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viernes, 19 de julio de 2013

Pandoravirus (descubrimiento)


Virus tan grandes que podrían constituir por sí solos una nueva forma de vida. Los estudiosos franceses que están al inicio de este descubrimiento —dado a conocer en un estudio publicado el 18 de julio— afirman que fueron “sorprendidos enormemente” por el descubrimiento de lo que ellos llaman “Pandoravirus”. Se trata de virus que no tienen parentesco con los que ponen enfermos a las personas. La publicación fue hecha en la revista Science.


Estos Pandoravirus se distinguen por el tamaño de su genoma, que contiene entre 1900 a 2500 genes, mientras que el virus de la gripe, por ejemplo, apenas tiene diez. Otra comparación es con los seres humanos que disponen de 24 000 genes. El precedente récord observado en un virus era de 1200 genes.


Por lo general los virus no son considerados como formas de vida estrictamente hablando, pero para algunos investigadores, estos virus gigantes podrían clasificarse entre los organismos vivos. Uno de estos dos virus, “Pandoravirus salinus” fue descubierto en una capa sedimentaria a lo largo de las costas chilenas. El otro, “Pandoravirus dulcis” fue encontrado en el légamo de un charco en Melbourne (Australia).


Al observarlos en el microscopio, estas nuevas entidades parecen mucho más cercanas a las células vivas que los otros virus conocidos. Jean-Michel Claverie, profesor en la facultad de medicina de Aix-Marsella y Chantal Abergel, directora de investigaciones en el Centro Nacional de la Investigación Científica (CNRS, siglas en francés), explican que por la forma y la cantidad de genes que contienen los “ha obligado a pensar en la Caja de Pandora: abrir esta caja verdaderamente va romper los fundamentos de lo que se sabía sobre los virus hasta la fecha”.


“La ausencia de parecido de la mayoría de sus genes con otras formas de vida podría indicar que proceden de una línea de células primitivas totalmente diferente”, afirman estos científicos en su estudio. Los investigadores esperan que este descubrimiento permitirá de financiar otras investigaciones sobre el modo de funcionar de los Pandoravirus, lo que podría conducir a importantes innovaciones en materia biomédica y de la biotecnología. (Texto de TVFR y la traducción es mía).

martes, 2 de julio de 2013

Mi colección de íncipits



 Una vez me propuse recolectar los íncipits de novelas que más me gustaran.  Para que desaparezca la anfibología, se trata de los íncipits que más me gustaran, da la casualidad que aquellos que fui anotando procedían de novelas que también me habían gustado. Hay unos cortos, muy cortos como la frase que abre “La muerte de Artemio Cruz” de Carlos Fuentes: “Yo despierto…”. Sucede que este despertar es hacia la muerte, en la muerte, como este otro íncipits mexicano de Juan Rulfo: “Vine a Comala porque me dijeron que acá vivía mi padre, un tal Pedro Páramo”, esto lo dice el personaje ya enterrado. Pero nada nos anuncian de ello los íncipits mismos, lo descubriremos en el paso de la lectura.

La muerte también está presente en las primeras páginas de la novela del cubano José Lezama Lima, “Oppiano Licario”, que se inicia con una frase muy sencilla, “De noche la puerta quedaba casi abierta.” Sorprende esta sencillez si recordamos el abigarrado comienzo de “Paradiso”: “La mano de Baldovina separó los tules de la entrada del mosquitero, hurgó apretando suavemente como si fuese una esponja y no un niño de cinco años; abrió la camiseta y contempló todo el pecho del niño lleno de ronchas, de surcos de violenta coloración, y el pecho que se abultaba y se encogía como teniendo que hacer un potente esfuerzo para alcanzar un ritmo natural; abrió también la portañuela del ropón de dormir, y vio los muslos, los pequeños testículos llenos de ronchas que se iban agrandando, y al extender más aún las manos notó las piernas frías y temblorosas”. El punto marca el fin de este amontonamiento de pequeñas frases que abren la narración y que le ponen fin al íncipit.

Por supuesto que se puede discutir si es necesario que este último inicio abarque todas las frases, pero no existe realmente un criterio que lo prohíba, tampoco ninguno que nos indique qué es lo que entra en un íncipit. Creo que formalmente es el punto final la única señal. Poner o no un punto es opción del autor y creo que en estos asuntos siempre se debe uno guiar por este criterio.

