entre hombres y mujeres se rigen por instituciones histórico-sociales que van cambiando en el curso del tiempo. Estas instituciones son algunas estatales, otras son societales y distintas —incluso dentro de la misma sociedad, en la misma época— en los diferentes estratos o clases sociales.

Lara Martínez tal vez no ignora esto, no obstante en su lectura y opiniones se erige en juez y no en científico. Para ser exacto se erige en inquisidor. El autor es identificado al personaje, como lo hacía la Inquisición y los tribunales totalitarios del siglo pasado. La frase que cita de Lindo es patente que allí resulta una protesta contra el estado de cosas mismas que describe: “Que todo pasare entre luchas y jadeos, sin palabras, en esa forma violenta de copular en que deben ocurrir las cosas, donde los hombres que no asaltan brutalmente a una mujer son afeminados”. Pero esta frase se puede aplicar a la cinematografía del siglo pasado e incluso presente hasta ahora. Abundan las escenas en las películas en que las mujeres ceden a la brutalidad masculina y que sucumben incluso enamoradas a esa bestialidad. ¿Cuántas mujeres ceden sus cuerpos sin tribulaciones a un par de bofetadas en las películas estadounidenses, europeas, mexicanas, etc.? Esto es así. Y lo dice el poeta Lindo en su frase como un mal que reina como un soberano en la sociedad.


Lo que dice Lara Martínez de las pinturas de José Mejía Vides y su acusación de racismo es meramente ridículo. El desnudo femenino es antiguo, es un género. En Grecia y Roma cohabitan el desnudo femenino y masculino, de alguna manera subsiste en la pintura sacra medieval y vuelve a aparecer en el Renacimiento. Pero el desnudo masculino se vuelve esporádico, menos corriente. Pero para Lara Martínez pintar un desnudo en el que la mujer es una india es ser racista. Entonces hay que sacar a lo indígena como tema nuestro en el arte, en cualquier arte. Adjudicarle al pintor José Mejía Vides intenciones racistas por sus desnudos con modelos indígenas es simplemente inquisitorial. 

viernes, 19 de julio de 2013

Pandoravirus (descubrimiento)


Virus tan grandes que podrían constituir por sí solos una nueva forma de vida. Los estudiosos franceses que están al inicio de este descubrimiento —dado a conocer en un estudio publicado el 18 de julio— afirman que fueron “sorprendidos enormemente” por el descubrimiento de lo que ellos llaman “Pandoravirus”. Se trata de virus que no tienen parentesco con los que ponen enfermos a las personas. La publicación fue hecha en la revista Science.


Estos Pandoravirus se distinguen por el tamaño de su genoma, que contiene entre 1900 a 2500 genes, mientras que el virus de la gripe, por ejemplo, apenas tiene diez. Otra comparación es con los seres humanos que disponen de 24 000 genes. El precedente récord observado en un virus era de 1200 genes.


Por lo general los virus no son considerados como formas de vida estrictamente hablando, pero para algunos investigadores, estos virus gigantes podrían clasificarse entre los organismos vivos. Uno de estos dos virus, “Pandoravirus salinus” fue descubierto en una capa sedimentaria a lo largo de las costas chilenas. El otro, “Pandoravirus dulcis” fue encontrado en el légamo de un charco en Melbourne (Australia).


Al observarlos en el microscopio, estas nuevas entidades parecen mucho más cercanas a las células vivas que los otros virus conocidos. Jean-Michel Claverie, profesor en la facultad de medicina de Aix-Marsella y Chantal Abergel, directora de investigaciones en el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS, siglas en francés), explican que por la forma y la cantidad de genes que contienen los “ha obligado a pensar en la Caja de Pandora: abrir esta caja verdaderamente va romper los fundamentos de lo que se sabía sobre los virus hasta la fecha”.


“La ausencia de parecido de la mayoría de sus genes con otras formas de vida podría indicar que proceden de una línea de células primitivas totalmente diferente”, afirman estos científicos en su estudio. Los investigadores esperan que este descubrimiento permitirá de financiar otras investigaciones sobre el modo de funcionar de los Pandoravirus, lo que podría conducir a importantes innovaciones en materia biomédica y de la biotecnología. (Texto de TVFR y la traducción es mía).

martes, 2 de julio de 2013

Mi colección de íncipits



 Una vez me propuse recolectar los íncipits de novelas que más me gustaran.  Para que desaparezca la anfibología, se trata de los íncipits que más me gustaran, da la casualidad que aquellos que fui anotando procedían de novelas que también me habían gustado. Hay unos cortos, muy cortos como la frase que abre “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes: “Yo despierto…”. Sucede que este despertar es hacia la muerte, en la muerte, como este otro íncipits mexicano de Juan Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, esto lo dice el personaje ya enterrado. Pero nada nos anuncian de ello los íncipits mismos, lo descubriremos en el paso de la lectura.

La muerte también está presente en las primeras páginas de la novela del cubano José Lezama Lima, “Oppiano Licario”, que se inicia con una frase muy sencilla, “De noche la puerta quedaba casi abierta.” Sorprende esta sencillez si recordamos el abigarrado comienzo de “Paradiso”: “La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas”. El punto marca el fin de este amontonamiento de pequeñas frases que abren la narración y que le ponen fin al íncipit.

Por supuesto que se puede discutir si es necesario que este último inicio abarque todas las frases, pero no existe realmente un criterio que lo prohíba, tampoco ninguno que nos indique qué es lo que entra en un íncipit. Creo que formalmente es el punto final la única señal. Poner o no un punto es opción del autor y creo que en estos asuntos siempre se debe uno guiar por este criterio.