Ignoro si alguien se ha dedicado a lo mismo y si ha encontrado la manera de clasificarlos, de ordenarlos, tal vez exista un estudio profundo y sistemático. Lo que yo me propuse era apenas colectar estos íncipits a la usanza de los que recogen “corcholatas”, “timbres”, “estatuitas de Buda”, etc. Y he ido desechando de mi colección algunos íncipits porque no me gustaban y no me daban pábulo para escribir algo. Resulta que hay algunos que han dado mucho que escribir e incluso que han suscitado hasta despiadadas polémicas y graves discusiones. Uno de estos es el de Lev Tolstoi en “Anna Karenina”, se los doy en mi traducción, no creo que difiera mucho de la que ya habrán leído en otras traducciones, pero no tengo ninguna: “Todas las familias felices se parecen unas a otras, cada familia desdichada, es desdichada a su manera”. Hace algunos años leí con mucho agrado unos comentarios de Víctor Shklovski, uno de los fundadores del formalismo ruso, esta lectura ya es ahora antigua. En los dos tomos que tengo en casa no aparece ese comentario, por lo menos no lo encontré en la hojeada que les di, fue un vistazo fugaz. Recuerdo también algo escrito por Mijaíl Bajtin, algunos le ponen tilde en la i, siguiendo la pronunciación francesa y no la rusa. Lo curioso es que en Wikipedia viene acentuado en ruso como si fuera una palabra aguda, mientras que en la lista de nombres le ponen también acento, pero esta vez como grave. En ruso no se ponen los acentos.

Me alejé del tema, no importa, siempre que me pongo a escribir tan libremente me voy como cabra al monte, voy siempre de orilla a orilla de la vereda. Volviendo a Tolstoi, su íncipit es un concentrado de su novela, no nos anuncia nada, no es una promesa narrativa, no obstante sabemos que nos va a contar la desdicha particular, propia de una familia, pero la banalidad de Stiva, su ligereza, su superficialidad y su “desdicha”, que es con lo que Lev Nikolaevich Tolstoi abre su relato, no nos deja entrever todo el drama que se va a presentar ante nosotros, el drama de esa mujer, de Anna Karenina, que va a enfrentar la hipocresía de su casta, de su medio y de la sociedad. Anna Karenina es una mujer íntegra, que quiere amar, que quiere ser una mujer en toda la extensión de la palabra. Su desdicha es profunda y trágica.

Quiero ahora volver a los íncipits en castellano, tal vez estos dos que voy a citar sean los más conocidos y al mismo tiempo los más comentados en el mundo. El primero es de Miguel de Cervantes en su “El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha”, les dejo cierto tiempo para que le rememoren, que es algo muy sabroso repetirlo en voz alta para quienes lo saben de memoria. Tiene un ritmo de poema libre, de esos que ahora evitan la rima y que juegan con los acentos, bueno, ahora va la cita: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua, rocín flaco y galgo corredor”.
Siempre, siempre que me repito en la mente estas iniciales palabras cervantinas, acuden a mí, a mi recuerdo los ceñudos y ceñidos pleitos del otro don Miguel con el autor de “Don Quijote”, me estoy refiriendo a mi don Miguel de Unamuno. En su “Vida de Don Quijote y Sancho” Unamuno empieza justamente señalando que nada de nada sabemos de la infancia y juventud del “Caballero de la Fe, del que nos hace con su locura cuerdos”, nada sabemos de su linaje. Instruye mucho ir leyendo o releyendo al Quijote con el libro de Unamuno al lado. Aunque sea para irnos peleando con el vasco, con este hombre cascarrabias y jovial, que departe con nosotros su cordura y sus locuras.

Recuerdo también ahora haber leído los análisis minuciosos y sabios de Américo Castro, pero eso fue ya hace mucho tiempo, durante mis estudios universitarios, desde entonces no los he vuelto a leer. No obstante recuerdo el detallado análisis de la dieta semanal del Quijote que hace este maestro y que viene en seguida del íncipit cervantino.

Sostienen algunos filólogos que el verbo “querer” juega aquí el papel de auxiliar y que  “no quiero acordarme” significa llanamente “no me acuerdo”. No sé por qué esta aclaración me le roba algo, es como si de alguna manera la omisión del nombre del pueblo no es producto de la discreción del narrador, sino que simplemente una fórmula de cuentos tradicionales, de muchos cuentos. Pero el olvido no tiene el mismo peso, ni valor que la opción de no querer nombrar. Uno se imagina las mil y una razón de este no querer acordarse. Bueno, “esta era una vez” tiene también su encanto
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El otro íncipit con el que voy a terminar esta pequeña muestra es el de “Cien años de soledad” de Gabriel García Márquez: “Muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento, el coronel Aureliano Buendía había de recordar aquella tarde remota en que su padre lo llevó a conocer el hielo”.  El narrador del Quijote nada sabe de la infancia y mocedades de su héroe, mientras que el narrador de la obra colombiana es un sabedor de todos los detalles. Sabe hasta los recuerdos futuros de Aureliano Buendía de un hecho de su remota infancia. El narrador nos anuncia un falso fin de la novela y un hecho real que pronto descubriremos, dándole aún mayor certeza al fusilamiento que no tendrá lugar. No hay ningún lector que no haya caído en la trampa, todos nos ponemos a esperar el trágico y fatídico desenlace. Esta falsa profecía le entrega al narrador la fuerza épica de las antiguas leyendas, el tono no va a cambiar, ni tampoco nuestra confianza en sus palabras aún después de que descubrimos que nos ha engañado al anunciarnos la muerte fatal de Aureliano. Esta mentira inicial nos obliga a creer en el mundo fantástico que se abre paso en los capítulos que siguen. Al final, cuando el mundo narrado se destruye, nos damos cuenta que tanto el narrador como nosotros los lectores vivimos en otro mundo, un mundo sin nombre y tal vez ya sin historia o tal vez sin saber que tal vez nos toque repetir sin fin el mismo ciclo de guerras y muertes anunciadas.

martes, 7 de mayo de 2013

domingo, 31 de marzo de 2013

Saussure, por dónde empezar


Voy a copiar en francés la primera nota de Ferdinand de Saussure que fue publicada en el libro “Ecrits de linguistique générale” en nrf Editions Gallimard, París, 2002. Los editores son Simon Bouquet y Rudolf Engler. Sigue la traducción y un comentario. Esta primera nota lleva por título “Prefacio”:

1 Préface


 Il paraît impossible en fait de donner une prééminence à telle ou telle vérité de la linguistique, de manière à en faire le point de départ central : mais il y a cinq ou six vérités fondamentales qui sont tellement liées entre elles qu’on peut partir indifféremment de l’une ou de l’autre et qu’on arrivera logiquement à toutes les autres et a toute l’infime ramification des mêmes conséquences en partant de l’une quelconque d’entre elles.

            Par exemple, on peut se contenter uniquement de cette donnée :

            Il est faux (et impraticable) d’opposer la forme et le sens. Ce qui est juste en revanche c’est d’opposer la figure vocale d’une part, et la forme-sens de l’autre.

            En effet, quiconque poursuit rigoureusement cette idée arrive mathématiquement aux mêmes résultats que celui qui partira d’un principe en apparence très distant, par exemple :


            Il y a lieu de distinguer dans la langue les phénomènes internes ou de conscience et les phénomènes externes, directement saisissables.

 Doy esta versión provisoria de la primera nota manuscrita del lingüista ginebrino:

1 Prefacio

            “Parece imposible de hecho dar una preeminencia a tal o cual verdad de la lingüística, de manera que podamos hacer de ella el punto de partida central; pero hay cinco o seis verdades fundamentales que están ligadas entre sí, de tal manera que uno puede partir indiferentemente de una o de otra y se llegará lógicamente a todas las otras y a toda la ínfima ramificación de las mismas consecuencias partiendo de cualquiera de ellas.

            Por ejemplo, uno se puede limitar únicamente a este dato:

            Es falso (e impracticable) oponer la forma y el sentido. Al contrario lo que es justo oponer es la figura vocal de una parte y la forma-sentido de la otra.

            Efectivamente, si alguien persigue rigurosamente esta idea llega matemáticamente a los mismos resultados que aquel que parta de un principio en apariencia muy distante, por ejemplo:

            Cabe distinguir en una lengua los fenómenos internos o de conciencia y los fenómenos externos, directamente aprehensibles”.


Es imposible no darse cuenta que desde el momento en que esta nota fue escrita y el momento actual, los cambios terminológicos han sido drásticos. Esto paradójicamente ha sido el resultado del desarrollo de la misma lingüística saussureana. Por otro lado, muchos criticaron a los “editores” del “Curso de lingüística general”, Charles Bally y Albert Sechehaye, el punto de partida que adoptaron, no obstante esta primera nota demuestra que ellos fueron fieles al maestro ginebrino, pues en realidad el “Curso” propiamente dicho, la exposición de la nueva teoría realmente se inicia en el capítulo III, los dos primeros son generalidades preliminares que bien se pueden poner allí u omitirlas. Pero la exposiciónreal la inician justamente a partir de un principio o una de las “verdades fundamentales” de las que nos habla de Saussure en esta nota, verbi et gratia, la dualidad del objeto o si se prefiere el carácter dual del objeto de la lingüística. 