Ignoro si alguien se ha dedicado a lo mismo y si ha encontrado la manera de clasificarlos, de ordenarlos, tal vez exista un estudio profundo y sistemático. Lo que yo me propuse era apenas colectar estos íncipits a la usanza de los que recogen “corcholatas”, “timbres”, “estatuitas de Buda”, etc. Y he ido desechando de mi colección algunos íncipits porque no me gustaban y no me daban pábulo para escribir algo. Resulta que hay algunos que han dado mucho que escribir e incluso que han suscitado hasta despiadadas polémicas y graves discusiones. Uno de estos es el de Lev Tolstoi en “Anna Karenina”, se los doy en mi traducción, no creo que difiera mucho de la que ya habrán leído en otras traducciones, pero no tengo ninguna: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada, es desdichada a su manera”. Hace algunos años leí con mucho agrado unos comentarios de Víctor Shklovski, uno de los fundadores del formalismo ruso, esta lectura ya es ahora antigua. En los dos tomos que tengo en casa no aparece ese comentario, por lo menos no lo encontré en la hojeada que les di, fue un vistazo fugaz. Recuerdo también algo escrito por Mijaíl Bajtin, algunos le ponen tilde en la i, siguiendo la pronunciación francesa y no la rusa. Lo curioso es que en Wikipedia viene acentuado en ruso como si fuera una palabra aguda, mientras que en la lista de nombres le ponen también acento, pero esta vez como grave. En ruso no se ponen los acentos.

Me alejé del tema, no importa, siempre que me pongo a escribir tan libremente me voy como cabra al monte, voy siempre de orilla a orilla de la vereda. Volviendo a Tolstoi, su íncipit es un concentrado de su novela, no nos anuncia nada, no es una promesa narrativa, no obstante sabemos que nos va a contar la desdicha particular, propia de una familia, pero la banalidad de Stiva, su ligereza, su superficialidad y su “desdicha”, que es con lo que Lev Nikolaevich Tolstoi abre su relato, no nos deja entrever todo el drama que se va a presentar ante nosotros, el drama de esa mujer, de Anna Karenina, que va a enfrentar la hipocresía de su casta, de su medio y de la sociedad. Anna Karenina es una mujer íntegra, que quiere amar, que quiere ser una mujer en toda la extensión de la palabra. Su desdicha es profunda y trágica.

Quiero ahora volver a los íncipits en castellano, tal vez estos dos que voy a citar sean los más conocidos y al mismo tiempo los más comentados en el mundo. El primero es de Miguel de Cervantes en su “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, les dejo cierto tiempo para que le rememoren, que es algo muy sabroso repetirlo en voz alta para quienes lo saben de memoria. Tiene un ritmo de poema libre, de esos que ahora evitan la rima y que juegan con los acentos, bueno, ahora va la cita: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.
Siempre, siempre que me repito en la mente estas iniciales palabras cervantinas, acuden a mí, a mi recuerdo los ceñudos y ceñidos pleitos del otro don Miguel con el autor de “Don Quijote”, me estoy refiriendo a mi don Miguel de Unamuno. En su “Vida de Don Quijote y Sancho” Unamuno empieza justamente señalando que nada de nada sabemos de la infancia y juventud del “Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos”, nada sabemos de su linaje. Instruye mucho ir leyendo o releyendo al Quijote con el libro de Unamuno al lado. Aunque sea para irnos peleando con el vasco, con este hombre cascarrabias y jovial, que departe con nosotros su cordura y sus locuras.

Recuerdo también ahora haber leído los análisis minuciosos y sabios de Américo Castro, pero eso fue ya hace mucho tiempo, durante mis estudios universitarios, desde entonces no los he vuelto a leer. No obstante recuerdo el detallado análisis de la dieta semanal del Quijote que hace este maestro y que viene en seguida del íncipit cervantino.

Sostienen algunos filólogos que el verbo “querer” juega aquí el papel de auxiliar y que  “no quiero acordarme” significa llanamente “no me acuerdo”. No sé por qué esta aclaración me le roba algo, es como si de alguna manera la omisión del nombre del pueblo no es producto de la discreción del narrador, sino que simplemente una fórmula de cuentos tradicionales, de muchos cuentos. Pero el olvido no tiene el mismo peso, ni valor que la opción de no querer nombrar. Uno se imagina las mil y una razón de este no querer acordarse. Bueno, “esta era una vez” tiene también su encanto
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El otro íncipit con el que voy a terminar esta pequeña muestra es el de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.  El narrador del Quijote nada sabe de la infancia y mocedades de su héroe, mientras que el narrador de la obra colombiana es un sabedor de todos los detalles. Sabe hasta los recuerdos futuros de Aureliano Buendía de un hecho de su remota infancia. El narrador nos anuncia un falso fin de la novela y un hecho real que pronto descubriremos, dándole aún mayor certeza al fusilamiento que no tendrá lugar. No hay ningún lector que no haya caído en la trampa, todos nos ponemos a esperar el trágico y fatídico desenlace. Esta falsa profecía le entrega al narrador la fuerza épica de las antiguas leyendas, el tono no va a cambiar, ni tampoco nuestra confianza en sus palabras aún después de que descubrimos que nos ha engañado al anunciarnos la muerte fatal de Aureliano. Esta mentira inicial nos obliga a creer en el mundo fantástico que se abre paso en los capítulos que siguen. Al final, cuando el mundo narrado se destruye, nos damos cuenta que tanto el narrador como nosotros los lectores vivimos en otro mundo, un mundo sin nombre y tal vez ya sin historia o tal vez sin saber que tal vez nos toque repetir sin fin el mismo ciclo de guerras y muertes anunciadas.

 
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