Me llaman la atención dos adverbios usados por de Saussure en este “Prefacio”, “lógicamente” y “matemáticamente”, pero no me sorprendieron, ambos se refieren a los efectos inexorables o necesarios que se desprenden de iniciar la exposición por una de esas “verdades fundamentales”. Ahora tal vez algunos dijeran “automáticamente”. En todo caso de lo que se trata es de un movimiento interior, propio del objeto mismo. Este arranque condiciona el resto de la exposición, cada paso prepara el siguiente y lo presupone. Si este inicio nos conduce lógicamentematemáticamente a los mismos efectos, a “las mismas consecuencias”, significa que este punto de partida de la exposición no es arbitrario, sino que necesario. Pues cuando se llega a examinar a partir de qué punto hay que iniciar la exposición de una ciencia, de una investigación, también esto significa que la investigación propiamente dicha ya está concluida y la tarea que se presenta no es la descripción de cada paso de la búsqueda, sino que la presentación de los resultados.

Saber por dónde es necesario iniciar la exposición significa haber despejado de la montaña de datos y materiales examinados, cuál es el hilo conductor del raciocinio llevado adelante y cuál es el movimiento mismo y propio de la materia estudiada. Muchos critican a los “editores” del “Curso” de no dejar aparecer las dudas y las vacilaciones del maestro ginebrino. Piensan que hubiese sido interesante, importante dejar aparecer en el “Curso” el momento de búsqueda, que no todo estaba acabado en la mente de Saussure.

Aquí tenemos un problema realmente filológico y lógico también. El primero se trata de averiguar: ¿si los materiales encontrados posteriormente, los que no estuvieron en las manos de Charles Bally y de Albert Sechehaye, desmienten las “verdades fundamentales” que aparecen en lo que muchos llaman la vulgata? ¿Si lo nuevo contradice los postulados en los que se basa el desarrollo de la exposición del “Curso” o si solo nos dan una apreciación del camino investigativo que está recorriendo Saussure durante esos años? Por el momento no aparece que lo nuevo venga a desmentir o contradecir fundamentalmente lo expuesto en el manual. Es posible que algunos aspectos se puedan ahora formular de otra manera. En realidad muchas cosas dichas en el “Curso” se han ido matizando, se han ido refinando y profundizando en el desarrollo de la lingüística saussureana.

Los editores de los “Ecrits de linguistique générale” (“Escritos de lingüística general”) nos dicen en su prefacio (pág. 9) que “su carácter menos categórico testimonia una observación como esta: “La dificultad que uno experimenta en anotar lo que es general en la lengua, en los signos de habla que constituyen el lenguaje, es el sentimiento que estos signos pertenecen a una ciencia mucho más vasta que no lo es la “ciencia del lenguaje.” O aun esto, de manera más radical: “Si hay realidades psicológicas, y si hay realidades fonológicas, ninguna de las dos series separadas no sería capaz de dar un instante nacimiento al menor hecho lingüístico. — Para que haya hecho lingüístico, es necesario la unión de las dos series, pero una unión de un género particular — del cual sería absolutamente vano de explorar en un solo instante los caracteres o decir de antemano en qué consistirá”. Las partes entrecomilladas de esta cita pertenecen a Saussure y vienen en las páginas 265 y 103 respectivamente de estos “Escritos”.

Sabemos tanto del “Curso” como por los mismos “Escritos” que Saussure pensaba en una ciencia general de los signos y de la que la lingüística formaría parte. No veo en que esto es menos categórico o en qué es más categórico el “Curso”. Pero incluso lo que ahora nosotros llamamos signos no corresponden a lo que Saussure llama aquí, en este pasaje, “signos”. Y justamente el segundo pasaje citado trae justamente una de esas “verdades fundamentales” de las que se puede partir para exponer la ciencia del lenguaje. Es decir, eso que cabe distinguir y que obligatoriamente no se pueden separar, que únicamente unidas constituyen un hecho lingüístico. Esto está retomado tal cual en el “Curso”. Incluso está retomado en sus vacilaciones terminológicas. Este es uno de los “defectos” más señalados con mayor recurrencia y tal vez con mayor justificación a los “editores” del manual.

Todo el curso, todos las discusiones posteriores alrededor del signo lingüístico giran precisamente en torno a esa “unión de género particular”, de su carácter. Esta unión de género particular es también la que caracteriza a esta otra “lengua y habla” y que proviene justamente o si se prefiere se engendra a partir de la unión estrecha, indisoluble del significante y del significado. Desentrañada la verdadera naturaleza de esa unión sui generis permite justamente evitar caer en una “filosofía del lenguaje”, a estas alturas, inútil y sin ningún interés. Que muchas cosas, en sus reflexiones, le parecieran a Saussure pertenecer aún a una filosofía del lenguaje no cabe duda. Pero su inquietud era precisamente fundar la ciencia del lenguaje.

Por otro lado, no creo justamente que se pueda lógicamente exponer la ciencia del lenguaje a partir de cualquier “verdad fundamental”. Hay una “verdad fundamental” que las contiene todas y a partir de la cual se pueden deducir “matemáticamente” las otras, esta verdad es la más abstracta y la más sencilla. Se trata del signo lingüístico, de la unión del significante y del significado. A partir de aquí podemos incluso llegar hasta los fundamentos de la ciencia general de los signos y señales, la semiología.   

jueves, 6 de diciembre de 2012

Objetal


La palabra objetal tiene curso en el español, aunque se trata de un uso muy restringido, en un campo muy preciso: el psicoanálisis.  No obstante mi interés por esta palabra no tiene nada que ver con las enseñanzas freudianas, ni si Freud manejó o no este concepto. Se trata de un significado nuevo que existe ya en otras lenguas y que viene a llenar un vacío. Me refiero a que en castellano existe ya un adjetivo a partir de la palabra objeto, me refiero a “objetivo”, pero cuyos significados corrientes, los más usuales son “1. Perteneciente o relativo al objeto en sí mismo, con independencia de la propia manera de pensar o de sentir. 2. Desinteresado, desapasionado. 3. adj. Fil. Que existe realmente, fuera del sujeto que lo conoce”.

El significado al que me refiero es el siguiente: “que es propio o exclusivamente relativo al objeto, del objeto”. Por ejemplo, “las formas objetales son las que en última instancia determinan el uso de los instrumentos”. Estas formas objetales pueden perfectamente ser objetivas, es decir existentes en sí, independientemente de lo que yo piense o sienta y están, como el objeto mismo, fuera de mi conciencia. Las sustancias de las que está hecho un objeto son objetales, sus características, sus formas, etc. también son objetales.

Existen por supuesto otros adjetivos que se han construido en castellano usando el sufijo “-al.” Del lat. -ālis). 1. suf. En adjetivos, indica generalmente relación o pertenencia. Ferrovial, cultural. La forma pues del adjetivo “objetal” corresponde perfectamente a la morfología castellana, a su formación de palabras. Desde este punto de vista no hay nada que objetarle. El significado existe, pues en muchos textos se hace referencia usando cada vez las formas: “del objeto”, “de un objeto”, “de este objeto”, etc. O sea que nada impide que aparezca en nuestro uso esta nueva palabra, objetal. ¿Qué piensan ustedes al respecto?

Me dijiste


Me dijiste adiós tan suavemente,
con tan queda voz, con tan dulce gesto
que me quedé soñando largos años
en tu ausencia
que estabas ahí dentro de mí
aún presente.
Te traté como pude
con la rapacidad que me entregaste
con la inquietud
y la desganada indolencia con que
me ayudaste a creer inagotable
el tiempo.
Te fuiste con tu ligero paso
creyéndote tal vez engañada
mal pagada tu generosa entrega.

París, 197?, C. Abrego.

miércoles, 5 de diciembre de 2012

…cerrando el clavel…


Mató tunco tu tata. ¿Mató tunco tu tata? Luego te soplaban en los ojos y si pispileabas…  Mató tunco tu tata. Y a veces lloraba. Nunca pudo decir que no tuvo miedo. Siempre tuvo miedo. Ahora estaba postrado en la cama de enfermo y los médicos no le decían cuál era su enfermedad, cuándo saldría del hospital. Lo trajeron una mañana gris y sin embargo estaba seguro que era por unos días, que los médicos no lo iban a entretener mucho. ¿Mató tunco tu tata? Las hormigas siempre en ringlera india, dándose besos constantemente. ¿Por qué tan largos los días en los hospitales? No lo venían a visitar. Se había quedado solo desde que su madre murió, cuando él estaba todavía en la escuela. Siempre solo en su casa hasta que su madre llegara del mercado, donde trabajaba vendiendo ropa. Las hormigas, una tras otra, siempre dándose besos. Luego largos años de servicio en una agencia de seguros de vida. Eran las cuatro de la tarde, luego vendría la enfermera con los frascos. Luego las monjitas con sus consejos: paciencia. ¿Mató tunco tu tata? ¿Tuviste miedo? Hoy también un miedo sordo y fuerte le apretaba la garganta. ¿Cuál era su enfermedad? Ya no le dolía nada, pero seguía languideciendo, le faltaba el apetito, ya no le gustaban las naranjas que las madres de la caridad le llevaban todos los días, por las tardes, paciencia. Luego te descuidabas un rato y solo quedaban unas pocas hormigas desparramadas por el pequeño patio de la casa. La madre tenía que llegar a las seis, pero siempre llegaba tarde, más tarde, siempre más tarde. Vamos a la vuelta de toro toro Gil. El canto venía de la calle, pero no podía unirse al coro mientras no llegara su madre. A ver a doña Ana comiendo perejil. ¿Por qué ninguno de los enfermos se atormenta como él, queriendo saber cuál era su enfermedad? ¿Por qué ellos se ven tan seguros? A veces sólo una póliza vendida en toda la semana. Y puertas, puertas, días enteros tocando puertas. Doña Ana no está aquí, estará en su vergel. Ya son las seis y la madre no llega, esta vez vendrá tarde. Ella arrastraba cada vez más los pies, el autobús la mareaba y prefería venirse andando. Abriendo la rosa, cerrando el clavel. Tía Agustina lo llevó a vivir con ella en el mesón “El Dorado”. Ella era más joven que su madre y no tenía hijos. Viva la flor que la mía es la mejor. Los profesores siempre lo paraban en el rincón por los zapatos empolvados. Y él callado, a veces unas lágrimas. Pero tía Agustina no era su mamá. Lo quería y no era mala como decía su madre. La enfermera tampoco le daba esperanzas, que no sabía. En el patio del mesón jugaban todos los niños. Por ahí pasó un soldado todo roto y remendado. Y el director siempre negándole aumentos, hasta adelantos. Al principio sus clientes eran buena paga, ahora ni clientes. Tía Agustina salía todas las noches y no regresaba, él se quedaba solo, pero podía salir a jugar. Lo que vi que no llevaba era calcetín. En las mañanas lo despertaba temprano y lo mandaba a comprar leche y pan. El médico siempre lo mismo, le tocaba el vientre y hacía un nudo sus labios. En las mañanas salía a pasear por los jardines del hospital, en cada paso el vientre le recordaba el silencio de los médicos. Tía Agustina se pintaba los labios y salía del mesón, los niños le silbaban: qué cuero. Siempre le traía regalos, pero no era su mamá. Buscar otro trabajo, después de tantos años, no encontraría nada, si ni siquiera tenía oficio. ¿Adónde ir? Las monjitas siempre puntuales, a la misma hora con sus naranjas y sus paciencia. Calcetín si llevaba, lo que vi que no llevaba era gorra. Después los niños se iban a dormir y él regresaba al cuarto, otra vez solo, tía Agustina nunca regresaba. En el cuarto él solo, viendo chisporrotear el candil. El director implacable, pero tenía razón, sin ventas no podías seguir, había que buscar otro trabajo. Mató tunco tu tata. Y siempre el miedo, miedo a las sombras que reflejaba el candil. Y también ahora los médicos le parecían sólo sombras de fantasmas. Sombras blancas, impenetrables. Las monjitas sombras azules, paciencia. El mismo dolor una sombra en el vientre. Luego el hospicio de ancianos, con gente sin oficio y sin trabajo como él. Todos solos. Las hormigas siempre en línea, apresuradas dándose besos. Que llueva, la vieja está en la cueva. Los gritos de su madre llamándolo en los mejores momentos de los juegos. Los niños a veces lo acompañaban con miradas de lástima. Otras: gallina dormilona. Después un único pantalón grasiento y la camisa raída. Por ahí pasó un soldado todo roto y remendado. Tía Agustina todas las mañanas, despintada, mandándolo a la escuela. Su padre se fue con otra mujer, cuando él estaba recién nacido. Luego las monjitas en el hospicio, en el hospital, con sus naranjas. El cielo raso blanco, las paredes blancas, los médicos blancos, la enfermera con sus frascos. Gorra si llevaba, lo que vi que no llevaba eran botas. En el hospital a las tres de la tarde no hay enfermera con frascos, ni monjitas con naranjas, nada. Todo blanco. Cortando la rosa, cerrando el clavel. Y antes ni una ilusión. Del mesón a la escuela, de la escuela a la calle a buscar trabajo. En el hospicio una cola para comer, otra para pasear, otra para rezar. Antes habían sido caras distintas, siempre distintas, detrás de cada puerta una cara nueva. Y el tiempo pasaba. Y las caras de los médicos más impenetrables. Un silencio profundo. Tras la ventana los árboles movidos por el viento, ya no podía salir a pasear, las fuerzas estaban mermadas. Pispisigaña te agarra la araña. Luego vinieron los policías y se llevaron presa a la buena tía Agustina. Las viejas del mesón todas contentas, él lloraba. Tía Agustina no regresó nunca. Desde entonces las monjitas. A las seis de la tarde tocando la última puerta, luego calles largas. En la pensión nadie lo conocía. Entre sus papeles encontraron una foto de su padre.

Carlos Abrego.

Julio de 1971, Jerusalén. 

martes, 14 de agosto de 2012

Glosa sobre una traducción de un poema



Lo que voy a referir aquí viene provocado por una simple casualidad. Ayer por la noche, me puse a escuchar romances rusos por internet y encontré uno que compuso Mijail Ivanovich Glinka con letra de un poema de Alexander Serguiévich Púshkin. Ninguna de las interpretaciones me convenció. A partir de allí me puse a rememorar y volví a un poema de Púshkin, un poema corto, pero muy famoso, la fama en Rusia no supera su belleza. La intensidad del sentimiento expresado, su particular sonoridad, su ritmo, pero sobre todo la sencillez de toda la composición. Es tal vez el poema más conocido por los rusos, tal vez como algunos, entre nosotros, de Darío, de Bécquer o de Lorca.

Hice muchas tentativas por traducirlo. Pero traducir es más que traicionar, no obstante no todos pueden aprender el ruso, no todos podemos privarnos, aunque sea con enormes aproximaciones de tantos poetas extranjeros, como Tagore, Walt Whitman, Goethe, Dante, etc. Es por ello que debemos recurrir a ese puente tan maltrecho que es la traducción.

Hace dos años un amigo propuso en un Foro ruso-español hacer una traducción de ese poema de Púshkin,  proponía que aunáramos los esfuerzos y las tentativas. Fuimos pocos los que respondimos al llamado. Pero ninguna versión de las propuestas encontraba la aprobación de todos, algunas eran simplemente rechazadas sin mayores precauciones de urbanidad. Al final nos quedamos dos, el amigo que propuso y yo. No obstante entre nosotros lo común era que asumíamos el reto, pero no la concepción de la traducción. Existe en Rusia una tradición antigua y enraizada de permitirse amplia libertad con el original, dar más bien una versión propia a partir del original. Claro, cuando el traductor se llama Boris Pasternak o Samuil Marshak, uno no se atreve a ponerle reparos a esa tradición. Pero existen otras tradiciones tan nobles como a la que me refiero. Mi posición es bastante intermedia, no quiero decir conciliatoria, sino que admito que en ciertos casos, apegarse a la letra trae peores resultados que permitirse dar un rodeo, apartarse un poco.

En todo caso, mis traducciones fueron técnicas u orales en su gran mayoría. Traduje poetas sólo como un desafío y para consumo personal. He dado a conocer muy pocas, unas de la poeta Anna Ajmatova y otra de un poema de Boris Pasternak.

Hoy en Facebook entregué una versión del poema de Púshkin al que me he referido. Primero publiqué el texto original, prometiendo que alguna vez iba a dar mi propia traducción, un amigo me sugirió una traducción automática y otro con autoría. La primera quedó descartada de inmediato, la segunda a mi gusto trae demasiados antojos interpretativos que no conllevan un aporte poético particular. La transcribo aquí:

Yo la amé…

Yo la amé,
y ese amor tal vez,
está en mi alma todavía, quema mi pecho.
Pero confundirla más, no quiero.
Que no le traiga pena este amor mío.
Yo la amé. Sin esperanza, con locura.
Sin voz, por los celos consumido;
la amé, sin engaño, con ternura,
tanto, que ojalá lo quiera Dios,
y que otro, amor le tenga como el mío.


La versión es de Rubén Flórez Arcila. A continuación pongo mi versión con el original y la explicación de un desliz que he cometido en mi variante:

Я вас любил: любовь ещё, быть может,
В душе моей угасла не совсем;
Но пусть она вас больше не тревожит;
Я не хочу печалить вас ничем.
Я вас любил безмолвно, безнадежно,
То робостью, то ревностью томим;
Я вас любил так искренно, так нежно,
Как дай вам Бог любимой быть другим.

1829


La quise: el amor aún puede existir,
en mi alma no se ha extinguido del todo;
pero que ya no la angustie más;
no quiero entristecerla de ningún modo.
La quise taciturno, desesperadamente,
muerto ya de languidez, ya por los celos;
la quise tan sincero, tan tiernamente,
ojalá otro pueda amarla cómo la quise yo.

En esta versión interpreto de manera antojadiza los primeros versos, pues hago caso omiso de la coma y le doy otro sentido al "быть может", que es una manera invertida de "puede ser", con el significado de posibilidad; por mi parte le he dado en esta versión la calidad de existencia. Esto es una  apostasía. Pero en realidad he optado temporalmente por ello hasta que encuentre otra versión que contenga algo de ritmo, reproduciendo el sentido.

En todo caso reconozco que esta mi versión es patoja. La puse para mostrar lo apartado que anda en el sentido el colega Flórez Arcila.
A los dos primeros versos le he dado en otra versión esta forma:


La quise: el amor, quizás,  aún todavía
no se extinguió del todo en el alma mía;”


Presumo que se ve con facilidad la diferencia de forma y de sentido. En el tercer verso del original y de mi versión y que en la de Flórez Arcila resulta ser el cuarto, la palabra “тревожит” significa ‘angustiar’, tal vez ‘acongojar’ y en poco se puede acercar a ‘confundir’. Mi traducción no me complace, es de las que más renquea.


Como lo he repetido ya, he realizado varias versiones, algunas las quemé, otras las perdí. En los papeles en que encontré la versión que he puesto arriba, hay otra de ese tercer verso, cuya forma aisladamente me convence más:


“No quiero acongojarla con mi amor”

Pero ese verbo volitivo el poeta lo usa en el verso siguiente, de dejarlo en ambos produciría una bochornosa cacofonía. La dificultad es al mismo tiempo semántica y morfológica. Hay en ese verso una partícula (“пусть“) que expresa enfáticamente el deseo que lo enunciado en la frase se realice. Más o menos esto lo expresa nuestro “que” en frases como “que te vaya bien”, “que te diviertas”, “que te guste”, etc. Es la opción que he preferido. No obstante la dificultad se acrecienta también por el volumen sonoro del pronombre de la tercera persona. Amor en ruso es femenino y el pronombre femenino de la tercera persona tiene dos silabas como en castellano, pero en nuestra lengua el amor es masculino y nuestro pronombre tiene apenas una silaba. Pudiera parecer que le busco más pies al gato, pero no es así. Para darle el mismo volumen es necesario poner el sustantivo en vez del pronombre:

“Pero que mi amor no le dé más congojas”

Esta es otra variante, tal vez la mejor que he encontrado. Pero no es la mejor posible. Y tal vez busco lo imposible, pero en esto prefiero imitar a García Lorca:

“No podre quejarme
si no encontré lo que buscaba.”
 
Bueno, para redondear esto, voy a poner entero de nuevo el poema, remplazando algunos versos por los que he ido sugiriendo:

La quise: el amor, quizás,  aún todavía
no se extinguió del todo en el alma mía;
pero que mi amor no le dé más congojas;
no quiero entristecerla de ningún modo.
La quise taciturno, desesperadamente,
muerto ya de languidez, ya por los celos;
la quise tan sincero, tan tiernamente,
ojalá otro pueda amarla cómo la yo quise.


Completo esta nota con algo muy curioso. Algunos participantes rusos, del foro al que me he referido, sugirieron que no se usara el verbo “querer” pues les parece a ellos, siguiendo las connotaciones de su lengua, que este verbo es demasiado grosero, carnal. Esto no me sorprende, lo que me dejó boquiabierto es que algunos hablantes del castellano, tanto de América, como de España, coincidían en esto. Para expresar el amor ellos afirmaban que existe solo el verbo ‘amar’. Traté de disuadirlos dándoles ejemplos insignes de poetas españoles, como nuestros. Les di el ejemplo de un verso muy traído de Neruda, aquellos que se inician con “Puedo escribir los versos más tristes esta noche”:


“Ya no la quiero, es cierto, pero cuánto la quise.
Mi voz buscaba el viento para tocar su oído”.

Pero tuve que recurrir definitivamente a un poeta español que expresa su amor de hombre hacia su Dios, el verbo para mostrar tan desencarnado amor que usa justamente es el verbo ‘querer’:


“No me mueve, mi Dios, para quererte 
el cielo que me tienes prometido, 
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.


Tú me mueves, Señor, muéveme el verte 
clavado en una cruz y escarnecido, 
muéveme ver tu cuerpo tan herido, 
muévenme tus afrentas y tu muerte.


Muéveme, en fin, tu amor, y en tal manera, 
que aunque no hubiera cielo, yo te amara, 
y aunque no hubiera infierno, te temiera.


No me tienes que dar porque te quiera, 
pues aunque lo que espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.







 
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